La guerra entre la coalición israelo-estadounidense —sostenida por la aquiescencia de las monarquías del Golfo— e Irán, transita un impasse de superficie serena y fondo inestable, aunque en Teherán no se lo concibe como un statu quo, sino como el umbral de una nueva confrontación siempre latente.
En primer término, el bloqueo estadounidense en aguas internacionales del Golfo de Omán puede ser calificado, conforme a la doctrina del derecho internacional, como un acto de guerra en sí mismo o, en su defecto, como una acción hostil de alta intensidad; en consecuencia, Irán no accederá a un proceso de diálogo mientras se mantenga dicho esquema de coerción.
Por el contrario, el Estrecho de Ormuz se halla completamente comprendido en aguas territoriales de Irán y Omán —hasta el límite de las 12 millas náuticas reconocida internacionalmente—, lo que habilita a ambos Estados ribereños a ejercer jurisdicción, control y vigilancia. Hasta ahora, el régimen de tránsito internacional había impedido que tales facultades se materialicen en una restricción arbitraria o selectiva del paso, pero esto no es tema que no pueda reverse.
Se configura aquí un dilema serio: por un lado, Irán y Omán están en condiciones de reivindicar el ejercicio pleno de su soberanía sobre las aguas territoriales que conforman el estrecho; por otro, Estados Unidos actúa de un modo que tensiona los principios y dispositivos normativos sacudiendo el andamiaje jurídico que regula la navegación internacional.
La táctica de Trump para horadar la firmeza iraní pasa nuevamente por el ahogo de las exportaciones de hidrocarburos, aunque ahora de una manera mucho más rudimentaria y brutal. El principio utilizado actualmente por la Administración Trump ya no es el bombardeo constante y la proclamación de una victoria con cambio de régimen, sino la presión máxima sobre la economía, amenizado con plazos prolongados y amenazas de destrucción total de la infraestructura iraní.
Sea por limitaciones de planificación, por falencias de su aparato militar, por disquisiciones internas o cálculos de conveniencia política, Trump parece haber optado por intensificar el estrangulamiento económico —apuntando a las exportaciones de petróleo— en lugar de retomar ataques militares directos, que no lograron quebrar ni la moral ni la capacidad de combate iraní.
No obstante, desde la perspectiva iraní, este aparente viraje es interpretado como una maniobra de carácter instrumental, y ello se sustenta en sus experiencias previas de interacción con las élites estadounidenses y, en particular, con el mismo Trump. En lugar de constituir un cambio sustantivo, para los iraníes sería apenas un recurso orientado a moldear la percepción pública, instalando la idea de que la fase activa del conflicto ha concluido. Tal encuadre podría inducir un relajamiento de los dispositivos de seguridad, generando así una ventana de oportunidad que favorecería, otra vez, una nueva operación sorpresa por parte de Estados Unidos e Israel.
Esta línea es la que yo considero válida y la he expresado en mi artículo «La calma antes de la tormenta», refrendado también en «Ucrania, Irán y la guerra de desgaste global».
De hecho, prosigue el despliegue continuado de activos navales estadounidenses en la región, y ello no se debería a medidas de intensificación del bloqueo, sino al (posible) preposicionamiento para un ataque. Preparar un masivo ataque aeronaval a distancia sería una forma de emplear plataformas alternativas dado que las bases adelantadas en el Golfo fueron sorpresivamente barridas durante los 40 días del “episodio previo”.
Por supuesto, tampoco se descarta la eventual implementación de un bloqueo aéreo o el establecimiento de una zona de exclusión aérea (no-fly zone), instrumento que ha sido recurrentemente empleado por el denominado “Occidente colectivo” en escenarios como Yugoslavia, Irak y Libia. En estos casos, su aplicación —con o sin el aval formal de la Organización de las Naciones Unidas— ha tendido a exceder su justificación inicial de carácter defensivo, operando en la práctica como un mecanismo de configuración de un teatro operacional y de preparación de condiciones para una fase ulterior del conflicto.
