La Revolución de los Coroneles

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El término revolución se ha aplicado en la Argentina a fenómenos que comportan muchas veces todo lo contrario: es el caso de la porteña y separatista “revolución” del 11 de septiembre de 1852; la “revolución” del 90 a fines del siglo XIX, “típico golpe porteño” contra un gobernante constitucional que venía del Interior; la “revolución” de 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen elegido por el voto universal, obligatorio y secreto; o la “revolución libertadora” (ni revolución ni libertadora), que derrocó el gobierno constitucional del general Juan Perón. Aquí, en cambio, utilizamos el concepto de revolución definido por nuestro comprovinciano Octavio Gil en “Tradiciones Sanjuaninas”.

Como sabemos, para Octavio Gil “el vocablo revolución significa el cambio radical y repentino de las instituciones fundamentales del Estado o de la sociedad, que se produce por el pueblo, valiéndose de la fuerza”. Aunque también advierte enseguida el escritor que las revoluciones “propiamente dichas” son las “de abajo”, sin descartar que haya auténticas revoluciones “desde arriba”, provocadas con el propósito “de un cambio fundamental de régimen”.

No hay duda de que la revolución de 1943 se encuadra entre las revoluciones “desde arriba”, que venía a producir “un cambio fundamental de régimen” (de un régimen entreguista, hambreador y fraudulento), y que, respondiendo finalmente al clamor de “los de abajo” (expresado dos años después, un 17 de octubre de 1945), en 1946 -apenas tres años después-, entregó democráticamente el gobierno a las mayorías populares.

Los idus de junio

La revolución de 1943 se inició produciendo el desconcierto de las minorías conservadoras y de la Embajada Británica, justo el 4 de junio, día en que la Convención del Partido Conservador se había autoconvocado para proclamar la candidatura a la presidencia de la República de Robustiano Patrón Costa, zar del azúcar e instigador de la contrarrevolución y derrocamiento en San Juan del Dr. Federico Cantoni en 1934, suceso que terminó, entre otras, con las posibilidades de la “Azucarera de Cuyo” y la diversificación económica de San Juan en la década del 30 del siglo XX.

Para ser la de 1943 solo “una revolución autoritaria” como pretendían o pretenden algunos, lo cierto es que “con un debate ideológico acentuado por motivos internos y externos, con una sociedad en transformación”, aquella revolución creó más expectativas que desencantos entre sus contemporáneos tras “la búsqueda de distintas soluciones políticas que permitieran salir de los dilemas en que la opción escogida a comienzos de la década había colocado a la Argentina”, como bien dice Fernando J. Devoto en su reflexión sobre ese suceso.

Si bien el grupo de revolucionarios no era homogéneo y estaba dividido en torno a diversas cuestiones, entre ellas la posición que debía adoptar el país frente a los bandos contendientes en la Segunda Guerra Mundial, dentro de él convivían los que defendían la neutralidad, coincidente a la vez con los que tenían claras simpatías con las fuerzas del Eje (pro alemanes) y grupos vinculados al nacionalismo católico, al lado de los aliadófilos, generalmente de orientación probritánica, junto a algunos de orientación liberal (Page, 1983).

Raúl Scalabrini Ortiz, que desconfiaba de esos militares, de los que tampoco se sabía mucho, se orientó a creer en un principio que era un golpe pro norteamericano para romper la neutralidad. Por su parte, FORJA (Fuerza de Orientación Radical para la Nueva Argentina), conducida por Arturo Jauretche, declaraba en la ocasión con más optimismo que Scalabrini -con la firma de Jauretche y Oscar Meana-:

FORJA declara que contempla con serenidad no exenta de esperanza la constitución de las nuevas autoridades.

Por su parte, diarios nacionalistas como “Cabildo” también celebraban alborozadamente la revolución en la que veían “el triunfo del espíritu nuevo” que había abolido al gobierno de “la plutocracia sin patria”.

En su gran mayoría, como dice Pablo Buchbinder en “Los cambios en la política social argentina y el impacto del terremoto de San Juan (1944)”,

los militares que impulsaron el golpe compartían una perspectiva crítica de los gobiernos que habían ejercido el poder desde 1930”, cuestionando para empezar, “las prácticas fraudulentas en términos electorales que habían permitido que dichos gobiernos se mantuviesen a lo largo de este extenso período, su supuesta corrupción y la falta de moral en términos administrativos, pero también se los acusaba por su falta de sensibilidad en los aspectos sociales”.

Así también, la perspectiva de los militares del 43 estaba impregnada de las preocupaciones por la situación social (“mishiadura”) y la situación de un mundo en guerra (1939 – 1945), preocupaciones que se agravarían a los siete meses de iniciada la revolución con el terremoto de 1944 en San Juan.

Las propuestas en danza para superar “la década” -señala Devoto- variaban entre: 

una mezcla de fraude masivo y populismo” (tesis de Fresco: gobernador fraudulento de la provincia de Buenos Aires); “la permanencia en el limbo del fraude y de la república conservadora” (tesis de Castillo – Patrón Costas); una tercera surgía de “la solución Justo: acuerdos en las cúpulas para un retorno del mismo Justo (en especial mediante un acuerdo con Alvear), ahora elegido democráticamente en 1944, con el decisivo apoyo radical en alguna versión de «unión democrática” (la muerte de Justo y Alvear eliminó de cuajo esta “posibilidad”); sin dejar de lado lo que Devoto llama “el tacticismo del gobierno de Justo en 1936, de sustituir la lista incompleta por la completa en las elección de electores para Presidente y Vice a la muy extrema de Rodolfo Moreno de suprimir el voto secreto”; la cuarta opción era precisamente esa: “la modificación de la ley Sáenz Peña”; una quinta era la línea Ortiz (el presidente de 1939): “una transición gradual de la república posible a la verdadera”, o sea a la república oligárquica de siempre.

Todas las propuestas de la clase política de entonces se inclinaban por la conservación del estatus quo de la “década infame” (1930 – 1943). Eso convirtió aquel levantamiento militar en una verdadera revolución “desde arriba”, de cuyas entrañas surgiría una verdadera y amplia revolución “desde abajo”, continuación y superación a la vez de aquella en sentido popular, institucional y democrático: el peronismo, apalancado y sostenido por los Coroneles y los trabajadores en una alianza original revolucionaria.

Crónica de un día muy particular

Eran las últimas horas del jueves 3 de junio de 1943 cuando el doctor Ramón Castillo exigió la renuncia del entonces ministro de Guerra general Pedro P. Ramírez ante la virtual resistencia del funcionario a entregarla como le había sido solicitada por el primer mandatario.

El gobierno se encontró enfrentado a una gravísima situación, razonarían un día después los analistas, pues tuvo la evidencia de que se aproximaba el estallido de un movimiento militar contra el poder “instituido”.

Madrugada del 4

A partir del entredicho entre el jefe civil y el jefe militar, “toda clase de excepcionales precauciones fueron adoptadas por las autoridades gubernativas, alcanzando las mismas una rigurosidad no conocida desde hacía mucho tiempo. Fueron acuarteladas las tropas militares y policiales y se dispuso una severísima vigilancia en toda la Capital Federal y zonas bonaerenses próximas a la misma”, informaba el viernes 4 un matutino de La Plata, capital de la provincia donde habían comenzado a desarrollarse los sucesos.

