La última aparición pública de Taty Almeida, histórica referente de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, se dio en abril de 2026 durante un acto académico en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde dejó un mensaje que hoy toma una dimensión aún más profunda tras su fallecimiento: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”.
En ese encuentro, realizado en la Facultad de Filosofía y Letras, Almeida fue distinguida con el título de doctora honoris causa, en un auditorio colmado de estudiantes, docentes y militantes de derechos humanos. Allí, sentada en silla de ruedas pero con una fuerte presencia política y simbólica, volvió a insistir en la necesidad de sostener la memoria, la verdad y la justicia como pilares de la democracia argentina.
Durante su intervención, la dirigente remarcó el paso del tiempo dentro del movimiento de Madres y Abuelas, advirtiendo que las generaciones fundadoras estaban llegando al final de su recorrido físico, pero no del compromiso político. En ese sentido, dejó planteada la idea de la “posta generacional”, apelando a los más jóvenes a continuar la lucha por los derechos humanos.
Uno de los ejes centrales de su mensaje fue la reivindicación de la militancia y del compromiso social. Almeida insistió en que la historia de las Madres no podía entenderse sin la participación activa de nuevas generaciones dispuestas a sostener las banderas de memoria, verdad y justicia frente a los intentos de olvido o relativización del terrorismo de Estado.
La frase que marcó el cierre de su intervención —“La única lucha que se pierde es la que se abandona”— no era nueva en su trayectoria, pero en este contexto adquirió un carácter de síntesis de toda su vida pública. La consigna, repetida durante décadas en marchas y actos, quedó instalada como una especie de testamento político y ético.
Tras conocerse su fallecimiento a los 95 años, ocurrido pocos meses después de aquella aparición pública, distintos organismos de derechos humanos, referentes políticos y académicos retomaron sus palabras como símbolo de continuidad. La frase comenzó a circular nuevamente en redes sociales y actos de homenaje, resignificada como parte del legado colectivo de las Madres de Plaza de Mayo.
En paralelo, su figura volvió a ser destacada por su rol dentro de una de las organizaciones más emblemáticas de la Argentina contemporánea, surgida en el contexto del terrorismo de Estado durante la última dictadura militar. Su vida estuvo atravesada por la búsqueda de su hijo Alejandro, desaparecido en 1975, hecho que marcó el inicio de su militancia.
Hoy, su última aparición pública funciona como una síntesis de su trayectoria: una dirigente que, aun en la fragilidad física, sostuvo hasta el final una convicción inquebrantable sobre la necesidad de memoria activa, participación política y defensa de los derechos humanos.
Fuente: Ámbito Financiero



