En el epílogo de la reedición de “Operación Masacre” del año 1969 escribió acertadamente Rodolfo Walsh:
“Dentro del sistema, no hay justicia. Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos”.
“¡Fusílelos, no pierda más tiempo, hágalo ya en cualquier baldío!”, ordenó telefónicamente desde La Plata el Jefe de la Policía Bonaerense, teniente coronel retirado Desiderio Fernández Suárez al encargado de la brigada de San Martín.
Los doce compañeros son cargados en un carro de asalto escoltado por una camioneta en la que van el Jefe de la brigada, Comisario Rodriguez Moreno y un par de oficiales más, otros 15 agentes integran el grupo que unos instantes más tarde se convertiría en un comando criminal.
Frío amanecer del 10 de junio del ’56, la caravana rumbea por la Ruta 8 hasta llegar a un gran baldío cercano a la estación de José León Suárez.
Los verdugos ordenan a las víctimas descender del vehículo y caminar en dirección a un basural mientras los faros de la camioneta iluminan en la oscuridad, algunos atinan a correr, otros forcejean con los policías.
Carranza se tira al suelo y de inmediato lo acribillan a balazos, luego cae Garibotti; Rodríguez recibe un disparo en la espalda y lo rematan, a Brión también lo balean por la espalda. Carlitos Lizaso no logra escapar, los guardias lo sujetan y allí nomás lo fusilan con varios disparos en su pecho.

El sanguinario pelotón recorre el terreno donde yacen los cuerpos, a Di Chiano lo dan por muerto aunque aún vive, a Livraga intentan rematarlo pero también sobrevive.
Los otros compañeros han logrado escapar de la masacre.
Nicolás Carranza era un obrero ferroviario orgullosamente peronista, tenía 6 hijos; Francisco Garibotti también era ferroviario y tenía 5 hijos; Vicente Rodríguez era obrero portuario y padre de 3 hijos; Mario Brión era empleado de Siam tenía un hijo y otro en camino que su mujer nunca pudo dar a luz; Carlitos Lizaso, de cuna peronista, tenía 21 años, el régimen prohibió a la familia que su cuerpo fuera velado pero al día siguiente el cementerio de Olivos se inundó de flores en su homenaje.
Ocurrió hace exactamente 70 años, fue la demostración extrema del odio antiperonista y antiobrero que aunque pretendan disimularlo, aún persiste.
Por Héctor Amichetti