Fue en esa madrugada que el ministro del Interior y el titular de Marina advirtieron en la residencia presidencial de Olivos, junto con el doctor Rothe y otros secretarios de Estado, que la situación era grave cuando se enteraron de que el esperado movimiento militar había tenido principio de ejecución con la sublevación de todas las fuerzas de Campo de Mayo.

En esas circunstancias, el general Ramírez –hasta entonces ministro de Guerra- “se trasladó a dicho acantonamiento con el conocimiento del doctor Castillo. Fueron innumerables las versiones y rumores que comenzaron a circular en todas las esferas y de todas las fuentes”. Por su parte, el jefe de Policía metropolitano permanecía en su despacho y el de la provincia de Buenos Aires se trasladaba a Avellaneda para conferenciar con Barceló y otras personas, funcionarios de aquella importante provincia.

Alrededor de las 3 y 30 el doctor Rothe se trasladó al Comando de la primera división en Palermo, donde conferenció con el general Bassi. Una hora después, procedente de Olivos, llegaron al mismo lugar el doctor Castillo y los ministros del Interior y Marina. Acompañados por el jefe de Policía se trasladaron a la Casa de Gobierno. 

Las puertas de acceso a la sede gubernativa nacional fueron clausuradas estrictamente en esos momentos, después de que el doctor Culiaciati volviera del Departamento de Policía acompañado con su titular, el general Martínez, y el general Zuloaga que acompañaba al jefe policial.

Las 7 del nuevo día

Según la crónica exhaustiva de “El Día”, “quedaron dentro de la Casa Rosada el doctor Castillo, varios de sus ministros, los senadores Santamarina, Suárez Lago y otros numerosos dirigentes y legisladores oficialistas que, al igual que muchos funcionarios, habían acudido a la misma para acompañar al primer magistrado”. Pero, “a partir de las 7, la entrada al palacio gubernativo sólo fue concedida a contadas personas muy allegadas al gobierno”.

Frente a la puerta principal del edificio gubernamental se apostó una guardia de 70 hombres del Escuadrón de Seguridad, “mientras que, en forma sucesiva fueron estacionándose en los alrededores numerosos camiones ocupados por tropas del 1º de Infantería y de marinería de desembarco”. Cerca de ellos, los pocos cronistas que conocían lo que estaba ocurriendo, se admiraban de que los que llegaban a entrevistarse con el presidente ignoraran en forma absoluta lo que estaba sucediendo. Ese era en el fondo una de las causas del golpe: la supina ignorancia de la realidad de quienes gobernaban. 

A esa altura de los acontecimientos, el ministro de Guerra, Gral. Ramírez, había regresado de Campo de Mayo y también se había hecho presente en la Casa Rosada, donde quedó aparentemente en carácter de detenido ante el inmediatamente nombrado comandante supremo de las fuerzas de represión, general Rodolfo Márquez.

Según se pudo saber después, “las fuerzas revolucionarias sublevadas en Campo de Mayo habían hecho saber al gobierno por intermedio del general Ramírez, que el plazo para marchar hacia la Capital, si no eran satisfechas sus exigencias, vencería no al toque de diana, como se informara en un principio, sino a las 10 de la mañana”.

En la misma forma extraoficial se había sabido que la exigencia de los revolucionarios incluía la renuncia del gabinete nacional y el desistimiento de la fórmula oligárquica Patrón Costa – Iriondo a la presidencia y vicepresidencia de la Nación para el año siguiente cuando habrían nuevamente “elecciones” de acuerdo a la “patriótica” y fraudulenta costumbre de la década…

Treinta y cinco minutos antes…

A las 9 y 25 de aquel 4 de junio de 1943, treinta y cinco minutos antes de que el plazo venciera, “se notó que las puertas sobre Rivadavia de la Casa de Gobierno eran abiertas de par en par y que por ellas afluían en forma rápida y ciertamente desordenada, hacia los numerosos automóviles estacionados en la explanada vecina, numerosas personas, entre las cuales se pudo distinguir al propio jefe del Poder Ejecutivo y a los ministros que en esos momentos lo acompañaban”. El doctor Castillo -cuenta el cronista de aquel día y de aquella hora- “se ubicó en uno de los automóviles, con otras dos o tres personas, mientras que en los restantes lo hacían sus demás colaboradores, legisladores nacionales, dirigentes demócratas y familiares”. Enseguida, y “velozmente, los automóviles partieron con rumbo desconocido”.

Al otro día los diarios anunciaban que “fracasada la tentativa de defensa”, Castillo y sus ministros partieron rumbo a Colonia (Uruguay) en el “Drummond”, un rastreador de la Armada fondeado en esos momentos en Puerto Nuevo, donde los funcionarios depuestos habían resuelto instalar la sede del gobierno con la intención de desconocer así las exigencias revolucionarias.

Pero a esa hora, la convención nacional de la “Concordancia”, que iba a considerar el programa electoral proyectado por la comisión ínter partidaria, ya se había suspendido. Aunque sin el poder real, el poder formal estaba ya sin vida. 

Deposición y resistencia

Un pronunciamiento militar depuso al gobierno nacional. La única resistencia formal a las fuerzas revolucionarias la opuso la Escuela de Mecánica de la Armada”.

Así rezaba el 5 de junio de 1943 el título principal de la página tres del diario El Día de la ciudad de La Plata, que había podido anticipar dos días antes en forma exclusiva el golpe revolucionario, justamente por estar el matutino geográficamente más cercano a los sublevados que los diarios capitalinos.

Según informaba El Día, el movimiento militar había culminado “con un triunfo rápido y absoluto de las fuerzas revolucionarias, que sólo encontraron alguna resistencia aislada en tropas de la Armada que permanecían leales al gobierno presidido por el doctor Castillo”.

Efectivamente, el golpe había comenzado en la provincia de Buenos Aires con la sublevación de todas las fuerzas de la guarnición de Campo de Mayo integrada por 7.000 hombres, al mando del general Arturo Rawson. “Los distintos regimientos se pusieron en movimiento desde allí hacia la metrópoli, en horas de la madrugada del 4 de junio”, informaba El Día a la mañana siguiente.

La marcha hacia Capital Federal

En perfecta coordinación y comunicándose continuamente mediante los servicios radiotelegráficos portátiles, las fuerzas revolucionarias marcharon hacia la capital federal, por distintas rutas –relataba el cronista-, hasta desembocar en las avenidas San Martín, Cabildo y Uriburu”. Las tres columnas estaban formadas por fuerzas de las tres armas “a fin de otorgar a cada una de ellas el poderío necesario”.

Sin encontrar resistencia alguna, el triple ejército alcanzó la avenida General Paz, que cortaba a aquellas tres rutas ahora militares, en el mismo límite entre la provincia y la Capital.

La columna que avanzaba por la avenida San Martín acampó en la intersección con la avenida General Paz hasta cerca de las 11 del día, emplazando durante largo rato sus baterías en dirección al centro de la ciudad.

Por su parte, fuerzas del Regimiento 2 de Infantería de Palermo, dentro de la Capital, se habían dispersado en la mañana por distintos lugares próximos a aquella guarnición militar a efectos de detener el avance de los sublevados. En determinado momento, “una compañía de dicho regimiento se aproximó a un centenar de metros de las fuerzas del general Rawson, pero ante la evidencia de que estas últimas eran netamente superiores, se retiraron prudentemente hacia sus cuarteles”, dejando vía libre a los revolucionarios.