El deterioro de las condiciones económicas, aunque lento y progresivo, tiende a erosionar el ánimo social y a debilitar el respaldo patriótico, al tiempo que socava la legitimidad del gobierno en funciones. No obstante, esta estrategia también resulta ambivalente para Washington y Tel Aviv, ya que carece del impacto visible y concluyente que suelen ofrecer las victorias militares.
Además, Irán no se quedará de brazos cruzados viendo cómo sus fuerzas se debilitan paulatinamente. Por el contrario, estaría evaluando la adopción de medidas de carácter urgente orientadas a revertir o neutralizar el bloqueo, lo que implicaría un eventual desplazamiento desde una lógica reactiva hacia una de iniciativa propia.
Desde una perspectiva jurídica, cabe señalar que el bloqueo —en su acepción clásica— constituye una forma de hostilidad propia de los conflictos armados y ha sido tradicionalmente considerado un acto de guerra en el derecho internacional. En este marco, y más allá de cualquier manipulación que el enemigo haga en el plano mediático o diplomático, una eventual acción unilateral iraní debería ser interpretada como una respuesta de carácter defensivo vinculada al ejercicio de su soberanía y a la lógica de la legítima defensa frente a una medida coercitiva previa.
Asimismo, debe considerarse que, con el transcurso del tiempo, el bloqueo estadounidense tiende a “naturalizarse” en el plano internacional, corriendo el riesgo de ser percibido como un fait accompli.
A diferencia del régimen de sanciones —también ilegal y aun vigente—, frente al cual Irán ha desarrollado mecanismos relativamente eficaces de evasión o mitigación, este “muro naval” plantea un desafío cualitativamente distinto. En efecto, su carácter físico y su impacto directo sobre las rutas de abastecimiento y proyección estratégica limitan significativamente las posibilidades de elusión, obligando a considerar respuestas de mayor complejidad operativa y potencial escalada.
¡Ojo! ¡Puede que los decisores iraníes concluyan que una reanudación de la guerra sería menos costosa que vivir bajo un bloqueo extendido! Aun así, Irán tiene alternativas de exportación: por el mar Caspio, vía Pakistán o a través del corredor ferroviario China-Irán inaugurado en 2025.
Por otro lado, está la insistencia de Irán en incorporar a Líbano dentro de cualquier esquema de alto el fuego de largo alcance con Estados Unidos, lo que sugiere una ampliación deliberada del marco de negociación más allá del eje estrictamente bilateral.
En las fases iniciales de la expansión militar israelí tras el extraño suceso del 7 de octubre de 2023 (Operación Inundación de Al Aqsa, ejecutada por Hamás y otras facciones palestinas menores), Teherán mantuvo un involucramiento relativamente contenido en la defensa directa de Hezbolá, quien sí terminó volcándose en auxilio de los gazatíes [1]. Sin embargo, en la etapa actual se advierte un reposicionamiento más explícito, caracterizado por señales de respaldo más robustas. En pocas palabras, la relación entre Irán y Hezbolá parece haber transitado desde un esquema proxy hacia una configuración mucho más integrada, a la par, donde convergen intereses de seguridad, proyección regional y disuasión.
Sin estos dos asuntos zanjados, la guerra está a la vuelta de la esquina. Sin embargo, Irán imagina ya un futuro diferente.
El 30 de abril, el Líder Supremo Mojtabá Jameneí emitió un comunicado con motivo del “Día Nacional del Golfo Pérsico” [2], en el que sostuvo que Estados Unidos ha sufrido una “derrota humillante”, interpretada como punto de inflexión hacia un “nuevo capítulo” en la dinámica estratégica del Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, en el que augura una administración iraní del tránsito marítimo como preludio de un “eventual reordenamiento regional y global”.
