¿A cuántos realmente les importan chicos y chicas caídos en desgracia como Agostina?
La instalación mediática del caso de Agostina ha motivado aprovechamientos miserables de toda clase. Estoy leyendo comentarios “dolorosos” de ocasión, de algunos que mientras se horrorizan por este hecho macabro, apoyan a quienes destruyen sádicamente el tejido social.
Ninguno de nosotros sabe realmente qué le pasó a esta niña, ni conoce los pormenores de esa familia conflictuada —como lo son tantas otras—.
De lo que no tengo dudas es de que la prevención de estos y muchos otros hechos siniestros es posible gracias a un tejido social fuerte, con familias sólidas, con madres y padres presentes y, sobre todo, con un Estado presente en la prevención.
Resulta que muchas y muchos que hoy se conmueven por este crimen no dicen absolutamente nada sobre la destrucción de las políticas preventivas de toda clase; aquellas que sostienen a miles y millones de discapacitados, abandonados, marginados y excluidos.
Es más: celebran cínicamente la destrucción de las redes de contención y protección.
El crimen de Agostina empezó mucho antes del domingo pasado.
¿Cuántos niños, jóvenes, adultos y ancianos viven hoy en las calles con carencias de toda clase, mientras un montón de compatriotas desclasados celebran y festejan la motosierra?
La droga. El machismo. La crueldad. El desamparo.
Y también la altísima hipocresía de quienes hoy buscan culpables afuera mientras votan y apoyan a quienes se cagan en los del medio y en los de abajo, llenándonos de carencias y sometimientos de toda clase.
¿Duelen hechos como el de Agostina?
Por supuesto que duelen.
Pero sirve poco y nada llorar sobre la leche derramada.
Si de verdad queremos evitar nuevas tragedias, deberíamos empezar por defender las herramientas que previenen el abandono, la exclusión y la desesperación mucho antes de que una noticia policial llegue a la portada de los medios.
Porque cuando se destruyen los vínculos, las redes de cuidado y las políticas públicas que sostienen a los más vulnerables, las tragedias no aparecen de la nada: se incuban lentamente en el silencio de una sociedad que mira para otro lado.
Por Jorge Vasalo