Ante la falta de resistencia, “la columna revolucionaria de la Av. San Martín, por razones tácticas, torció por la Av. General Paz para unirse a las que marchaban por las avenidas Cabildo y Uriburu, para continuar con ellas por esas dos últimas arterias”.

Una larga caravana, provocando una “extraordinaria curiosidad en la población”, que ignoraba hasta ese momento las razones de tan singular despliegue militar, “continuó la marcha de las tropas de Campo de Mayo hacia la Capital”, sin ningún tipo de resistencia militar ni civil.

El único enfrentamiento fatal

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En efecto, frente al cuartel de la Escuela Mecánica de la Armada, que haría historia también en otro golpe militar 33 años después, pero de signo contrario, “se produjo un choque sangriento, en el que, según se sabe, hubo que lamentar muchas víctimas”.

A dos cuadras de la intersección de Av. Gral. Paz y Uriburu se encontraba precisamente la Escuela Mecánica de la Armada, a la altura de Uriburu al 4.000. Por allí avanzaba el 8 de Caballería cuando “desde la Escuela, sorpresivamente, comenzó a hacerse fuego de ametralladora y fusilería sobre las tropas. Una gran cantidad de público presenciaba la marcha suponiendo que se trataba de una simple maniobra de entrenamiento. El numeroso público congregado asaltó literalmente, las casas de comercio y particulares, guareciéndose en sus zaguanes y patios. Inmediatamente las fuerzas del 8 de Caballería y algunas unidades que venían detrás de ese cuerpo tomaron posiciones de combate en los comercios y casas particulares, donde comenzaron a repeler el fuego, emplazando el 4 de Infantería Montada cañones de 10 centímetros en la intersección de Uriburu y Pico. Las otras fuerzas se distribuyeron en las adyacencias, ocupando la Casa de Descanso de Maestros que está al 4.600 de Uriburu y comenzaron a responder con fuego de ametralladoras y fusilería, registrándose varios miles de disparos y cinco descargas de cañón. El combate duró desde las 10.45 hasta las 11.20. Al efectuarse los disparos de cañón desde la calle Pico, las tropas de la Escuela de Mecánica se rindieron”, contó el matutino.

El saldo de bajas, según las estimaciones oficiales que en un primer momento había sido mantenido en reserva, arrojaba alrededor de un centenar de víctimas, entre ellos “27 muertos: 22 militares y cinco agentes de policía, y 73 civiles heridos”: “Los cadáveres de los militares son velados en el comando de la Primera División del Ejército”, informaba al otro día el diario platense que seguía de cerca los acontecimientos.

Sin embargo, la repercusión de los acontecimientos frente a la unidad naval, interpretaba El Día, “no atentó siquiera el desarrollo del plan concebido por los jefes rebeldes, que continuó cumpliéndose en la forma prevista por sus dirigentes, hasta culminar con la ocupación de la Casa de Gobierno que había sido abandonada en horas de la mañana por el primer mandatario y sus colaboradores”.

Pero aquel día tan particular para la nueva década y para la historia argentina recién comenzaba y se extendería más allá de la media noche, alcanzando la siguiente aurora…

Una revolución nacional en marcha

A las 13.00 de aquel 4 de junio de 1943, el jefe de las fuerzas leales al gobierno del Dr. Ramón Castillo reconocía ante los periodistas que consideraba inútil toda resistencia “por cuanto el movimiento revolucionario había triunfado en todas partes”. Fue entonces cuando los acontecimientos entraron en la fase culminante de su desarrollo.

Las columnas procedentes de campo de Mayo fueron completando el trayecto en dirección a la casa de Gobierno por la avenida Alvear, para desplegarse luego por las calles Callao y Rodríguez Peña hacia el sur, y tomar más tarde, desde su emplazamiento en el Congreso, por avenida de Mayo y otras calles céntricas, completando su total dominio de la situación”. Éste era el parte de prensa que describía los últimos minutos del gobierno depuesto.

El público, por su parte, aglomerado en las veredas presenciaba el movimiento histórico de las tropas, al principio atónito y luego entusiasmado ante el cambio que se avecinaba después de una década de entrega y mishiadura.

La marcha hacia la Casa Rosada

Poco después de las 14.00, la Marinería, que ocupaba la casa de Gobierno, prestó acatamiento a los jefes rebeldes. A las 14.30, “en medio de los vivas y aclamaciones del numeroso público congregado frente al local, el general Rawson abandonó el Círculo Militar en su automóvil que debió marchar literalmente aplastado por el peso del público que trepaba por los estribos y guardabarros” del coche en el que se transportaba hacia la sede del poder el jefe militar del movimiento. Pero, “inmediatamente se reanudó la marcha por las calles Florida, Córdoba y Reconquista entre una estruendosa algarabía de sirenas, pitos y cornetas de los automóviles, mientras que el público aclamaba al jefe”.

Debido a la gran cantidad de gente que se agolpaba en las calles al paso triunfal de los vencedores de aquel día, que la muchedumbre intuía histórico para la Argentina, la entrada a Plaza de Mayo se realizó dificultosamente, “logrando penetrar el general Rawson y los militares que lo acompañaban (hasta aquel momento anónimos) en la casa de Gobierno, pero no así los civiles, pues inmediatamente se estableció una triple hilera de bayonetas en torno a la entrada de la calle Rivadavia. A las 14.40, el general Rawson puso pie en la sede del gobierno”.

Para “El Día”, que había anticipado el golpe y estaba haciendo la crónica pormenorizada de los sucesos, entre la gran cantidad de público que prosiguió durante todo aquel día tan particular frente a la Plaza de Mayo prorrumpiendo continuamente en las más diferentes exclamaciones a favor de distintas tendencias, “prevalecieron siempre las de carácter democrático”.

Un balcón que comenzaba a hacer historia

Poco después de las 17.00, al público que ya ocupaba las adyacencias de la Plaza de Mayo se le agregó una verdadera multitud frente a la Casa Rosada reclamando la presencia de los jefes revolucionarios. Enseguida pudo observarse que comenzaban a desfilar frente a la Casa de Gobierno las tropas de Infantería, seguidas por unidades de tanques y cerrando la marcha algunos escuadrones de Caballería que recibían el saludo entusiasmado del gentío allí congregado.

Después de que el almirante Marcos Zar de la aviación de la Armada y el almirante Enrique García salieran al balcón para estrecharse en un abrazo con el general Ramírez que había tratado la renuncia de Castillo, apareció el general Rawson, a la sazón jefe del movimiento militar, quien fue recibido con una prolongada ovación desde la plaza, para dirigirse acto seguido al pueblo, congregado en aquel lugar a la espera de buenas noticias.

