La era de los estrechos

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Mientras continúa la guerra mediática de Donald Trump contra Irán, la tegua pende de un hilo y los iraníes siguen firmes en varia exigencias: no entregar ahora el uranio enriquecido y dejar la negociación sobre su programa nuclear para más adelante, obtener un compromiso de parte de Washington de que no habrá nuevas guerras en su contra en los próximos meses o años, poner fin a las amenazas de las bases norteamericanas en el Golfo Pérsico, reparaciones de guerra por los daños sufridos, y, lo más importante, dejar en claro su potestad y soberanía sobre el Estrecho de Ormuz.

Ese último punto es fundamental, porque significa un cambio radical en la economía, en el comercio, en la política internacional e, incluso, en las nuevas doctrinas de la guerra. Hasta febrero pasado, el Estrecho de Ormuz era una vía internacional por la que pasaba el 25 por ciento de los hidrocarburos y lo usaban gratis todos.

Con la guerra provocada por Estados Unidos e Israel, una nueva realidad se le abrió a Irán ante sus ojos, la posibilidad de abrir y cerrar el estrecho a su antojo, y cobrar sumas millonarias en concepto de peajes. Y nadie le puede decir nada porque esas son aguas territoriales e Irán está amparado por el derecho internacional del mar.

En consecuencia, una nueva realidad se impone en todos los aspectos. Desde hace décadas que se viene hablando de «las guerras del futuro», que serán por el petróleo, por el territorio, por el agua, por las tierras raras, etcétera. Pero ahora, podemos decir que serán también por los estrechos, esos cuya anchura total es inferior a 24 millas náuticas (aproximadamente 44 km), lo que provoca que sus aguas territoriales (de 12 millas cada una) de los países ribereños se solapen, eliminando el corredor de alta mar.

Además del Estrecho de Ormuz, del cual hemos aprendido mucho en las últimas semanas, otro que es fundamental es el de Bab el Mandeb, entre Yemen y Yibuti, que une el Mar Rojo con el Golfo de Adén y el Océano Índico, y es fundamental para llegar al Canal de Suez (que controla Egipto) y pasar al Mar Mediterráneo. Otro estrecho fundamental es el de Malaca, entre Malasia e Indonesia, por donde circula el 40 por ciento del comercio mundial y une el Mar del Sur de la China con el Océano Índico.

El Canal de La Mancha, que divide el sur de Inglaterra con el norte de Francia.

Los canales de Dinamarca, fundamentales para el comercio marítimo de países como Rusia, Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia, Polonia y Suecia.

Los Dardanelos y el Bósforo son aguas interiores de Turquía, y representan la única salida al mar de países como Bulgaria, Rumania, Ucrania y Georgia, y el sur de Rusia, todos sobre el Mar Negro.

Gibraltar, en su parte más angosta, tiene solo 14 kilómetros desde la costa española y la marroquí, y si se cerrara encerraría todo el mundo Mediterráneo, sin acceder al Océano Atlántico.

Por supuesto, los canales intermarítimos e interocéanicos. El de Suez, ya mencionado, y el de Panamá, que en los últimos tiempos también ha estado en la boca de Trump. Y la posible construcción de un canal interoceánico en Nicaragua por parte de China.

Y si no se hace el de Nicaragua y se resiente el paso por el Canal de Panamá, también el Estrecho de Magallanes adquiere importancia geopolítica y comercial, beneficiando a la Argentina. Ah, eso, siempre y cuando tuviéramos un gobierno dispuesto a defender nuestra soberanía e intereses.

El domingo pasado, el embajador de Estados Unidos ante la ONU, Michael Waltz, dijo textualmente: «Lamentablemente habrá conflictos en el futuro y, ya sea en el estrecho de Malaca, el de Gibraltar o el de Ormuz, el mundo no puede permitir que se siente el precedente de que una de las partes pueda intentar castigar a las economías mundiales con el fin de obtener ventaja sobre la otra». ¿Qué estará queriendo decir Waltz? ¿Ahora Estados Unidos querrá modificar la legislación internacional y los tratados pre existentes? Sería una muestra más de la decadencia del Imperio Americano. Y una más de las consecuencias de sus errores no forzados. Atacar a Irán abrió una caja de Pandora, que ahora será muy difícil cerrar.

Por Mariano Saravia

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