Llaryora: ¿desagradecido o simplemente decidió olvidar?. Hay algo que la política nunca debería perder: la memoria. Porque se puede cambiar de estrategia, se puede cambiar de aliados, se pueden modificar los discursos y hasta se puede elegir con quién sentarse a negociar. Lo que resulta bastante más difícil de explicar es cuando, en ese camino, también se pretende borrar de dónde se viene y quiénes ayudaron a construir el lugar que hoy se ocupa. Y ahí aparece Martín Llaryora.
El gobernador de Córdoba volvió a cargar contra el kirchnerismo. No es una novedad. El peronismo cordobés hace años construyó buena parte de su identidad política marcando distancia con el kirchnerismo. Schiaretti lo hizo. De la Sota también. Y Llaryora continuó buena parte de ese camino.
Pero hay una pregunta incómoda que pongo sobre la mesa y que merece ser discutida:
¿Cuánto de la historia política de Llaryora puede explicarse sin mencionar al kirchnerismo?
Porque Llaryora no apareció de la nada. Fue intendente de San Francisco, llegó a la vicegobernación, fue ministro, intendente de Córdoba y finalmente gobernador. En el medio hubo una Argentina gobernada durante más de una década por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.
Y Córdoba también recibió obras, políticas y recursos durante esos años.
Eso no convierte automáticamente a Llaryora en kirchnerista. Tampoco significa que deba reivindicar cada decisión tomada durante esos gobiernos.
Pero una cosa es discutir políticamente con un espacio y otra muy distinta es actuar como si ese espacio nunca hubiera formado parte de la historia que permitió construir determinadas trayectorias políticas.
Una elección que todavía genera discusiones
Llaryora derrotó a Luis Juez por una diferencia estrecha y se convirtió en gobernador de Córdoba. Mi tesis es que una parte del electorado identificado con el kirchnerismo terminó votando al candidato peronista cordobés para impedir que Juez llegara a la gobernación.
Es una interpretación política y no un dato que pueda atribuirse automáticamente a todo el electorado. Pero la pregunta que deja instalada es interesante:
¿Qué habría ocurrido si esos votos no hubieran estado allí?
Porque en una elección ajustada cada voto cuenta. Y cuando después se construye el relato político sobre quién permitió llegar al poder, también aparece la discusión sobre quiénes estuvieron del otro lado del mostrador en aquel momento.
“Algún día vendría bien que digas: gracias a los kirchneristas de Córdoba, soy gobernador”.
Puede gustar o no. Puede ser exagerada o puede ser una provocación deliberada. Pero es una frase que obliga a discutir.
¿Qué queda de aquellos años?
Recordemos las obras y políticas implementadas durante los gobiernos kirchneristas: infraestructura, viviendas, obras municipales, políticas sociales, computadoras para estudiantes, jubilaciones para amas de casa, reducción de deuda y otras medidas que, desde su perspectiva, modificaron profundamente la realidad de Córdoba y del país. El punto no es afirmar que todo fue perfecto. No lo fue. Pero tampoco resulta serio analizar aquellos años únicamente desde el enfrentamiento político posterior.
Porque una generación entera de argentinos vivió durante ese período una recuperación económica y social después de la crisis de 2001 que dejó una marca política que todavía permanece. Fueron directamente “los tiempos más felices”.
Y ahí aparece una diferencia política que atraviesa a buena parte del peronismo argentino: ¿hay que mirar esos años como una etapa que debe ser superada o como una experiencia histórica de la que todavía hay algo para recuperar?
El problema de la memoria selectiva
La política argentina tiene una curiosa capacidad para fabricar memorias selectivas. Cuando algo funciona, todos quieren ser parte de la historia. Cuando algo fracasa, aparecen los responsables. Y cuando un dirigente cambia de posición, muchas veces también cambia la manera en que cuenta su propio pasado.
Eso es precisamente lo que Vasallo cuestiona en Llaryora. No le reclamo que sea kirchnerista. Le reclamo que no desconozca una historia política que también lo atravesó.
Y quizás ahí esté el verdadero debate. Porque Córdoba tiene una tradición peronista particular. Un peronismo que durante años buscó diferenciarse de Buenos Aires, que construyó identidad propia y que convirtió la distancia con el kirchnerismo en una de sus principales banderas.
Pero después llegó Javier Milei Y la pregunta volvió a cambiar.
¿Qué significa ser peronista en Córdoba cuando el gobierno nacional propone una transformación económica, política y social de dimensiones profundas? ¿Alcanza con diferenciarse del kirchnerismo? ¿O el peronismo cordobés necesita volver a discutir qué proyecto de país quiere representar?
Por eso esta editorial no debería leerse solamente como un ataque personal contra Martín Llaryora. La discusión es bastante más grande. Es una discusión sobre el peronismo cordobés. Sobre su pasado Sobre su presente. Y, fundamentalmente, sobre su futuro.
Cuestiono que dirigentes como Llaryora, Pullaro y otros gobernadores terminen acercándose al poder nacional y adoptando posiciones que, desde su mirada, significan resignar parte de las banderas históricas del peronismo. Puede discutirse esa interpretación. De hecho, debe discutirse. Pero lo que no puede hacerse es evitar el debate.
Por Jorge Vasalo