El discurso del general Rawson

Pueblo de la Nación –expresó Rawson-, el Ejército se ha visto precisado a lanzarse a la calle, no precisamente para hacer una revolución, sino para cumplir preceptos constitucionales. La Constitución le otorga el deber de guardar el orden y el respeto para sus instituciones. Las instituciones no estaban respetadas. El orden era aparente y era necesario, en consecuencia, velar por los principios elementales, morales, culturales y de respeto, a cuyo efecto intervino el Ejército. Era necesaria su intervención. Era necesaria y lo ha realizado con patriotismo, conjuntamente con la Armada nacional (Entonces no existía la Fuerza Aérea todavía). Lo han realizado las fuerzas armadas de la Nación. Puede el pueblo tener fe en sus instituciones armadas: van a tener ellas la responsabilidad directa de lo que se realice en el gobierno y lo harán respetando sus instituciones y hemos de empeñarnos para que se desempeñen con eficiencia”.

Y pidiendo permiso a la multitud agregó:

Y ahora permitidme, señoras y señores, que termine estas breves palabras con un voto de aplauso para estos jóvenes conscriptos y una reverencia para los que han caído en la jornada. Acompañadme a gritar: Viva la Patria”.

El largo aplauso de la multitud desde abajo y los abrazos de los jefes y oficiales del Ejército que se encontraban en el balcón coronaron esas palabras. En la tarde no cabían más decisiones que nombrar al nuevo jefe de la Casa Militar y al secretario de la Presidencia. El país respiraba con alivio: había concluido la “década infame”.

De la crítica de las armas a las armas de la crítica

Un año después, el 4 de junio era celebrado “con extraordinario brillo”. Numeroso público asistió a los actos en la Plaza de Mayo y la Plaza de la República. Esos eran los títulos de tapa del diario “Crítica” en su 5ª edición de aquel domingo 4 de junio de 1944, al referirse al aniversario de la revolución juniana del año anterior.

Para “Crítica”, la revolución de junio no había sido

un espécimen de golpe de Estado para substituir en el gobierno a unos hombres por otros. A medida que ha ido transcurriendo el tiempo, renovándose los funcionarios y dictándose las disposiciones necesarias para el desenvolvimiento del país, se ha acentuado el carácter del pronunciamiento como una verdadera revolución de contenido político y social”.

A continuación, el diario de Botana señalaba los fundamentos de aquella revolución que había concitado el interés y el apoyo de una gran mayoría de argentinos desahuciados de la década anterior.

La hicieron necesaria las prácticas electorales viciosas, la indiferencia de los ciudadanos que no votan –cuya deserción del comicio deja lugar al triunfo de los ineptos y rapaces- y la corrupción, cada día más acentuada, de los partidos”.

La síntesis periodística daba cuenta ajustadamente de las mismas razones que habían esgrimido los autores del pronunciamiento militar. Por ello, afirmaba la quinta de aquel día aniversario:

Los jefes del ejército que tomaron sobre sí la responsabilidad de suprimir ese estado de cosas y de gobernar a la nación, han comprendido ahora la importancia de la empresa y parecen dispuestos a llevarla a cabo sin vacilaciones ni temores. Las palabras y las promesas de las horas iniciales han sido reemplazadas por los hechos, y todas las medidas, dictadas ejecutivamente, alcanzan inmediata aplicación. No se descubren en ellas, al menos de una manera definida, tal o cual tendencia, escuela o doctrina: sólo se advierte el propósito de establecer reformas y ofrecer garantías dignificadoras del hombre, de la familia y de la sociedad”.

En esa política nacional y social estaban implicados y comprometidos los Coroneles del Grupo de Oficiales Unidos (GOU). Los orígenes del GOU se remontan a la acción de dos tenientes coronelesMiguel Á. Montes y Urbano de la Vega, aunque posteriormente quienes inspiraron y definieron el sentido de la organización fueron el entonces teniente coronel Juan Domingo Perón (quien actuó en un principio representado por Montes), el hermano de este último, Juan Carlos Montes, Urbano y Agustín de la VegaEmilio RamírezAristóbulo Mittelbach y Arturo Saavedra, entre otros  

Ya durante la gestión del general Ramírez como presidente, varios coroneles ocuparon ministerios y secretarías, entre ellos el teniente coronel Domingo Alfredo Mercante,el coronel Enrique P. González, el coronel Miguel Ángel Montes yel coronel Juan Domingo Perón, quien fuera secretario de “Trabajo y Previsión”, y que ya desempeñaba una función como secretario personal del Ministro de Guerra.

Dentro de esta estructura de poder favorable al GOU, se destacaría particularmente la figura del entonces coronel Juan D. Perón. Un decreto firmado por el presidente Farrell y el vicepresidente Tessaire del 7 de junio de 1944, designaba al coronel Juan Domingo Perón como vicepresidente de la Nación. Así comienza esta historia.

Crítica”anuncia una revolución social

En efecto, como señalaba el diario capitalino, la política del gobierno estaba impregnada de espíritu social. En la misma tapa, al lado de una foto a tres columnas, donde una formación militar saludaba la ejecución del Himno Nacional, la quinta editorializaba:

No bastarán, por cierto, para resolver todo el problema del productor argentino, la elevación de los salarios, la humanización de la jornada, la provisión de la vivienda higiénica, la dotación de los seguros de riesgo, enfermedad, pasividad y desocupación, porque los males se originan en la propia organización capitalista, surgen de la misma estructura de la sociedad, dividida en clases distintas que no participan por igual de los beneficios del trabajo. Pero es evidente que la autoridad pública se inclina ya a fijar una distribución más equitativa de la riqueza, proporcionando a las masas obreras aquellos bienes que las aproximan a un estadio de existencia superior”.

De esa manera, “mejoras y ventajas que los sindicatos gremiales y los partidos populares no lograron conquistar e imponer, a su turno, por la fuerza del número o por imperio de la ley, van aplicándose por sucesivos decretos en toda la extensión del país. En ese plano la obra de la Revolución es singularmente reparadora y de sentido nacional”, decía “Crítica”.

El general Farrell destaca el significado de la Revolución

Las expectativas puestas primero en el general Ramírez como ministro de Guerra del gobierno depuesto, luego en el general Rawson como jefe de la revolución y nuevamente en Ramírez como presidente de la nación, habían derivado hacia el actual jefe de la Revolución: el general Edelmiro J. Farrell.

A Farrell le tocaba ahora explicar el sentido de aquella patriada, a un año de haberse producido. Al adelantarse Farrell para comenzar su discurso, “una sostenida salva de aplausos” lo saludó desde la Plaza de la República. Sería largo transcribir aquí todo su discurso y el balance de aquel primer año de gobierno. Baste el final por ahora para sintonizar la onda patriótica de aquellas palabras que reseñaban un nuevo ciclo histórico repleto de realizaciones.

Puedo afirmar bien alto ante el pueblo –dijo finalmente Farrel-que seguiremos adelante; que nuestro propósito fue, es y será la salud de la Patria, y que no llegaremos a otra meta que no sea una Argentina grande, unida y poderosa, tal como nuestros antepasados la soñaron para nosotros y tal como nosotros la soñamos para nuestros descendientes”. Una vez cumplido esos sueños, “recién podremos ver también a nuestro alrededor, caras que exterioricen la plena alegría de vivir, y que surja un pueblo que grite su fe y su confianza, y que en forma de patriótico santuario, lleve el argentinismo en mitad del corazón”.

Si éstas eran las emocionadas palabras finales del general Farrell, a su tiempo comenzaban a sentirse ya la acción y las palabras de quien sería en un año más el indiscutido líder de los trabajadores argentinos.

