Pepe Pancho no murió

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Eduardo Galeano decía que la historia, en tanto y en cuanto cúmulo de fechas y nombres, solo sirve para complicarle la vida a los y las estudiantes. Pero, cuando se resignifica, ahí nos mejora la vida. Dicho de otra manera, decía él, dejemos descansar los muertos en paz, pero hay muertos que están insoportablemente vivos, así como hay vivos que, aunque no se den cuenta, están muertos en vida.

Eso es lo que pasa con José de San Martín. ¿Quién puede asegurar que está definitivamente muerto, si nos ayuda a ser mejores cada día? Murió un día como hoy, de hace 176 años, pero su legado está más vivo que nunca. Por eso estoy, este 17 de agosto, en Boulogne Sur Mer, en la casa museo donde él vivió sus últimos dos años. Aquí cerró un largo exilio político de 26 años, sin poder volver a nuestra Patria. Los responsables de ese largo exilio son los mismos que nos gobiernan hoy, los que endeudan al país y abren la economía a las importaciones indiscriminadas, destruyendo el aparato productivo. Pueden venir con ropa nueva, con nombre nuevo. Antes eran liberales, luego fueron neoliberales y ahora se hacen llamar libertarios. Antes eran conservadores y acartonados, con discursos floridos y palabras difíciles, ahora son desaforados y hacen un culto de la vulgaridad, el grito y el insulto. Pero son los mismos. Antes hacían gala de su casta, de su apellido y de su supuesta superioridad, hoy dicen ser anti casta, se muestran como supuestos outsiders, pero son los mismos de siempre. Antes era Rivadavia, hoy es Milei.

Y fue justamente don Bernardino el que le negó a San Martín el apoyo en el Perú para combatir a los realistas que resistían en la sierra de Ayacucho. Le mandó a decir que no le importaba. Por eso, San Martín dio el paso al costado en la famosa Entrevista de Guayaquil y luego renunció al gobierno en el Perú. Volvió a Mendoza en enero de 1823 pero Rivadavia le hizo la vida imposible, al punto de obligarlo a exiliarse con su hijita de siete años, Merceditas.

En marzo de 1824 desembarcaba con ella en el puerto de Le Havre, pero el gobierno absolutista de los Borbones le negó quedarse en Francia, con el argumento de que era «un peligroso subversivo sudamericano». Cruzó el Canal de La Mancha para ver si podría instalarse en Inglaterra, pero la vida era muy cara para un exiliado político, cuyo único ingreso era algún mísero alquiler de alguna propiedad del otro lado del mar. Por eso se fue a Bruselas, adonde estuvo cinco años, hasta 1830.

En 1828, al enterarse de la caída del pérfido Rivadavia, se animó a embarcarse, por dos motivos. Primero, porque siempre soñó con volver a la Patria, segundo, porque quería ayudar a su amigo y ex subordinado del Ejército del Norte: Manuel Dorrego. Pero ya en Río de Janeiro se enteró de que otro de sus oficiales, Juan Lavalle, a quien él llamaba «la espada sin cabeza», había dado un golpe de Estado y había mandado a fusilar a Dorrego. Llegado al puerto de Buenos Aires no quiso ni siquiera desembarcar y en el mismo buque se fue para Montevideo. Estuvo allí tres meses, pero al ver que nada se modificaba, partió definitivamente para Europa a seguir con su exilio.

Con dolor, se enteró de que Rivadavia había llegado al límite de desarmar el Regimiento de Granaderos a Caballo el 19 de febrero de 1826, para que no quedara ni la memoria de San Martín. De hecho, ese glorioso regimiento no existió hasta que fue reconstituido en 1903 por el entonces segundo gobierno de Julio Argentino Roca.

Pero volviendo al Exilio de San Martín, en 1830 una revolución liberal en Francia reemplazó al absolutista Carlos X por Luis Felipe, llamado «el rey ciudadano». Entonces, Justo Rufino llamó a José Francisco, que ya podía instalarse en París. Coincidentemente, el cambio de gobierno en Argentina lo favoreció y Juan Manuel de Rosas no solo le empezó a pagar sus pensiones, sino que le reconoció las que nunca le había pagado Rivadavia. Mejoró su situación económica, pudo comprar un departamento cerca de la Ópera y una casa en las afueras de París, adonde pasaba los veranos. A todo esto, Mercedes se casó con Mariano Balcarce y le dieron dos hermosas nietas que fueron su debilidad. La época de París fue la de abuelo y también en la que tuvo más relaciones sociales, vinculándose con personajes como los escritores Victor Hugo o Balzac, el pintor Delacroix o el compositor Gioachino Rossini.

Todo eso fue gracias a un viejo compañero de armas español, Alejandro Aguado, devenido en rico banquero, quien le había abierto las puertas de la alta sociedad. En 1842, sucedió un hecho fundamental. Aguado lo invitó a un viaje por España y San Martín se entusiasmó mucho. Pero el gobierno de Madrid puso como condición que renunciara a su ciudadanía argentina y, por ende, a su grado militar, cosa que refutó San Martín. Eso lo salvó de la muerte, porque durante el viaje, la diligencia de Aguado sufrió un accidente y el amigo y benefactor murió congelado. San Martín se salvó de una muerte segura y fue ahí cuando redactó su propio testamento, en el que legaba su sable a Rosas por haber defendido la soberanía nacional frente a los ingleses y franceses. Pudo continuar con su vida en París.

Hasta que otra revolución volvió a romper la rutina, esta vez la de 1948, que derrocó la monarquía, instaló la Segunda República y transformó el sistema político al implantar el sufragio universal masculino y reconocer por primera vez derechos sociales y libertades públicas fundamentales. San Martín ya estaba mayor, tenía 70 años (de aquellas épocas) y decidió retirarse con su familia a Inglaterra.

Pero al llegar a Boulogne sur Mer, para cruzar el Canal de La Mancha, pero ahí ocurrió algo inesperado. Conoció a Adolphe Gérard, quien era el director dela Biblioteca Pública del pueblo, que funcionaba en su propia casa. Le ofreció a San Martín alquilarle a buen precio los pisos superiores de su casa, lo que sedujo a José Francisco, sobre todo por la posibilidad de vivir rodeado de libros. Paradójicamente, contrajo cataratas y cuando fue operado, la intervención no fue exitosa, por lo que quedó completamente ciego.

El último tiempo San Martín no pudo aprovechar los libros, y aquel 17 de agosto de 1850, llamó a su hija Mercedes y le dijo como una premonición: «Esta es la fatiga de la muerte…» Eran las 3 e punto de la tarde, adonde quedó clavado el reloj de la pared de esta habitación del tercer piso del edificio de la Grand Rue 113 de esta ciudad de Boulogne sur Mer.

Habían pasado 26 años desde su partida del puerto de Buenos Aires, expulsado por Rivadavia y los liberales unitarios de entonces, antecesores en política económica de Milei y los libertarios de hoy. Tan es así que el año pasado, durante un acto por un aniversario del Regimiento de Granaderos a Caballo, el propio Milei rebautizó a San Martín como Juan José. No es solo una muestra de una imperdonable ignorancia, sino también de un profundo desprecio.

Pero, justamente por eso, ¿quién puede decirnos que San Martín murió hace 176 años? Si Pepe Pancho sigue vivo, marcándonos el camino a nosotros y molestándolos a ellos.

Por Mariano saravia para el Diario de Carlos Paz

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