El trabajo que sostiene la economía también tiene rostro de mujer

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Un dato difundido recientemente por el Ministerio de Economía de la provincia de Buenos Aires vuelve a poner en evidencia una realidad que durante décadas permaneció prácticamente invisible para las estadísticas económicas: el trabajo de cuidado no remunerado representa casi el 30% del Producto Bruto Geográfico provincial.

La cifra es contundente. El aporte del trabajo de cuidado no pago se encuentra diez puntos por encima de la industria y duplica el peso del comercio dentro de la economía bonaerense. Sin embargo, detrás de ese número no hay grandes empresas, inversiones financieras ni movimientos de capital. Hay personas cuidando a otras personas, criando, acompañando, cocinando, limpiando, atendiendo necesidades y sosteniendo cotidianamente la vida.

La economía del cuidado tiene un peso enorme en nuestras sociedades. Pero el problema no se reduce solamente a reconocer su importancia estructural. El dato también permite observar cómo las actuales políticas de ajuste impactan directamente sobre la organización de la vida cotidiana y, particularmente, sobre las mujeres.

Los recortes en el financiamiento público de áreas como salud y educación, la reducción o eliminación de programas destinados a las infancias, las personas mayores y las personas con discapacidad y el aumento del costo de los servicios privados generan un faltante de cuidado. Ese faltante no desaparece. Se traslada directamente a los hogares.

Y dentro de los hogares, la carga sigue teniendo una distribución profundamente desigual.

Cuando una familia no puede pagar una cuidadora, una terapista o determinados servicios de asistencia, alguien debe asumir esas tareas. En una sociedad donde todavía persisten esquemas patriarcales, ese trabajo recae mayoritariamente sobre las mujeres.

El resultado es una sobrecarga que tiene consecuencias concretas. Más horas destinadas al trabajo no remunerado implican mayores dificultades para acceder al empleo, sostener una trayectoria laboral y generar ingresos propios. De esta manera, se construye una espiral de desigualdad y empobrecimiento que, en el actual contexto económico, también se combina con el endeudamiento creciente de los hogares.

La privatización de servicios que antes tenían una mayor presencia pública profundiza aún más esa desigualdad. El acceso al cuidado comienza a depender cada vez más de la capacidad económica de cada familia. Quien puede pagar, accede a determinados servicios. Quien no puede hacerlo debe resolver esa necesidad dentro del hogar, multiplicando las horas de trabajo no remunerado.

También las políticas fiscales y monetarias de ajuste impactan en esta realidad. Cuando los ingresos pierden capacidad de compra, las familias reducen la contratación de servicios en el mercado. Pero las necesidades de cuidado siguen existiendo. Entonces, nuevamente, la respuesta aparece en forma de trabajo no pago.

El dato bonaerense adquiere además una relevancia especial porque, según se plantea en esta discusión, se trata de una de las pocas mediciones disponibles sobre el peso económico del trabajo de cuidado. Mientras la provincia desarrolla políticas específicas y sostiene programas vinculados a las infancias, las personas mayores y las personas con discapacidad, a nivel nacional se ha dejado de producir información de este tipo en el marco del desmantelamiento de políticas con perspectiva de género.

Sin embargo, las políticas provinciales tampoco funcionan aisladas del contexto general. La situación económica nacional atraviesa los territorios, condiciona los ingresos de las familias y limita las posibilidades de resolver necesidades básicas, entre ellas las vinculadas al cuidado.

La discusión, entonces, no es solamente económica. Es profundamente política.

Porque cada vez que el Estado se retira de una función, esa responsabilidad no desaparece. Cada vez que se recorta un servicio, alguien debe hacerse cargo. Cada vez que una política pública deja de existir, el problema se traslada a los hogares.

Y dentro de esos hogares, no todos cargan con el mismo peso.

La economía suele separar aquello que ocurre dentro del mercado de aquello que sucede puertas adentro. Pero la evidencia demuestra que no existe producción, empleo ni desarrollo posible sin personas que sostengan diariamente la vida.

Tal vez esa sea una de las principales conclusiones que deja este debate: el factor común entre la economía que mueve dinero y aquella que parece invisible es el trabajo.

Y las mujeres, desde hace mucho tiempo, lo saben.

Gabriela Natch | Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos

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