Un coronel popular

El secretario de Trabajo y Previsión ha podido apreciar la situación lastimosa de la gente privada de ocupación útil, vencida por el largo holgar, puesta de espaldas a la vida”, destacaba el editorial de “Crítica” en la misma portada, citando textualmente al funcionario en cuestión:

Sabemos –acaba de decir el coronel en Córdoba- que es menester crear trabajo para muchos y en muchos individuos crear hasta el hábito del trabajo ordenado, metódico y consciente; sabemos que en muchos hombres se ha apagado la llama de la esperanza por los desengaños sufridos y que otros no tienen fe en sus mismos destinos”.

El mismo Botana desmentía el mito oligárquico de que aquel Coronel había creado en los más humildes la costumbre de la holgazanería, cuando, por el contrario, casi como una profecía, su acción se había adelantado a la triste situación que padecía y que padecería el pueblo argentino cada vez que abandonara la sabia política de previsión y trabajo comenzada por esta generación revolucionaria del 40.

Pero antes del murmullo, la algarabía y finalmente la explosión del 45, un hecho trágico ensombrecería la marcha de aquella revolución nacional: el terremoto del 15 de enero de 1944 en San Juan.

Aunque ya el país había cambiado de rumbo aquel día tan particular de 1943 y no había nada que detuviera la marcha de su reconstrucción en paz, aun en contra de los desplantes fatales de la naturaleza y la soberbia de los países victoriosos en la contienda mundial.

La tierra sublevada

Eran las 20.55 del sábado 15 de enero de 1944. Nueve grados de intensidad en la Escala Mercalli esparcieron la noticia de que la tierra se había sublevado… Las viejas paredes, las veredas angostas y las altas cornisas asaltaron la ciudad con furia destructiva, poniendo en evidencia que Dios perdona siempre; los hombres, a veces; la naturaleza, nunca.

Apenas siete meses después de la sublevación de los coroneles que puso fin a la “década infame” (1930 – 1943) se habían derrumbado casi todas las estructuras de adobe en la que se sostenía la ciudad de San Juan.

Sin embargo, por lo que aseveraba la crónica periodística, San Juan no había perdido su calma provinciana, casi colonial, frente a la sublevación de los coroneles.

Ni siquiera el suntuoso edificio del Ferrocarril General San Martín se mostraba sorprendido por el singular movimiento de los que ahora llegaban y de los que ya se iban, acostumbrado como estaba desde su inauguración en 1885 al contradictorio cruce de destinos.

Al amparo de un mercado interno en expansión a causa de la guerra y de la sustitución de importaciones, establecimientos fabriles como el de los Padró y Fábrega (dedicado a la elaboración de jabones y velas respectivamente) se disponían a vivir sus mejores años.

Ya conocidos los resultados definitivos del pronunciamiento militar, un grupo de transeúntes, cubiertos con el tradicional sombrero, atravesaba la plaza por una de sus avenidas del medio y parecía confluir en la esquina de una nueva esperanza con la fila de Ford último modelo que traídos por la curiosidad también llegaban a la Plaza 25 por la calle Mendoza.

Por su parte, mientras los coches de alquiler estacionados alrededor de la plaza central esperaban su próxima oportunidad, el imponente edificio del Hotel Estornell se aprestaba una vez más para servir de telón de fondo a los nuevos actores en escena…

Sin embargo… el viejo e inconcluso drama de ser Nación o ser colonia, representado en sus primeros actos por los militares revolucionarios, adquiría un carácter de tragedia para la provincia cuyana.

Ante el golpe de la naturaleza, ningún símbolo del poder terrenal se mantuvo en pie: ni la Casa de Gobierno ni la Legislatura Provincial ni el Palacio Episcopal. Tampoco los símbolos del poder sobrenatural sobrevivieron al desastre: 10.000 templos del Espíritu Santo cayeron sepultados bajo los escombros. San Juan había sufrido la tragedia más grande de su historia.

La ciudad era un irreconocible cuerpo que esperaba ser enterrado junto a sus muertos. Ayer 14 de enero era la novia de un destino iluminado y promisorio. Hoy 15 era una viuda sin presente ni pasado, apacible solar donde maduraban sus sueños e ilusiones. Sonaban tremendas las palabras del poeta, porque, aunque doliera, había que levantar los muertos del camino y comenzar a hacer camino al andar con la dolorosa verdad entre los dientes…

Pero la Nueva Argentina, más que nunca, creía en la posibilidad de resucitar ese cuerpo destruido por la muerte. Como en las invasiones inglesas, como en la guerra por nuestra independencia, como en la Vuelta de Obligado y de Punta del Quebracho o cuando la fiebre amarilla, aparecieron las reservas y energías recónditas del pueblo argentino.

El Coronel que había retado a la historia, ahora desafiaba a la adversidad junto a una dama hasta entonces desconocida de nombre Evita.

Ante la terrible emergencia, también Dios había decidido trasladar a tierra sanjuanina su Departamento de Resurrección y Vida…

Y el milagro no se hizo esperar. El cielo y la tierra se unieron para reconstruir San Juan y combatir la muerte en una autóctona comunión de santos y mártires. La otrora ciudad secular se convirtió en un inconmensurable evangelio viviente, adonde ya nadie pudo ser indiferente al dolor humano.

Los caminos y calles sanjuaninos se llenaron de samaritanos que buscaban y recogían a los desvalidos… que enterraban a los muertos… que consolaban a las viudas y a los viudos… que amparaban a los huérfanos… y que, en su humana conmiseración intentaban, sin lograrlo, encontrarle un nombre al innominable llanto de los padres que lloraban desconsoladamente a sus hijos…

Como contagiado de amor, cada corazón argentino se convirtió en un sagrario ante el que se arrodillaba la gratitud de los sanjuaninos… y el alma aguerrida y la templanza incansable de los Huarpes reanudaron la ancestral tarea de ponerse de pie para enfrentar la noche y una vez más sembrar el día…

Ante la mirada omnipresente del lucero, un nuevo San Juan se gestó a la intemperie después de celebrar nuevas nupcias con sus sueños. Y tantas almas maternales lograron repetir el milagro de convertir el agua insípida de la desolación en el próvido vino de la alegría.

Regada con las fecundas lágrimas del duelo, la tierra volvió a engendrar soles y amaneceres para que el Tulum pudiere ver a sus hijos otra vez corretear por las acequias… La ciudad ayer sepultada y ahora revivida extendió al transeúnte las manos abiertas de sus calles y la amplia sonrisa de sus veredas…

Y la capital del desconsuelo, ya cimentada en la profunda experiencia de la cruz compartida, comenzó a edificar modernas e indestructibles ilusiones con sólidas esperanzas antisísmicas…

San Juan había vencido a la muerte…

La reconstrucción de una provincia… y de una Nación inconclusa

El desastre había puesto en evidencia –según el decir de Mark Healey, autor de una exhaustiva investigación histórica sobre el terremoto de 1944-, que la prosperidad de la provincia se había construido sobre la injusticia y la imprevisión”. De hecho, para el investigador, aquel desastre era “una condena al viejo orden y una invitación a construir algo nuevo”.