En términos discursivos, el mensaje articula una narrativa de legitimidad regional al afirmar la existencia de un “destino común” entre Irán y los Estados ribereños del Golfo, al tiempo que excluye explícitamente la presencia de actores extrarregionales —definidos como “extranjeros que vienen de miles de kilómetros”—. Esto actúa como un saludable correctivo para el pensamiento estratégico estadounidense: mientras Washington procura imponer, a fuerza de coerción militar y dependencia financiera, una “Gran América del Norte” bajo una suerte de “Doctrina Monroe 2.0” (Doctrina Donroe), Irán lo relega a la condición de actor extrarregional, sin legitimidad ni lugar en el Golfo Pérsico.
Esta construcción retórica de Jameneí retorna sobre dos de las exigencias del «Plan de los 10 Puntos»: la retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de la región, por un lado, y el énfasis en el control y la gestión del Estrecho de Ormuz, por el otro.
Se puede inferir que estas declaraciones del Líder Supremo consolidan una postura de Irán frente a las presiones de capitulación impulsadas por Estados Unidos. En este marco, el control sobre el Estrecho de Ormuz aparece no solo como una realidad operativa (de facto), sino como un objetivo de institucionalización jurídica (de iure) dentro de la proyección política de Teherán.
No obstante, este planteo no se articula en términos de confrontación con los Estados ribereños, sino más bien como la base para la configuración de un “orden regional emergente”. Irán se presenta como un polo articulador dispuesto a “compartir” su primacía relativa en función de intereses comunes con sus vecinos, compatibilizando aspiraciones hegemónicas con mecanismos de cooperación.
Para Israel y Estados Unidos, que intentaron imponer por la fuerza una suerte de Pax Americana-Hebraica, la eventual consolidación de una égida iraní en la región representa una auténtica copa de veneno.
Es sabido que Trump quiso involucrar a las naciones de la OTAN en el levantamiento del control persa sobre el Estrecho de Ormuz y no lo ha conseguido, básicamente, por el destrato que Washington ha tenido con Europa —a la que “obligó” a elevar sus gastos en Defensa para “contener el expansionismo ruso”—, pero también por sus dudas sobre si seguir amparando a los banderistas de Kiev.
Pero ahora Trump está volviendo a la carga, insistiendo con el armado de una coalición internacional que restaure la libertad de navegación en Ormuz. Así las cosas, cualquier intento de reabrir militarmente el Estrecho aceleraría el proceso hacia la guerra total. Considérese que las amenazas de un posible cierre del Estrecho de Bab el-Mandeb como segundo punto de presión también está en el orden del día.
La visita a Washington del rey de Inglaterra, Charles III, entre el 27 y el 30 de abril —enmarcada en el contexto del 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos— es un gesto orientado a reafirmar los mecanismos de articulación de la alianza angloestadounidense. Se da, justamente, mientras Araghchi visita a Putin.
A pesar de las desincronizaciones, el vínculo entre Reino Unido y Estados Unidos siempre fue sólido. Continúa operando como uno de los ejes estructurantes del entramado occidental, con capacidad de incidencia sobre la dinámica política del espacio europeo. En pocas palabras, son los “dos caballos” que tiran del carro europeo, tanto en el escenario iraní como en el ucraniano.
En mi país, algunos trasnochados —tanto oficialistas como de cierta “oposición” nominal— interpretaron algunas estratagemas negociadoras de Trump con Reino Unido como un eventual respaldo a la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Esa lectura resulta ilusoria a la luz de la trayectoria de las relaciones angloestadounidenses. Lo es mucho más considerando el carácter genuflexo y semicolonial de la Casa Rosada. Recuérdese, además, que el general Leopoldo Galtieri también se consideraba un “mimado” de Washington en 1982.
Las élites de ambos lados del Atlántico han mantenido una convergencia estratégica de largo plazo anclada en principios que se remontan, entre otros hitos, a la Carta del Atlántico. Cualquier divergencia se inscribe, entonces, en el plano táctico, jamás en una ruptura estructural. En ese sentido, la reciente visita del monarca británico, Charles III, puede leerse como un gesto de reafirmación de una relación bilateral históricamente consolidada.
(No deja de ser absurdo que se reciba con honores a Charles III mientras gran parte del pueblo estadounidense critique a Trump bajo el lema «No Kings»).
