La cultura occidental y su Modernidad, no fue vista en acción hasta bien entrado el siglo XIX, principio del siglo XX, fue entonces cuando “el filósofo” pudo articular la crítica al sujeto de la razón omnipotente, intentado rescatar a la humanidad de las garras de las maquinas, esta crítica, este intento de salvataje, se está dando aún en una lucha encarnizada entre dos posturas que intentan sobrevivir: un Sujeto todo poderoso, y un Todo Poderoso que subyace en el Sujeto.
Reflexionar desde la Metahistória en el pensamiento contemporáneo, nos propone una llegada a un discurso multidisciplinario, obteniendo un lugar preponderante y privilegiado.
El éxito de la ciencia moderna como debeladora de verdad, no distingue esencia de apariencia, esto no parece conformar a los Maestros de la Sospecha (Mark, Nietzsche, Freud), que cuestionaron al sujeto desde la razón, pero por ella “¿es de fiar lo que se nos aparece?”.
Este develar la verdad es siempre ambiguo, por lo tanto, la pregunta es, ¿existe una esencia para ser develada, detectada por la ciencia, en el hombre de hoy?, este es nuestro tema
La construcción del Sujeto
No, no hay una esencia, o no es detectable, o incluso habría una tercera postura, desaparecida u ocultada tras los usos de las palabras. La posibilidad del desocultamiento no nos da mayor grado de certeza, de conocimiento de nosotros mismos. Cuando afirmamos nuestra identidad, lo hacemos para nosotros como para los otros, la diferencia debe ser reconocida por nosotros mismos, como por los otros, para darnos identidad, identidad que nos permite interactuar en sociedad. Un individuo o sujeto replegado sobre sí mismo, lo deja fuera de escena en lo público, en la posibilidad de como podemos y queremos mostrarnos. Este actuar en escena lo convierte en Sujeto, con todas sus prerrogativas y autonomías. El salir a escena, la actuación en el escenario de la vida, afirma la idea, no de una verdad del Sujeto que está allí para ser develada, sino una identidad a construir en el devenir diario.
En lo ético, la verdad privada o la de la privacidad, es lo que se expone en público, sería como la mejor actuación en la escena de la vida, la más sincera que Yo pueda desarrollar, y será mi responsabilidad realizar mi mejor escena. El Sujeto queda formándose por subjetividades en las distintas actuaciones. Lo que nos lleva a intentar recuperar la certeza de un sujeto nuevo, que nos justifique las “estupideces del primer mundo, y el hambre del tercer mundo”, a través de criterios concluyentes y definitivos, universalidades verdaderas y autentica individualidad, (pienso, Yo existo). Pero este sujeto nuevo, ya fue probado, no es nuevo, ni es bueno. Describen al sujeto y a la subjetividad como una enfermedad del mundo, pero esta supuesta enfermedad, según estos mismos autores, será la dadora de los mejores frutos de la Modernidad.
Partir del “pienso, yo soy”, no nos garantiza la existencia de un Yo con sustancia, sino de una existencia indeterminada, que siente ser algo y no más bien la nada, ese algo que ya está ahí, que me precede a un a mi propio pensamiento que me avisa que existo, y que es distinto a mí mismo, está al otro lado del límite de mi conciencia, está justo en el Yo soy, por esta presencia que me precede, que esta antes que yo; por lo tanto, ¿es inevitable el Sujeto?
Los contemporáneos critican la subjetividad, anuncian la muerte del hombre, justamente en esa identificación metafísica del “Yo pienso”, con el “Yo soy”. Estas dos expresiones no dan una identidad sustancial al sujeto, yo soy siempre otro, con respecto a mi pensamiento cuando me pienso, pero cuando llego a la conciencia de mí mismo, yo ya estaba allí. Como resultado, el mundo que conozco, es un mundo viciado por el lente que yo mismo soy cuando conozco, intervenido por mi subjetividad.
Esta subjetividad es una manera de preservar la sustancia, el ser dado por la naturaleza, de lo que estamos hechos, y que nosotros no hemos hecho, el otro diferente que está ahí cuando descubrimos ser. La subjetividad supera y da sustancialidad al hombre, al superarlo como una simple máquina, transformándolo en humano. Hacer una crítica de este sujeto, es negar la humanidad, la metafísica, lo propio de lo humano.
Algunas posturas desean aniquilar el límite que me impone saber de mi existencia, un “sujeto fuerte”, eliminar la idea de “mi mismo”, y que el ser coincida plenamente con la representación; otros, más moderados, respetan los límites del “mi mismo”, el habitante que ya está cuando yo llegue a saber de Mí, pero ni una ni otra concluyen en el sujeto, solo mi ser, antes que la nada, da cuenta de mi propia existencia.
Por Marcelo Rippa, Filósofo peronista.