En la mañana siguiente al terremoto, en una provincia intervenida por el gobierno militar, como todas las demás, dadas las catastróficas circunstancias locales, se decretó la ley marcial, y el coronel José Humberto Sosa Molina, comandante regional, reemplazó al interventor Uriburu.

Ese mismo día, el flamante secretario de Trabajo de la Nación anunció por cadena nacional una colecta general de ayuda a las víctimas. La colecta movilizó a decenas de miles de argentinos y resultó ser un éxito de proporciones, que lanzó al mencionado secretario, el coronel Juan Domingo Perón, a una carrera política de gran magnitud.

Fue el primer paso en la formación de la perdurable alianza de Perón con los pobres”, dice el investigador citado, para quien el peronismo nació entre las ruinas del terremoto y los primeros pasos para la reconstrucción de San Juan.

Tres acciones marcaron el tono inicial de la respuesta e involucramiento nacional del gobierno militar por la tragedia: la colecta nacional de ayuda a las víctimas que organizó Perón al día siguiente de la tragedia, la visita del presidente Ramírez a San Juan dos días después del desastre, y la misa especial por los muertos, celebrada el 25 de enero en Buenos Aires.

En efecto, la ayuda voluntaria y espontánea había estado precedida por la acción oficial. Desde Buenos Aires, el presidente Ramírez había impartido órdenes a los organismos pertinentes para que hicieran llegar en forma urgente auxilio a la ciudad devastada; el ministro de guerra Farrel había dispuesto que las tropas de San Juan, Mendoza, La Rioja y Catamarca, al mando del coronel José Humberto Sosa Molina, operaran y cooperaran fehacientemente en la zona afectada; el coronel Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, había tomado a su cargo la organización y coordinación de la ayuda social a los damnificados, que se contaban por miles; por su parte, el Gral. Perlinger, ministro del Interior, llegaba a San Juan en un avión que traía a la provincia cuyana sangre, cirujanos, traumatólogos y equipos completos de material sanitario para prestar asistencia a las hasta ese momento incontables víctimas del terremoto.

Con diez mil víctimas, toda la ciudad destruida y los sobrevivientes viviendo a la intemperie, tratando de auxiliar a las víctimas, buscando a sus familiares enterrados o desaparecidos y rescatando y enterrando a sus muertos, se imponían decisiones políticas, sanitarias y sociales de emergencia.

Al dejar al descubierto la estructura social de la provincia, el terremoto puso también en evidencia el grado de empobrecimiento de todo el país, después de una larga década que José Luis Torres bautizó con el nombre y apellido de “Década Infame”. Se imponían, además de las soluciones humanas y sociales, la inmediata reconstrucción material de San Juan.  

El alcance de la destrucción, el descrédito paulatino de las clases gobernantes durante la década que llegaba a su fin, e incluso la impotencia de las autoridades locales para enfrentar tremendo desastre, perplejas ante la vehemente polémica iniciada sobre el lugar más conveniente para reconstruir la ciudad, llevaron a hacer de la reconstrucción una cuestión nacional que, en esas circunstancias, aparte de compleja, no dejó de ser complicada.

A partir del terremoto de 1944, el gobierno revolucionario de 1943 tuvo a su cargo dos gigantescas tareas a encarar: la consecución de la reconstrucción política, económica y social de la Argentina, para lo cual había venido, y desde el 15 de enero de 1944, además, por designio del destino, la reconstrucción de San Juan.

La nueva y la mayor tragedia sísmica de San Juan

Después de la inmensa ayuda inicial en la que la Secretaría de Trabajo y Previsión (STP), a cargo del coronel Perón, tomó la delantera, fue el turno del Ministerio de Obras Públicas de la Nación (MOP) –a cargo del general Juan Pistarini-, quien desarrolló una amplia labor en la emergencia.

Aunque pasado un tiempo, la lucha de clases y política local -atenuada por la tragedia, aunque siempre presente a pesar de ella-, volvió al centro de la escena, anteponiendo intereses sectoriales y partidistas, para dejar en segundo lugar, tal vez sin quererlo, la urgencia e importancia de la reconstrucción de San Juan.

Ante el rechazo de las soluciones de fondo y el fracaso del Consejo de Reconstrucción local para conducirla, el secretario de Obras Públicas de la Nación –general Juan Pistarini– que había quedado a cargo de la reconstrucción de San Juan a partir de su llegada a San Juan el 15 de febrero de 1944 (justo un mes después del trágico sismo), se concentró en las soluciones urgentes mencionadas.

Había que actuar primero sobre esa situación, amparando a los verdaderamente necesitados, porque “los ricos habían encontrado refugio en el campo o fuera de la provincia y los pobres estaban sin techo y sin protección”.

Pistarini encaró al mismo tiempo la cosecha, cuyo levantamiento era inminente y favorecería tanto a los sectores viñateros y bodegueros como a los trabajadores de viñas y a la provincia en general -más en estas circunstancias-, y también la construcción de viviendas de emergencia para los más necesitados.

En términos generales, el operativo de viviendas de emergencia fue “un éxito impresionante”: en sesenta días, el Ministerio de Obras Públicas (MOP) de la Nación hizo más de ocho mil quinientas viviendas, más que en un año promedio de construcción en Buenos Aires.

El problema fue -señala Healey- que “las casas de mampostería, pensadas originalmente para los trabajadores, fueron a los adinerados; las estructuras de emergencia de los barrios más pequeños, a la clase media, y los edificios más austeros de los barrios más grandes, a los trabajadores”. Fue el momento “en que San Juan pasó de ser un caso testigo de reformas ambiciosas a un fracaso ejemplar”.

Los que le echan la culpa al gobierno militar de aquel entonces, y luego a Perón de la lentitud y/o ineficiencia de su acción frente a la ciudad destruida, ven la realidad con un solo ojo y no admiten toda la verdad, no haciéndose tampoco cargo de las propias culpas o errores de los sectores o de las visiones sesgadas que defienden y con las cuales simpatizan.

Entre esas razones aludidas podemos mencionar:

1. Demasiado cauto en sus acciones con respecto a tomar la reconstrucción de San Juan por su cuenta –reconstrucción que era motivo de una ardua polémica a nivel provincial- el gobierno militar dejó inconvenientemente en manos locales la resolución de esas discusiones y las decisiones políticas y técnicas con relación a ella.

2. Los resultados de la acción gubernamental nacional, si bien promisorios hasta entonces, eran también limitados, pues las viviendas de emergencia, aunque muy apreciadas eran insuficientes, y hasta se habló de que su diseño no era el más apropiado (cosa esta última, secundaria, por cierto, en la emergencia).

3. Aunque se habían construido 8.500 viviendas en total en solo dos meses (tanto de emergencia como permanentes), por mala administración y decisión del gobierno local que las distribuía, las mejores diseñadas y seguras habían ido a parar a los sectores pudientes (que podían construirlas con su propio peculio), cuando desde un principio estaban destinadas a trabajadores y sectores más humildes, lo que habla del poder vigente hasta entonces de los sectores acomodados.

4. Ante los problemas que habían surgido dentro del gobierno militar entre el ala ramirista y el ala peronista -cada vez más fuertes en pos del liderazgo y orientación de la revolución pendiente-, el triunfo político de Perón sobre Ramírez llevó a profundizar la acción política, económica y social en todo el país, mientras San Juan dirimía su presente y su futuro entre los grupos técnicos/profesionales, políticos, económicos y sociales, que habían tomado la reconstrucción como preocupación exclusivamente personal y local.