Asimismo, desde la perspectiva del mercado petrolero, la guerra parece sencillamente inevitable: el fuerte aumento de precios —el Brent volvió a quebrar los 100 dólares llegando a ~120 dólares, y ese no es el precio de despacho físico, que alterna en ~150 dólares— podría estar reflejando el incremento de las probabilidades de tensión, o un esquema tal de restricciones en los pasos (Ormuz, Golfo de Omán) que haría inevitable un ataque temprano para evitar picos aún mayores.
Relacionado con ello ocurre la salida de los Emiratos Árabes Unidos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entidad donde Arabia Saudita cuenta con especial relevancia política. [3]
La salida de Emiratos Árabes Unidos de OPEP y OPEP+ marca una pérdida en el poder de la organización para establecer precios y un posible acierto estratégico del eje israelo-estadounidense para mantener la adherencia del dólar al crudo.
Ambos reinos tienen relaciones que oscilan entre la sinérgica armonía y la franca animosidad: Arabia Saudita ha mostrado serias desavenencias con los emiratíes respecto de cuánto petróleo debería permitirse bombear a los estados miembros de la OPEP, pues Riad quería limitar la oferta para respaldar los precios, mientras que Abu Dabi pretendía una producción más flexible.
Los saudíes necesitan precios relativamente altos, en tanto y en cuanto tiene una población superior (~36 millones) y un plan de sustitución de exportaciones (Saudi Vision 2030), que implica una elevadísima inversión en tecnología e industria. Los emiratíes, por el contrario, no dependen ni confían exageradamente en su producción petrolífera. Antes de la guerra, su territorio se había convertido en el paraíso del lavado de dinero y un reducto paradisíaco de los milmillonarios de mundo. El turismo, los bienes raíces y las finanzas también son parte de sus ingresos. Pero la guerra les privó de esa especialidad y generó algunos daños importantes que ahora deberán compensar con mayor producción petrolífera. [4]
Es menester destacar que Emiratos tiene una población de ~10 millones, de los cuáles sólo el 12% es autóctono. La inmigración es mayormente india, pakistaní, bangladesí y filipina, lo cual le da una flexibilidad económica extrema pero una baja cohesión nacional.
A la vez, desde la cumbre del G20 en Hangzhou (China), acaecida los días 4 y 5 de septiembre de 2016, Mohammed bin Salman (MbS), que entonces era el ministro de Defensa y vice príncipe heredero, lideró las negociaciones que llevaron a un “pacto tácito” con Vladimir Putin, cuando combinaron sus voluntades para dominar la OPEP+.
El pacto ruso-saudí generó poco después el fallido golpe palaciego de la CIA en contra MBS y a favor del príncipe Mohammed bin Nayef, proclive a no monopolizar la oferta con los rusos y mantenerse leal al libre despacho [5]. Jamal Khashoggi, “periodista” crítico de MbS y muy cercano a Nayef, fue asesinado y descuartizado el 2 de octubre de 2018 dentro del consulado saudí en Estambul.
Ello explica por qué Putin saludó tan efusivamente a MbS en la Cumbre del G20 de Buenos Aires (del 30/11 al 01/12/2018), cuando todos los demás dirigentes ignoraban a la realeza árabe.
El hecho de que en Buenos Aires esté Mohammed bin Salmán y no Mohammed bin Nayef indicaba para Putin que el acuerdo de Hangzhou estaba a salvo.
Se puede concluir, con relativa rapidez, que la salida intempestiva —a partir del 1° de mayo— del tercer productor de la OPEP [6] responde a una estrategia orientada a debilitar el poder negociador del cartel, alentada desde siempre por los Estados Unidos e Israel. Respecto de este último, resulta significativo el envío de un sistema antiaéreo a Emiratos, aun cuando dichos recursos son críticos para la propia defensa israelí, lo que marca en nivel de compromiso de Tel Aviv.
