Héctor Cámpora no renunció

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El odontólogo de San Andrés fue conminado por Perón a abandonar el cargo, luego de haber traicionado el mandato programático de unidad nacional que había recibido para ser designado candidato presidencial. El “entrismo” de los meses de Cámpora, la agresión armada de la guerrilla, y lo que dijo Rucci al firmar el “Pacto Social”.

La palabra “renunció” está instalada y es cierta. No es lo que pasó. Héctor Cámpora, el primer presidente electo democráticamente después de 18 años ininterrumpidos de Poder militar, con proscripción del peronismo, fue conminado por Perón a dejar el gobierno a los 49 días de haber asumido.

No fue por un golpe de Estado. Ni remotamente fue un voluntario, generoso y leal, gesto de renuncia. Fue decidido por Perón a raíz del evidente incumplimiento del mandato programático que recibió para ser designado candidato presidencial.

Perón estaba proscripto. Formó al FREJULI, que promovía el programa de “Coincidencias programáticas de los partidos políticos y las organizaciones sociales” (diciembre, 1972)

Ese Frente lo integraron el peronismo, el mayor caudal electoral y la democracia cristiana, el conservador popular, UDELPA – formado por P.E. Aramburu – y agrupaciones como las que lideraban Marcelo Sánchez Sorondo y Mario Amadeo. En ese marco Cámpora o “La nueva administración representaba, en gran medida, a los sectores juveniles y a la izquierda peronista” (Dr. C. Campora, Perfil,12/7). Una contradicción.

Con esa decisión de dar protagonismo a quienes procuraban el “socialismo nacional” por las armas Cámpora abandonó el compromiso del FREJULI. Inesperado y contradictorio. Cámpora abrió las puertas al “entrismo”.

El FREJULI y las Coincidencias Programáticas, sus bases, estaban en las antípodas del “socialismo nacional” y del discurso Montonero. Por eso no hubo en Cámpora lealtad al programa.

La historia no se puede cortar en rebanadas y por eso hay que recordar algunos eslabones. En septiembre de 1955 una multitud, procedente de todos los barrios, escuchó en Plaza de Mayo al Gral. E. Lonardi declarar: “Ni vencedores, ni vencidos”. El golpe militar no enarbolaba la revancha. Duró lo que un lirio.

La guerrilla montonera, brazo armado de la Tendencia, llevaba muchos dirigentes sindicales asesinados y empresarios secuestrados. Rucci no fue uno más: fue una confirmación.

En ese clima de la noche del Pacto, que abría una oportunidad, en el Teatro San Martin, pocos días después se realizó una asamblea de empresarios ajenos, adversarios, a la CGE, incluyendo a los que integraban ACIEL – la más liberal de las organizaciones empresarias –su presidente, el Sr.A. Fauvety, asumió la tarea de entregar la nota de adhesión al Acta de Compromiso, de ese conjunto de empresarios.

Dos meses después, casi todas las organizaciones rurales encabezadas por la Sociedad Rural Argentina firmaron el “Acta de Compromiso con el Campo”. Celedonio Pereda, su presidente, invitó a almorzar a J.I. Rucci a la sede de la calle Florida. El de aquella noche tornaba en el clima dominante.

Sin embargo, desde el primer momento de la gestión, hubo una enorme distancia entre la Casa Rosada por un lado y Gelbard y la cultura política del Pacto Social por el otro.

Cuando iba a asumir la secretaria de obras públicas, el Ing. H. Zubiri, militantes de la Tendencia no permitieron realizar el acto y amenazaron con tirarlo por la ventana del edificio. En el segundo intento J.M. Abal Medina estuvo presente para disciplinar a la turba y concretar la designación. Militantes tomaron el 8º piso del Palacio de Hacienda y también amenazaron la toma de campos en el sur del país. Pereda se reunió con Gelbard y éste dejó en claro, estuve allí presente, la decisión de Perón de terminar con el “entrismo”.

Llegó el día del retorno definitivo de Perón. Una multitud inmensa fue a su encuentro en Ezeiza. Fue una tragedia.

“Al día siguiente de lo sucedido, Perón habló al país por cadena nacional… concentró toda su severidad en advertir que no toleraría que se desvirtuara el movimiento doctrinario mediante “infiltraciones” ideológicas ajenas a la tradición justicialista”. (dr. C.Campora, Perfil 12/7) ¿A quién le cabía duda?

La secuencia histórica que he esbozado expone el sentido de la “severidad” referida a las “infiltraciones ideológicas”: en política las lealtades son programáticas. Algo que Cámpora, tal vez por causa de los que lo rodearon, incumplió.

Octubre 73, elección de Perón, 62% de los votos con una concurrencia electoral que no se repitió hasta hoy. A las 48 horas de ese plebiscito, que consagraba el programa en marcha a pesar de las presiones internas de la Rosada y el hostigamiento de la guerrilla, Montoneros, el brazo armado de la Tendencia, asesinó a José I. Rucci “para terminar con la pata sindical del Pacto Social” declaró Mario Firmenich a “El descamisado”.

Cámpora desapareció del escenario político. Pero el leal V. Solano Lima, vicepresidente renunciante, fue designado Secretario General de la Presidencia. En ese carácter presidió, junto al embajador J. Figuerola, las reuniones en las que me cupo presentar el Plan Trienal, en mi carácter de responsable de este, a la directiva de cada uno de los partidos políticos institucionalizados con o sin representación parlamentaria. Amistad política para el consenso de largo plazo.

Perón salió de la vida pública el mismo 12 de junio de 1974. Desde el balcón de la Rosada no solo había expulsado a los “imberbes, estúpidos” sino que dejó en claro que “su único heredero era el pueblo”, es decir, la voluntad popular. ¿Quién heredó aquella voluntad de consenso?

El “entrismo” de los meses de Cámpora, en la Rosada y en otros espacios de poder, la agresión armada de la guerrilla, que no cejó a pesar de dos procesos electorales, fueron para liquidar el “Pacto Social” como dijo Firmenich del asesinato de Rucci.

Campora, de hecho y tal vez sin ser consciente de las consecuencias, fue “el topo” que vino a destruir el “Pacto Social”, esa deslealtad programática lo expuso a Perón y generó situaciones imprevisibles que lograron abortar el Pacto Social y abrieron la puerta a una tragedia que comenzó con los agobiantes nueve meses de A. Gómez Morales, el “rodrigazo” – inspirado por R.M. Zinn el introductor de la crueldad de Rothbard en la Argentina – que prólogo la Dictadura criminal de lesa humanidad que, en aquél entonces, nadie imaginó que pudiéramos vivir.

¿Qué hubiera sucedido si Lanusse no hubiera proscripto a Perón? Esa es la pregunta que hay que responder. El ejercicio de ucronía dice cosas.

No habría habido entrismo, ni Ezeiza, ni asesinato de Rucci. Los guerrilleros habrían sido juzgados por sus crímenes en democracia.

Tal vez no estaríamos viviendo 50 años de decadencia. Campora, no renunció. ¿Se entiende?

Por Carlos Leyba (miembro del equipo del ministro José Ber Gelbard)

Profesor Emerito UBA, economista demócrata cristiano, ex subsecretario de economía (1973/74), exvicepresidente ejecutivo del INPE (1973/74)



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