El verdadero drama argentino es que no tenemos la menor complementariedad económica con EEUU.
Los ingleses eran lo que siempre han sido, la peor basura que parió el género humano, sujetos capaces de violarte a tus hermanas en nombre de algún principio. Pero necesitaban nuestras carnes y, después de que Mitre nos condenó a tener una industria raquítica, nos vendían sus manufacturas. Ese fue el pacto desde que el franchute Charles Tellier les enseñó a transportar carne enfriada a través del Atlántico.
Pero a los yanquis no tenemos nada que venderles. Del agro, ni hablar, son competidores directos. ¿Minerales? Cuáles? Litio? Hay más litio en Chile y Bolivia, y además en cualquier momento lo suplanta el sodio (¡sí, los chinos ya están por hacer baterías de sodio, usando sal común!).
¿Gas, petróleo? Exportan. ¿Tierras raras? Tienen que refinarlas ¡en China!
Ahora vino la boludez de los data centers “a prueba de ataques balísticos” en la Patagonia. Ah, sí, porque tirar cables submarinos por debajo de todos los océanos hasta Bahía Camarones y encontrar el agua de enfriamiento es una tontería.
Sólo les servimos para endeudarnos y como sitio de tránsito para las drogas (unas pocas, estamos re lejos). TIMBA y miseria, esa es la ecuación. A eso de redujo la banda de tahures de la City que si alguna vez pareció tener grandeza fue porque le robó la ropa a las generaciones de Patricios provincianos de 1870 y 1880.
Y volviendo al presente: del otro lado del vidrio al que nos asomamos cada vez más como pibitos ante una juguetería, mirándonos con lástima infinita desde adentro, el verdadero mundo que nos necesita: la China, los BRICS, África, el futuro que ya está ahí.
La imbecilidad criminal y holgazana de nuestra cretina clase dominante merece un millón de guillotinas, una por cabeza. Total, las tienen para que el cogote no les termine en punta.