No debe soslayarse que Emiratos es firmante de los Acuerdos de Abraham y ha suscrito el proyecto IMEEC, dos iniciativas clave dentro del esquema de articulación regional que favorece los intereses estratégicos israelíes en Medio Oriente. Asimismo, cabe recordar que Emiratos ha ejercido presión —tanto pública como privada— para que Estados Unidos mantenga sus acciones contra Irán, e incluso ha intentado obstaculizar la gestión mediadora de Pakistán, impulsada por actores como Turquía, Egipto y Arabia Saudita.
El fracking —o fractura hidráulica— de esquisto es el principal método estadounidense para conseguir petróleo. Sin embargo, es un sistema caro, que se traslada al precio del producto final. Al inyectar al mercado petróleo barato proveniente de Emiratos, libre de los cupos de la OPEP, Washington podría impulsar los precios a la baja. No obstante, Emiratos produce unos 3,5 mb/d con capacidad de hasta 5 mb/d, lo cual representa solo el 11% de la OPEP y el 7% de la OPEP+, con lo cual el perjuicio sobre precios por volúmenes no sería tan impactante como el ejemplo mismo de romper el cártel.
Sintetizando: la reciente salida de Emiratos de OPEP/OPEP+ no solamente es una necesidad económica en pos de los costos de reconstrucción; es también y en especial un férreo alineamiento al eje israelo-estadounidense y un rompimiento con Arabia Saudita, con quien libra una silenciosa puja por la influencia regional.
A la vez, en términos de geopolítica del petróleo, Emiratos privilegia exportar sacando el máximo beneficio posible en vez de mantener precios altos conteniendo la oferta.
Puede que los saudíes interpreten esto como una ofensa nacional. ¿Y si se retoban y se vuelven más hostiles? Es difícil que el Reino permita sin más una guerra de precios por parte de su vecino. Ya vimos el bloqueo aleccionador que hizo contra Qatar en 2017 (por otros asuntos). Riad podría volverse más antagónico, explotando su entendimiento “fraternal” con Pakistán y Egipto, e Irán, que también es miembro de la OPEP, podría ser aún más vengativo en un reinicio de la guerra.
Este cambio abrupto de rumbo podría incluso ser fatal para la federación compuesta por siete emiratos (Abu Dabi y Dubái son los más poderosos, pero también están Ajman, Fuyaira, Ras al Jaima, Sarja y Umm al-Qaywayn) que podría ver un indicio de desmembramiento en su unidad. Ya existen rumores de que el emirato de Sarja está a disgusto con la decisión tomada.
Asimismo, se habla de que los Emiratos podrían retirarse —o ser expulsados— de la Liga Árabe, el Consejo de Cooperación del Golfo y/o la Organización de Cooperación Islámica, todos ellos grupos multilaterales regionales. Sin embargo, creo improbable esta posibilidad: lo más probable es que se reconfigure de alguna manera su participación en BRICS. Trump prometió acabar con esa “anomalía” desdolarizada.
La decisión de los Emiratos Árabes Unidos es sin duda una patada en el tablero, pero no tan sorpresiva: su país es el mayor “centro del reciclaje del petrodólar” (como sostiene acertadamente Bhadrakumar), además de un paraíso para el lavado y el “libre flujo de capitales” donde se refugian milmillonarios de todo el mundo, especialmente, aquellos que toman decisiones en los Estados y sus financistas de campaña.
Claro que la dirigencia emiratí busca reconstruir su infraestructura. Y posiblemente echen mano a las reservas petrolíferas para ello, aunque no lo necesitarían específicamente. Lo que hay detrás es un alineamiento indisimulable a Washington y Tel Aviv para influir en los precios de la energía —la “nueva” táctica de ahogo de Trump— y redoblar su oposición contra Irán. Emiratos se ha sacado la careta.
Si vamos al caso, Emiratos es el “Plan B” de Trump ante el fracaso del “cambio de régimen” iraní. La idea básica era/es el apoderamiento del mercado oferente de petróleo para atar al dólar —su principal arma de guerra— y destruir la capacidad financiera de Rusia. En paralelo, dominar el petróleo condena a la industria china. Entre otros motivos, la URSS también cayó por la caída de los precios desde fines de los años setenta, lo cual impidió sostener ese agujero negro de gastos que era la Guerra Fría, la carrera espacial, el sostén del Bloque Socialista y la guerra en Afganistán. ¡El Partido Comunista Soviético se quedó sin financiación!
