Gobierna (uno) de los siete locos y 3% su hermana la Astróloga- [El retorno a Roberto Arlt]
«Estoy muerto y quiero vivir», dice Erdosain en Los lanzallamas. Tal vez ninguna frase describa mejor a la Argentina de 2026: un país todavía vivo, pero obligado a demostrarlo todos los días; una sociedad exhausta que trabaja, espera y sobrevive mientras desde el poder se le explica que su sufrimiento constituye una victoria estadística.
El Gobierno celebra la desaceleración de la inflación como si el precio más lento de la agonía convirtiera a la agonía en bienestar. En junio de 2026, la inflación mensualdescendió al 1,9%, pero el primer semestre acumuló un 16,8% y la variación interanual alcanzó el 33,5%.Lamacroeconomíaexhibenúmerosqueeloficialismopresentacomouna epopeya, mientras el consumo permanece debilitado y la desocupación llegó al 7,8% enel primer trimestre.
La estabilidad de las planillas no alcanza,porsísola,parallenarunaheladeranidevolverle dignidad al salario.
Roberto Arlt entendió que las grandes catástrofes políticas no comienzan necesariamente con los tanques, sino con la humillación cotidiana; con hombres y mujeres quebrados a quienes alguien les ofrece una explicación total, un enemigo cómodo y una promesa de redención. Por esohacepreguntaralAstrólogo:«¿Quiénesvanahacerlarevoluciónsocial, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos…?».
En la Argentina actual, el Astrólogo ya no conspira en unsótano.Habladesdeelcentrodel Estado. Promete una regeneración moral [mientras le roba 3% a discapacitados], mientras convierte el insulto en lenguaje oficial,lacrueldadensinceridadylademoliciónen virtud. No necesita demostrar que sus adversarios están equivocados: le alcanza con declararlos parásitos, degenerados, delincuentes, colectivistas o enemigos de la libertad.La violencia verbal deja así de ser un exceso para convertirse en método de gobierno.
El Presidente no discute con la historia argentina: pretende cancelarla. Habla como si la Nación hubiera comenzado con él; como si antes de su llegada solo hubieran existido una larga noche,setenta años de decadencia y una multitud de culpables. SanMartín,Belgrano, Yrigoyen, Perón, las luchas obreras, la educación pública,laindustria nacional,la ciencia,la democracia recuperada y los derechos sociales quedan reducidos a piezas incómodas de un pasado que no cabe en su catecismo.
Esa no es ignorancia inocente. Es una operación política: un pueblo sin historia queda indefenso frente a quien pretende fundarlo nuevamente. Cuando se destruye la memoria colectiva, cada derecho puede presentarse como privilegio, cada institución como gasto, cada trabajador como costo y cada entrega como modernización.
La retórica presidencial aparece atravesada por una agresividad permanente, una necesidad de confrontación y una intolerancia extrema ante cualquier límite.
No corresponde diagnosticar clínicamente a un adversario político, pero sí observar su conducta pública: el agravio recurrente, el goce exhibido ante el sufrimiento ajeno, la exaltación de la destrucción y la representación de la sociedad como una guerra entre seres superiores y enemigos despreciables. Esa lógica no cura una crisis moral: la profundiza.
El problema no es solamente que un Presidente grite. El problema es que una parte de la sociedad haya comenzado a confundir el grito con la verdad, la violencia con el coraje yla falta de empatía con la firmeza.
Como en Los siete locos, el poder se alimenta de individuos heridos que necesitan creerque pertenecen a una minoría de elegidos. El Astrólogo de Arlt prometía una organización total, financiada mediante el engaño y sostenida por una mitología adaptable a cadapúblico. El proyecto no requería una verdad:requeríacreyentes.Eldiscursopodíacambiar; lo importante era conservar la obediencia.
También hoy se construye una religión política. Tiene dogmas económicos, profetas televisivos, herejes, apóstatas y un líder que se presenta como portador exclusivo de una verdad revelada. Si los resultados contradicen la teoría, se culpa a la herencia. Si el presente desmiente la promesa ,se anuncia un futuro extraordinario. Si alguien pregunta por el costo humano, se lo acusa de defender la casta.
La crisis argentina de 2026 es económica, pero también moral. No consiste solamente en cuánto aumentan los alimentos, cuánto cae el consumo o cuántos trabajadores quedan afuera. Consiste en haber naturalizado que el padecimiento de millones sea narrado como un sacrificio purificador; que la pobreza se convierta en una variable de laboratorio; que el jubilado sea tratado como una carga; que la universidad, la cultura, la ciencia y el Estado sean presentados como enemigos de la libertad.
El Gobierno dice defender la moral mientrasdegradaellenguajepúblico.Predicalalibertad mientras identifica toda diferencia con una amenaza. Combate supuestamente losprivilegios mientras organiza nuevas jerarquías de poder, cercanía y obediencia. Su moral no parece fundada en el reconocimiento del otro, sino en el derecho del vencedor a despreciar al vencido.
Arlt habría reconocido ese paisaje: funcionarios que confunden brutalidad con lucidez; millonarios que enseñan resignación a los pobres; comunicadores que venden obediencia como rebeldía; ciudadanos que festejan la pérdida ajena creyendo que nunca llegará su turno.
Pero siempre llega.
Primero se despide al desconocido. Después se ajusta al jubilado.Más tarde se desfinancia la escuela del hijo, se encarece el medicamento de la madre, se rompe la ruta por la que pasa el productor y se abandona el hospital al que todos terminan recurriendo. El individualismo celebra cada derrota colectiva hasta que descubre, demasiado tarde, que también era parte de lo colectivo.
«Estoy muerto y quiero vivir».
La Argentina todavía pronuncia esa frase. La dicen quienes buscan trabajo, quienes trabajan y no llegan, quienes enseñan, investigan, producen, curan y cuidan. La dicen incluso muchos de los que votaron esta experiencia esperando libertad y recibieron obediencia al mercado, disciplina social y una pedagogía de la crueldad.
La pregunta decisiva no es cuánto tiempo podrá sostenerse el experimento económico. Es cuánto daño moral puede soportar una comunidad antes de dejar de reconocerse como tal.
Porque un país no muere únicamente cuando se queda sin reservas. También muere cuando pierde la memoria, cuando se acostumbra al insulto, cuando celebra el sufrimiento del vecino y cuando permite que la violencia de uno se convierta en el idioma de todos.
Entonces ya no hacen falta lanzallamas.
La sociedad ha aprendido a incendiarse sola. Por Federico Vinciguerra Bertone ✍