5. La debilidad y permeabilidad del gobierno local –a cargo del interventor militar Sosa Molina-, que había dejado en manos de los sectores conservadores hegemónicos las decisiones sobre la administración de la tragedia y particularmente sobre la distribución y entrega de viviendas, terminó de agudizar el problema en lugar de resolverlo o darle curso de solución.

6. La oposición local contra el gobierno nacional, y particularmente contra el coronel Perón, se vio favorecida y fortalecida por la multitudinaria Marcha de la Libertad y la Constitución de mediados de septiembre de 1945 en Buenos Aires, y la capitulación del gobierno nacional de Edelmiro Farrel frente a las presiones de esa oposición, que produjo la salida de Perón del gobierno y su encarcelamiento el 9 de octubre de 1945, y que estaba a punto también de deshacerse del gobierno revolucionario de 1943.

Finalmente, el 17 de octubre de 1945 despejó todas las dudas sobre el rumbo que la mayoría del pueblo argentino, y en particular los trabajadores, querían darle a aquella revolución iniciada el 4 de junio de 1943.

Aquel día histórico, Perón fue liberado de la cárcel de Martín García a la que había sido condenado por la presión de los grupos conservadores, liberales y sociales oligárquicos, que integraban un amplio arco político de derecha a izquierda.

Es casi obvio agregar que éstos lo repudiaban, causalmente (no casualmente), por su gestión en la Secretaría de Trabajo de la Nación a favor de los trabajadores y de los sindicatos argentinos. Comenzaba una nueva historia. Comenzaba una década memorable.

Otro día muy particular asomaba su radiante y soleada nariz en el horizonte de los argentinos: el 17 de octubre de 1945. Fue en ese día histórico que la gran movilización obrera y popular rescató al coronel Perón de su prisión, le puso fecha inequívoca al nacimiento del peronismo y le abrió al “coronel del pueblo” el camino para disputar las elecciones generales del 24 de febrero de 1946.

Restituido su prestigio y centralidad en el poder político, el coronel Perón volvió a tomar la iniciativa con respecto a la provincia siniestrada: nombró a un político radical experimentado como interventor de San Juan, el ingeniero Emilio Cipolleti; designó a un ingeniero competente, también radical, el ingeniero Enrique Zuleta, para dirigir el estratégico Consejo de Reconstrucción de la provincia; y ganó al Dr. Federico Cantoni para su causa.

Así encaró las elecciones presidenciales en las que el propio coronel Perón era candidato, acompañado en la fórmula por el civil radical Hortensio Quijano, triunfando por un 52% de los votos contra el 48% de toda la oposición unida, que al ser derrotada de esa manera se disgregó.

En mayo de 1946, antes de asumir como presidente, le fue restituido el grado militar de coronel, y en el mismo acto le fue concedido su ascenso a Brigadier General.

El 4 de junio de 1946, Perón asumió el cargo para el que había sido elegido democrática y constitucionalmente por el pueblo argentino.

Volver al futuro: una década memorable

Junio 4: hay ruido de sables:

                             Un soldado ha retado a la historia;

                            Atrás queda la década infame,

                            Nace otra de grande memoria.

                            Diecisiete de octubre es el pueblo:

                            Otra vez va a saber como en Mayo

                             Maridar con la patria sus sueños:

                            Indio, gaucho, peón, proletario.

                            Nadie fue indiferente a su paso,

                            Grabó a fondo en la Patria sus lemas

                            Obligó al capital dar trabajo

                            Pero en cambio la patria fue nuestra;

                            Expatriado, sin cuna y sin nombre,

                            Retornó ya inmortal a su suelo;

                            Otorgando sus luchas cual dote

                            No dejó más que al pueblo heredero.

La guerra entre los países imperialistas y colonialistas de Europa (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, etc.) -1939/1945-, a la que se sumó más tarde Japón y Estados Unidos, aflojó las cadenas de la condición semicolonial argentina.

En esa condición le vendíamos materias primas a esos países y ellos nos vendían productos manufacturados, cuyo valor agregado favorecía a sus propios trabajadores y sociedad, sin atención alguna hacia nuestros problemas y carencias como país en desarrollo.

En las nuevas circunstancias bélicas mundiales -fenómeno que había comenzado a mostrar su cara con la crisis internacional de 1929/1930, la incipiente industria nacional se vio obligada a substituir, aun con anticuados equipos, los productos industriales que las metrópolis en guerra ahora se veían impedidas de vender a la Argentina.

En esos seis años, “el producto nacional se eleva en 19,4 por ciento, mientras que la población apenas crece en un 8,4 por ciento”. Para el caso, “entre 1939 y 1945, la producción de tejidos de algodón -que con la asociación de sus obreros y obreras llegaría a conformar el gran gremio textil- aumentó en un 92 por ciento”.

Otro tanto ocurría con las demás industrias nacientes, ligadas al desarrollo autónomo y soberano de un país hasta entonces dependiente de todo y en todo, aún de su cultura.

En 1939 la Argentina había exportado un 5,4 por ciento de artículos manufacturados y en 1943 -ya en la Argentina de los Coroneles– un 35 por ciento de productos industriales sobre el total de sus exportaciones.

En 1943 ya se importaba menos de un tercio del volumen importado en 1937.

Durante esa “segunda guerra inter imperialista”, la Argentina -que se mantenía neutral, como en la primera guerra mundial (en épocas de Hipólito Yrigoyen)- llegó a exportar tejidos y otros productos manufacturados a América Latina y Sudáfrica.

Ese proceso, luego transformado en una verdadera “revolución nacional” a partir del 17 de octubre de 1945, ratificaría su rumbo en las urnas el 24 de febrero de 1946, elevando al coronel Perón a la Presidencia.

Una revolución obrero – militar

La falta de grandes sindicatos y de partidos políticos defensores reales y directos de la clase obrera industrial naciente, había creado un gran vacío en el sistema de representatividad tanto de los trabajadores como de las clases productivas.

La natural adhesión de los trabajadores al coronel Perón se originó en ese gran vacío político, que los partidos existentes -radical, socialista, comunista, entre otros-, no representaban.

No podía sorprender -sustenta agudamente Abelardo Ramos-, que, en tales circunstancias, el Ejército -liderado políticamente por Perón- cumpliera -antes de la organización como tal del peronismo- la función de reemplazar al partido político inexistente”. Fue así que las mayorías nacionales encontraron en el coronel Perón a su líder político y “Perón encontró su verdadero partido en el Ejército”.

Sin embargo, no hay que extrañarse que esto ocurriera, porque ya había sucedido con el general San Martín, cuando a falta de apoyo político para la Campaña de los Andes, el Ejército jugó el papel de un partido en la revolución de la Independencia, siendo San Martín su líder.

Así también hay que entender, para no asumir posturas anti militaristas abstractas, ahistóricas, ultraizquierdistas o anti nacionales, que

hubo siempre en el país un sector de Ejército que estuvo con el pueblo o los intereses nacionales, enfrentado a otro que defendía los intereses opuestos” (como ocurrió en 1930, en 1955, en 1969 o en 1976).