Trump fue primero por Venezuela, donde hizo una verdadera apropiación de sus recursos, solo maquillado por la persistencia de un “régimen chavista” en cuerpo y sin alma que ya retornó al FMI. Luego fue por Irán, con un intento serio de subversión interna y una guerra abierta. No pudo. Ahora recurre al “banco de suplentes” emiratí. Y lo intentará, sin duda, con Arabia Saudita, que por ahora respeta su pacto con Putin de la OPEP+.
Moscú y Beijing se juegan su “vaca lechera” en Irán. No porque el crudo o el gas iraní sean vitales para “su” industria en particular, sino porque la caída de Irán representaría el dominio de Occidente en los precios y el despacho generalizado.
Es probable que Estados Unidos, Israel y, quizás ahora también, los Emiratos Árabes Unidos y lo que puedan arrastrar, se encaminen a una operación militar combinada contra Irán. Putin lo ha olfateado y ha tenido una “amigable conversación telefónica” con Trump donde le advirtió que:
Si Estados Unidos e Israel reanudan la acción militar, esto inevitablemente conduciría a consecuencias extremadamente adversas no sólo para Irán y sus vecinos, sino para toda la comunidad internacional.
Para luego enfatizar que:
Una operación terrestre en territorio iraní sería particularmente inaceptable y peligrosa.
Sin embargo, es improbable que la palabra de Putin sea tomada demasiado en serio en la Casa Blanca. Muchas dubitaciones respecto de la campaña de Ucrania han bajado su imagen, según encuestas, del 80% al 70% de aceptación. Sigue siendo altísima, por supuesto, pero marca un deterioro. El pueblo ruso sigue teniendo fe en su liderazgo, pero sostiene que Rusia debe actuar más decididamente, quizás, envalentonados por el ejemplo iraní, que no tuvo reparos en desplegar una defensa multidimensional. En mi artículo anterior inserté un vídeo con las críticas del ex jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas, Viktor Baluevsky. Antes, estas opiniones no se escuchaban.
Dato de color: mientras Vladimir Putin y Abbas Araghchi consolidaban el vínculo estratégico entre sus países, y el monarca inglés Charles III era ovacionado en el Congreso de Estados Unidos por reforzar la “Special Relationship”, el Pentágono desbloqueaba un nuevo paquete de asistencia militar para Kiev por 400 millones de dólares.
Como se aprecia, cualquier retraso en el flujo de material bélico a Ucrania no es producto de una decisión política ni de interés genuino para hallar soluciones negociadas, sino la capacidad de producción y reposición del complejo militar-industrial estadounidense.
Este paquete se da en el marco de una ofensiva ucraniana con drones contra… el complejo de refinerías ruso. El ataque contra la refinería de Tuapsé, en el krai de Krasnodar, 28 de abril de 2026, fue demoledor, y traerá serias consecuencias económicas y ecológicas.
La refinería de Tuapsé (Krasnodar) ardiendo tras el impacto de drones ucranianos. Kiev y sus patrocinadores occidentales están llevando a cabo una intensa campaña sobre las refinerías y depósitos de combustibles rusos, incluso a grandes distancias. En los últimas semanas también atacaron en Novokúibychevsk (Samara), Perm y Oremburgo (Urales), Ujta (Komi) y Tiumén (Siberia Occidental). El patrón muestra la siguiente expansión geográfica: Mar Negro → Volga → Urales → Siberia. El objetivo: reducir la capacidad de exportar combustibles y financiar la guerra. Como con Irán, se trata de estrangular la economía.
