La baja de tasas no llega al bolsillo: el crédito personal sigue caro y frena la reactivación

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Aunque las tasas bajaron en varios instrumentos financieros, los préstamos personales siguen en niveles elevados. La combinación de morosidad, riesgo y caída de ingresos limita el acceso al crédito y complica la recuperación económica.

La economía argentina muestra una paradoja cada vez más evidente: mientras las tasas de interés comienzan a bajar en distintos segmentos del sistema financiero, ese alivio no llega a los créditos personales. El resultado es un cuello de botella que impacta directamente en el consumo y en las posibilidades de reactivación económica.

En los últimos meses, instrumentos como plazos fijos, cauciones, letras del Tesoro y préstamos a empresas comenzaron a ubicarse por debajo de la inflación esperada. Sin embargo, los créditos destinados a las familias siguen en niveles significativamente más altos, generando una brecha que preocupa a economistas y al propio sistema financiero.

Los números son claros: la tasa nominal anual de los préstamos personales ronda el 64%, prácticamente el doble de la inflación proyectada. Esto convierte al crédito en una herramienta costosa y, en muchos casos, inaccesible para amplios sectores de la población.

Detrás de esta situación hay un factor central: la morosidad. Según datos del Banco Central, cerca del 13,8% de los créditos personales presenta incumplimientos en los pagos, lo que obliga a los bancos a cubrir ese riesgo con tasas más elevadas. Este fenómeno genera un círculo complejo: tasas altas que dificultan el pago, lo que a su vez incrementa la morosidad.

A esto se suma un contexto económico adverso para los hogares. La caída del salario real, el aumento del costo de vida y el endeudamiento previo reducen la capacidad de pago, lo que lleva a las entidades financieras a endurecer sus condiciones de otorgamiento y a ser más selectivas a la hora de prestar.

Incluso con la baja de tasas impulsada por el Banco Central, el traslado hacia el crédito al consumo es lento y parcial. Mientras las tasas mayoristas se ubican cerca del 20% o 25%, los préstamos personales continúan en niveles cercanos al 70%, evidenciando una fuerte desconexión entre la política monetaria y la economía real.

En este escenario, el crédito deja de ser un motor de crecimiento y se convierte en una limitación. Las familias no pueden financiar consumo ni reestructurar deudas, lo que impacta directamente en la demanda interna, uno de los pilares clave para la recuperación económica.

Así, el desafío no pasa solo por bajar las tasas, sino por recomponer las condiciones estructurales: mejorar ingresos, reducir el riesgo crediticio y generar previsibilidad. Sin esos factores, el crédito seguirá siendo caro, escaso y lejos de convertirse en la herramienta que la economía necesita para volver a moverse.

Fuente: Ambito

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