Entre 1943 y 1945, “un jefe militar se transforma en cabeza de un movimiento de masas nacionalista, popular y revolucionario”.

Así comenzó aquella revolución nacional del ‘45, con Perón -o sea el Ejército- como su cabeza- y el Movimiento Obrero Organizado -en forma progresiva y creciente a medida que se institucionalizaba- como su columna vertebral

La revolución industrial de esa década

Desde 1943 en adelante, el gobierno militar comenzó a estudiar el revalúo de las tarifas aduaneras con fines de protección industrial.

Creó la Secretaría de Industria con jerarquía de Ministerio en substitución de la Dirección de Industria y Comercio, que había “funcionado” hasta entonces como una pequeña oficina dentro del Ministerio de Agricultura de la Nación, consustanciada ésta con la política anti industrialista de la oligarquía agropecuaria exportadora y anglófila.

El 4 de abril de 1944 -por nombrar solo algunas de las medidas típicas de nacionalismo económico emprendidas por el gobierno militar, antes de que el pueblo confirmara electoralmente a Perón como su líder político-, se crea el Banco de Crédito Industrial Argentino para el otorgamiento de préstamos a largo plazo para la burguesía industrial naciente, en un país que debía unir a sus clases nacionales (burguesía y proletariado, militares y civiles, religiosos y laicos, clases medias urbanas y rurales, medianos y pequeños productores y comerciantes, profesionales, docentes y estudiantes, hombres y mujeres) para contrarrestar la estructura política, económica, social y cultural que la oligarquía anti industrial, anti obrera, anti argentina y culturalmente colonial había impuesto.

No olvidemos tampoco la creación el 20 de octubre de 1943 del Instituto Aeronáutico (IA) con la estructura de la Fábrica Militar de Aviones (FMA) inaugurada en 1927 (durante otro gobierno popular). Sin duda, “la fabricación de aviones en nuestro país influyó decididamente en la creación de la carrera de ingeniería aeronáutica de la Universidad Nacional de Córdoba”, de cuyos estudios surgió el diseño y creación del Pulqui I (uno de los primeros aviones a reacción del mundo) y el Pulqui II,más avanzado aun tecnológicamente, al nivel de los mejores desarrollos soviéticos, ingleses y norteamericanos de la época. A fines de la década del 40, comienzos de la década del 50, “la República Argentina estaba al nivel más alto en el mundo en el desarrollo de aviones”.

El Brig. Juan Ignacio San Martín fue el primer director del IA en 1944, gobernador de Córdoba entre 1949 y 1951 y el gran propulsor de la industria aeronáutica y el desarrollo industrial de esta provincia durante la primera década peronista.

Tanto en su carácter de primer mandatario cordobés como de ministro de Aeronáutica del Gral. Perón (y a pedido de él) a partir de 1951, el Brig. San Martín organiza las Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del EstadoIAME-.

Esta empresa estatal, que reunía al Instituto Aeronáutico (dedicado al desarrollo de proyectos con tecnología propia) y a la Fábrica de Motores y Automotores, comenzaría en Córdoba la producción en serie de automóviles, tractores, motocicletas y “proporcionó trabajo a miles de operarios y empresas particulares e industriales proveedores de partes”, como bien dice Roberto A. Ferrero en “Jalones de la Vida Cordobesa” (2009).

Cabe agregar que el Brig. San Martín fue además un colaborador importante del Gral. Manuel Nicolás Savio –“padre de la siderurgia nacional”- en el desarrollo de la Argentina industrial en el marco de esa revolución nacional en curso.

Pues bien, fuera de las medidas específicamente económicas, desde noviembre de 1943, rompiendo con la tradición oligárquica, comienza a impartirse una nueva política laboral y una nueva orientación sindical desde la recientemente creada Secretaría de Trabajo y Previsión (antes solo Departamento de Trabajo), a cargo del coronel Juan D. Perón, emparejando la relación de fuerza entre el bloque oligárquico y el bloque nacional.

A pedido del general Basilio Pertiné -refiere Ramos- se intervinieron las oficinas de la CADE y se designó una Comisión Investigadora presidida por el coronel Matías Rodríguez Conde, para estudiar los célebres antecedentes de la compañía corruptora y la legitimidad de su concesión. Fuerzas policiales intervienen las oficinas de las compañías eléctricas de Tucumán, de Electricidad del Norte Argentino y otras similares.

Al cabo de una década de interrupción, vuelve a funcionar el Ferrocarril Trasandino que unía al país con Chile y se fletan las primeras unidades de carga para reanimar la vida económica de las poblaciones del Interior. La Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires, uno de los frutos del ignominioso acuerdo Roca-Runciman durante la “década infame”, es intervenida y nacionalizada. Asimismo, se nacionaliza la Compañía Británica de Gas y se impulsan las industrias militares.

El Ministerio del Interior encomendó a una Comisión el estudio de la nacionalización de los servicios telefónicos y se adquirieron por el Estado los servicios ferroviarios de Rosario a Mendoza. En cuanto a la política social, se dispuso la rebaja de alquileres en toda la República.

Sin duda, desde 1943 a 1955, el complejo militar industrial -a través de Fabricaciones Militares– jugó un papel de primer orden en la política estatal del peronismo:

El Ejército(brazo del Estado nacional) -dice Ramos-, suplía el raquitismo del capital argentino. Levantaba Altos Hornos en el Norte, mientras la Marina iniciaba la explotación de cuencas carboníferas en el Sur. Esas fábricas no solo producían armas (que hacía falta para la defensa de la soberanía territorial), sino que su actividad fundamental estaba dirigida a proporcionar a la industria liviana y mediana los accesorios y materias primas requeridas para su continuidad productiva”, donde se tejía la plena soberanía plena y el pleno empleo al mismo tiempo.  

Si hacemos un sintético inventario de lo que resultó finalmente la revolución peronista o creación del capitalismo de Estado argentino, podemos mencionar

la creación de la Flota Aérea del Estado (que realizó su glorioso bautismo de fuego en Malvinas) y el desenvolvimiento gigantesco de la Flota Mercante Nacional, que independizó en gran parte al país del secular transporte marítimo inglés que proporcionaba a Gran Bretaña parte de sus “ingresos invisibles” …

La nacionalización de los seguros y reaseguros, que vulneraba directamente las finanzas británicas y reservaba para el país una de las suculentas fuentes de ingreso (¡Ahora resulta que nos faltan capitales!) …

La construcción de diques y usinas, la construcción del combinado siderúrgico de San Nicolás (Plan Siderúrgico Nacional o Plan Savio), el gasoducto de Comodoro Rivadavia, la expropiación del doloso grupo Bemberg, y la creación de un sistema estatal defensivo en los más variados órdenes…”, además de obtener la dirección del Comercio Exterior y comenzar el desarrollo de la energía nuclear, primero en América Latina y uno de los pocos del mundo por mucho tiempo. 

Industrias estratégicas, servicios públicos, recursos naturales y energéticos, energía nuclear, comercio exterior, finanzas, etc. -todo aquello que las grandes potencias codiciaban y que vendrían a quitarnos por teléfono si fuere necesario, como diría proféticamente el general Perón- se iniciaron, volvieron o pasaron a manos del Estado y de la Nación durante aquella década de un futuro no tan lejano.

Por Elvio Salcedo

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