No hay misterios. Las negociaciones de paz y el “espíritu de Anchorage” caen siempre en el mismo saco: el compromiso de apoyar militarmente a Ucrania contra Rusia. Si así se comporta Washington contra la mayor potencia nuclear del planeta… ¿Cómo creen que se comportará con el tercermundista Irán? Lo reafirmo, esta tregua de “negociaciones hostiles” y asfixia económica es la antesala de un reinicio militar. Atravesando la situación: el petróleo, única razón y causa.
Para finalizar…
El pusilánime canciller alemán Friedrich Merz, que hace apenas unos meses elogiaba el “trabajo sucio” de Israel contra Irán y en enero afirmaba que “el régimen estaba en sus últimos días”, parece haber dado un giro de 180 grados. En lo que suena a un inusual ataque de sinceridad, ahora critica la estrategia estadounidense para salir del atolladero en el que ha quedado, al que describe como una situación “humillante”.
El canciller alemán Friedrich Merz afirmó públicamente que la estrategia estadounidense está errada. No está claro si se trató de un lapsus linguae, de una señal coordinada con Washington o de una provocación destinada a empujar a Estados Unidos hacia un mayor involucramiento militar.
Como respuesta a la “ofensa”, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, ordenó la retirada de 5.000 militares propios de Alemania, lo cual se realizará no inmediatamente, sino en un periodo de seis a doce meses.
Esto es un hecho menor: en primer lugar, hoy en día permanecen en territorio germano unos 36.000 militares estadounidenses en servicio activo. Que se retiren 5.000 soldados representa un retorno a los niveles de fuerzas anteriores a 2022, de ninguna manera una reducción significativa.
La medida suena a “conversada” entre Berlín y Washington: en primer lugar, obliga a los otros países europeos a aumentar su gasto en defensa más pronto que tarde. En segundo lugar, redistribuye los activos estadounidenses en otros “focos de tensión” (Irán, Taiwán, Corea, ¿Cuba?). Adicionalmente, cumple el largamente buscado objetivo de Trump de “extraer tropas adelantadas” para situarlas en retaguardia, nada más y nada menos, que como en la Primera y Segunda Guerra Mundial, cuando los estadounidenses actuaron tarde, seguro y tras el desgaste total entre rusos y europeos.
No significa que Washington vaya a dejar de ejercer control militar sobre Europa, pues mantener fuerzas en Europa es fundamental para controlar puntos estratégicos marítimos, apoyar operaciones y proyectar el poder militar estadounidense en Oriente Medio, África, Asia Central y más allá. Europa es un activo estratégico innegociable para Washington. La ocupación militar estadounidense de Europa continuará. Significa meramente que Alemania está cumpliendo el rol proxy para la guerra que explotará en el futuro en el continente.
La Alemania de Friedrich Merz ya viene tomando medidas preocupantes, como la “preservación” [7] de hombres alemanes de 17 a 45 años para constituir una “reserva voluntaria”. Pero últimamente ha declarado el fin de la “vida demasiado cómoda”, diciendo que los alemanes deben despedirse del bienestar social, la sanidad y una jubilación segura … porque es hora del rearme. Para ello viene implementando programas de ajuste como la típica reforma jubilatoria, recortes en educación y salud pública y redistribución regresiva de impuestos. ¿Que esperaban? ¡El tipo es un gerente BlackRock! Sus palabras recuerdan la frase del dirigente nazi Hermann Göring en 1936: “Kanonen machen uns stark, Butter macht uns nur fett” (Los cañones nos hacen poderosos, la manteca solo nos hace gordos). Paradójicamente, Göring no tenía un físico precisamente atlético.
Friedrich Merz, que como político aceptó la destrucción del Nord Stream que confinó a Alemania en la incompetencia industrial, ahora argumenta que la «amenaza rusa» justifica la austeridad del pueblo alemán [8], al que considera aburguesado y débil, y al que debe preparar para las penurias de la guerra.
(*) Analista político argentino. Licenciado en Administración (UBA). Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio Gráfica, y en canales de YouTube como El Mensajero del Zar. Sus artículos son replicados por muchos portales y periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). El presente fue publicado en La Visión el 3 de mayo de 2026. Ver referencia al pie.
