Durante la última dictadura argentina, el dirigente italiano Filippo Di Benedetto integró junto al diplomático Enrico Calamai y al periodista Gian Giacomo Foà una red clandestina que permitió poner a salvo a más de 300 personas perseguidas por el terrorismo de Estado. Un documental recupera ahora su historia y vuelve a poner en discusión el valor de la solidaridad internacional frente a la persecución política.
La historia de Filippo Di Benedetto permaneció durante décadas lejos de los grandes relatos sobre la resistencia a la última dictadura argentina. Sin embargo, detrás de ese nombre existió una trama de solidaridad que permitió que cientos de perseguidos políticos encontraran una salida cuando el terrorismo de Estado avanzaba sobre trabajadores, militantes, dirigentes sindicales y familias enteras. El dirigente sindical italiano, radicado en Buenos Aires, puso su red de contactos al servicio de quienes buscaban información sobre personas detenidas o desaparecidas y de quienes necesitaban abandonar el país. La dimensión de aquella tarea comenzó a recuperar visibilidad en los últimos días a partir del documental El Ángel de Buenos Aires, dirigido por Enrico Blatti.
Di Benedetto había llegado a la Argentina en 1952, después de haber desarrollado desde muy joven una actividad política y sindical en Italia. Su experiencia personal también estaba atravesada por la persecución política: en 1943, cuando tenía apenas 21 años, fue detenido y torturado por el régimen fascista italiano, permaneciendo preso durante aproximadamente un año. Aquella experiencia marcaría profundamente su mirada sobre el autoritarismo y la persecución. Ya instalado en Buenos Aires, se convirtió en una referencia del Patronato INCA, vinculado a la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), desde donde desarrolló tareas de asistencia y acompañamiento a la comunidad italiana.
Con el golpe de Estado de 1976, la realidad que comenzó a llegar a las oficinas del INCA fue otra. Familiares desesperados buscaban información sobre personas detenidas, militantes perseguidos y trabajadores que habían desaparecido. En ese contexto, Di Benedetto comenzó a utilizar los vínculos construidos durante años para intentar encontrar respuestas y generar mecanismos de protección. No se trataba solamente de reunir información: era necesario identificar lugares, establecer contactos, conseguir documentación y encontrar caminos que permitieran sacar a las personas del alcance de los grupos represivos.
En esa tarea tuvo como compañeros centrales a Enrico Calamai, funcionario del consulado italiano en Buenos Aires, y al periodista Gian Giacomo Foà, corresponsal del Corriere della Sera. Cada integrante de la red contaba con herramientas diferentes. Calamai podía actuar desde su posición diplomática y facilitar documentación; Foà aportaba sus contactos periodísticos y políticos; y Di Benedetto tenía una extensa red dentro de la colectividad italiana, el sindicalismo y distintas organizaciones. Esa combinación permitió construir un circuito clandestino de asistencia que, en medio de un escenario de extrema violencia, logró que más de 300 personas llegaran a Italia.
La red no se limitaba a facilitar salidas del país. También existían mecanismos para hacer circular hacia Italia información sobre personas detenidas o perseguidas. De acuerdo con los testimonios recuperados para el documental, distintos contactos vinculados a la comunidad italiana y hasta trabajadores de la compañía aérea Alitalia colaboraban para trasladar información hacia Europa. Desde Italia, esos datos podían transformarse en reclamos ante las autoridades argentinas. De esta manera, una estructura informal de solidaridad logró conectar Buenos Aires con Roma y otros puntos de Europa en momentos en que la dictadura intentaba precisamente aislar a sus víctimas y borrar las huellas de la represión.
La dimensión personal de aquella tarea también permite comprender los riesgos que asumía Di Benedetto. El dirigente no actuaba desde un lugar ajeno al peligro ni desde una posición de absoluta seguridad. La represión también alcanzó a integrantes de su propia familia: familiares suyos fueron secuestrados y torturados, mientras que uno de sus sobrinos permanece entre las personas desaparecidas de la dictadura. Su historia personal, atravesada primero por el fascismo italiano y luego por el terrorismo de Estado argentino, terminó convirtiéndose en una experiencia de compromiso que excedió ampliamente las fronteras de su país de origen.
La historia tampoco terminó con la dictadura. Durante la Guerra de Malvinas, Di Benedetto volvió a involucrarse políticamente y promovió entre integrantes de la comunidad italiana una iniciativa para reclamar al gobierno de Roma que presionara por una salida negociada al conflicto. Aquella posición incluso generó tensiones dentro de sectores de la izquierda italiana. El episodio muestra que su relación con la Argentina no se reducía a una tarea circunstancial de asistencia: existía un vínculo político y humano construido durante décadas, que volvió a expresarse frente a otra situación de violencia.
La recuperación de su figura llega ahora de la mano de El Ángel de Buenos Aires, un documental dirigido por Enrico Blatti que reconstruye aquella experiencia a través de testimonios y documentos. La película fue presentada en actividades impulsadas por organizaciones sindicales argentinas e italianas, con participación de la CGT, las dos CTA, la CGIL, el Patronato INCA y organizaciones vinculadas a la memoria y al antifascismo. El homenaje no busca solamente recuperar a un dirigente que durante mucho tiempo permaneció en un segundo plano, sino también rescatar una experiencia colectiva en la que trabajadores, militantes, diplomáticos, periodistas y ciudadanos comunes decidieron actuar frente al terror.
La historia de Filippo Di Benedetto vuelve así a poner en primer plano una pregunta que atraviesa cualquier período marcado por la persecución: qué hacen las personas cuando el miedo se convierte en una política de Estado. En su caso, la respuesta estuvo en la organización, los vínculos y la solidaridad. Más de 300 personas pudieron encontrar un camino hacia la seguridad gracias a una red que decidió no permanecer indiferente frente al sufrimiento. Recuperar hoy aquella historia no significa solamente mirar hacia el pasado, sino recordar que frente al autoritarismo también existen herramientas colectivas capaces de proteger vidas y sostener la dignidad humana.
Fuente: Página12


