Desde Casavalle, uno de los barrios más vulnerables de Montevideo, el Papa reclamó un trabajo conjunto entre la Iglesia, el Estado y la sociedad civil para enfrentar la pobreza, la inseguridad y la exclusión. Advirtió que hay niños que no van a la escuela por miedo, familias que no pueden garantizar la alimentación y personas que viven abandonadas a su suerte.
El papa León XIV dejó uno de los mensajes sociales más contundentes de su visita a Uruguay durante un encuentro en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, ubicada en Casavalle, un barrio de la periferia de Montevideo atravesado por situaciones de pobreza, violencia y desigualdad. Frente a vecinos, referentes comunitarios y representantes de distintas instituciones, el pontífice convocó a abandonar la indiferencia y asumir responsabilidades concretas frente al sufrimiento de los sectores más vulnerables. “Tenemos que trabajar unidos: la Iglesia, la comunidad civil y el Estado. Necesitamos despertar de nuestras inercias y abogar por el bien común”, expresó.
Durante su intervención, León XIV puso el foco en problemas cotidianos que afectan especialmente a niños, adolescentes y familias con dificultades económicas. Uno de los pasajes más fuertes estuvo dedicado a la inseguridad y sus consecuencias sobre el derecho a la educación. “No podemos pasar de largo cuando sabemos que hay niños en Uruguay que no van a la escuela por miedo a no volver”, manifestó. El Papa cuestionó que el temor a la violencia pueda convertirse en un obstáculo para que los chicos accedan a la educación y construyan un proyecto de vida.
El pontífice también hizo referencia a la situación de las madres que no cuentan con los recursos necesarios para alimentar a sus hijos. “No podemos acallar nuestra conciencia cuando constatamos que una madre no tiene los medios para alimentar a sus hijos”, sostuvo. Y agregó que ninguna niña o niño debería irse a dormir sin comer ni renunciar a una educación y un futuro dignos por las condiciones de inseguridad de su entorno. En un país que definió como rico en recursos, consideró inadmisible que la pobreza y la violencia condicionen de esa manera las posibilidades de las nuevas generaciones.
Para desarrollar su planteo, León XIV recurrió a la parábola del buen samaritano, uno de los relatos centrales del Evangelio según San Lucas. La historia presenta a un hombre que es atacado por delincuentes y queda herido al costado del camino. Mientras algunos pasan sin ayudarlo, un samaritano se acerca, atiende sus heridas y se ocupa de su recuperación. El Papa utilizó esa imagen para señalar que la indiferencia frente al dolor ajeno también es una forma de responsabilidad social. Frente a la pobreza, la violencia y la exclusión, planteó, las personas y las instituciones deben decidir si se involucran o continúan de largo.
En ese sentido, reconoció el trabajo de organizaciones, instituciones y personas que desarrollan tareas solidarias en los barrios y ayudan a quienes atraviesan situaciones difíciles. También recordó al sacerdote uruguayo conocido como Padre Cacho, cuyo trabajo estuvo marcado por el acompañamiento a los sectores populares y la construcción de vínculos comunitarios. León XIV destacó su capacidad para tender puentes, derribar divisiones y generar encuentros, y lo presentó como un ejemplo de compromiso concreto frente a las necesidades de los demás.
Uno de los aspectos políticamente más significativos del discurso fue el llamado a coordinar responsabilidades entre las instituciones. El Papa sostuvo que la respuesta a los problemas sociales no puede depender exclusivamente de la solidaridad individual ni quedar limitada a la tarea de las organizaciones religiosas. Convocó expresamente a la Iglesia, la sociedad civil y el Estado a trabajar en conjunto para construir una comunidad donde nadie quede excluido. Además, retomó una reflexión de Francisco en la encíclica Fratelli tutti: la decisión de incluir o excluir a quienes sufren permite evaluar los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos.
León XIV también introdujo una precisión sobre el papel de la Iglesia en esa tarea. Al citar su encíclica Magnifica Humanitas, afirmó que la caridad cristiana debe acercarse a las heridas de la humanidad y responder con cercanía a las necesidades urgentes, pero aclaró que esa asistencia no puede reemplazar las responsabilidades institucionales propias de la comunidad civil. El planteo es relevante porque vincula la solidaridad con la obligación de construir respuestas públicas y sostenidas. No alcanza, según el sentido de su mensaje, con atender las consecuencias de la exclusión: también es necesario trabajar para que ninguna persona quede abandonada.
La visita a Casavalle incluyó además un recorrido por viviendas construidas para familias de bajos recursos con el acompañamiento de la parroquia y aportes de benefactores de la Papal Foundation. El Vaticano informó que el encuentro reunió a unas 12.000 personas y que el pontífice escuchó testimonios de integrantes de la comunidad antes de pronunciar su discurso. La elección de ese barrio como escenario de uno de los principales mensajes sociales de su visita a Uruguay dejó una señal sobre los temas que León XIV quiso poner en primer plano: la desigualdad, el derecho a la educación, el hambre, la inseguridad y la necesidad de una acción conjunta. Su exhortación final fue una invitación a construir una sociedad donde el amor, la paz y la inclusión no sean solamente palabras, sino compromisos concretos.
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