NOTAS
[1] Véanse mis apuntes del 21/09/2024 «Israel no detiene el curso de la guerra» y del 28/09/2024 «En el Líbano se prendió la mecha» ↩︎
[2] La fecha conmemora la expulsión de los portugueses del Estrecho de Ormuz en 1622, durante el reinado del shah Abbas I el Grande. Ese año, fuerzas persas, con apoyo de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, derrotaron a los portugueses, que controlaban la zona desde principios del siglo XVI. Esto permitió a Persia recuperar el control de una de las rutas marítimas más importantes del mundo. La fecha tiene un fuerte contenido político y simbólico: reafirma la soberanía histórica de Irán sobre el Golfo, defiende el uso del nombre “Golfo Pérsico” frente a denominaciones alternativas como “Golfo Arábigo” y refuerza la identidad nacional y el orgullo histórico iraní. ↩︎
[3] Con la salida de los EAU, la OPEP estará compuesta por 11 miembros principales: Argelia, Congo, Guinea Ecuatorial, Gabón, Irán, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Arabia Saudí y Venezuela. OPEP+ incluye además a Rusia, Azerbaiyán, Kazajistán, Baréin, Brunéi, Malasia, México, Omán, Sudán del Sur y Sudán. ↩︎
[4] Existen otros puntos de fricción entre saudíes y emiratíes: En Yemen, Abu Dabi apoya al separatista Consejo de Transición del Sur (CTS), a diferencia de Riad, que respalda al gobierno internacionalmente reconocido y aboga por la integridad territorial. En la brutal guerra civil sudanesa, Arabia Saudí y Egipto apoyan al gobierno, mientras que los Emiratos apoyan a un grupo paramilitar rival Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de Mohamed Hamdan Dagalo (“Hemedti”). ↩︎
[5] Ya para junio de 2017, Mohammed bin Salman destituyó a Mohammad bin Nayef como príncipe heredero y lo reemplazó, quedándose con el control efectivo del Estado. Desde entonces, Nayef quedó bajo vigilancia y con libertades muy restringidas. En marzo de 2020, Nayef fue detenido junto a otros miembros de la familia real, acusado de presuntos intentos de desestabilización (cargos nunca transparentados públicamente). ↩︎
[6] Datos aproximados en millones de barriles por día (mb/d) 2025-2026:
1° Arabia Saudita, 9,48 mb/d.
2° Irak, 4,14 mb/d.
3° Emiratos Árabes Unidos, 3,39 mb/d.
4° Irán, 3,24 mb/d.
5° Kuwait, 2,58 mb/d. ↩︎
[7] Desde el 1° de enero de 2026, Alemania introdujo una nueva ley de servicio militar voluntario, con el objeto de reforzar las defensas como respuesta a las amenazas de Rusia. En tal sentido, los hombres mayores de 17 años deben obtener una aprobación previa para estancias en el extranjero de más de tres meses. ↩︎
[8] Durante los Juicios de Núremberg, Hermann Göring concedió una entrevista al psicólogo Gustave Gilbert y le dijo: «Por supuesto, la gente no quiere la guerra. ¿Por qué querría un pobre agricultor arriesgar su vida en una guerra cuando lo mejor que puede esperar es volver a su granja en una pieza? Naturalmente, la gente no quiere la guerra. Nadie quiere la guerra en Rusia, Inglaterra, América… ni siquiera en Alemania. Eso es obvio. Pero al final, son los líderes de un país quienes determinan la política. Y siempre es un asunto sencillo arrastrar a la gente consigo, ya sea una democracia, un estado comunista, un parlamento o una dictadura fascista.»
Gilbert objetó: «Pero hay una diferencia en una democracia: la gente tiene voz a través de sus representantes electos.»
A lo que Göring respondió: «Eso está muy bien, pero haya o no voz para la gente, siempre se les puede llevar a hacer la voluntad de los líderes. Eso es fácil. Solo tienes que decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer al país al peligro. Funciona igual en cualquier país.»
Por Christian Cirilli



