La noche que Diego “puteó” a mi vieja

Maradona
Share on facebook
Facebook
Share on pinterest
Pinterest
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Hubo un tiempo en que quien más te amaba, más te abrazaba, más te besaba, más rápido te llevaba a la muerte. Bastó que un bicho en forma de abstracción diabólica se instalara en nuestra aldea global para activar, paradójicamente, un mundo más humano.

Misiles desactivados, bombarderos sin despegar, generales de la OTAN huyendo despavoridos ante un simple estornudo y funcionarios del Pentágono confinados en casa alarmados por una tos seca. La pandemia proporcionó una paz de intocables. Aunque las verdaderas pandemias mortales de este mundo son el hambre, la pobreza, la emigración masiva, las enfermedades de los países pobres, la violencia, el odio. Pero estos males endémicos no causan miedo, ni pánico, porque no se transmiten a través del aliento. Nos hicieron creer que después de la pandemia dibujaríamos un mundo mejor, más cercano, más solidario.

Por eso todos los días, antes de sentarse a la mesa, es conveniente apagar el televisor, más que nada para que las bombas sobre Gaza no caigan sobre la sopa de fideos. La crueldad humana tan televisada, retransmitida en directo con todo detalle a todas horas, ya no sabes si tu vida se desarrolla dentro o fuera de la pantalla. Si eres uno más que huye entre las ruinas de una ciudad bombardeada.

A Diego no le gustaba este mundo, al menos esa parte del mundo que le come las entrañas al otro mundo. Hubo un tiempo en que se subió al “paravalancha” de la Casa Rosada para decir: “Volvimos”. Hoy parece un alarido de bronca, como si nos retara, justo ahora que tanto se habla de volver.

Así lo conocí, volviendo, siempre volviendo, a ese islote profundo de niño agradecido, resistente, combativo; con el cálido mensaje de entender el mundo con la ambición de cambiarlo. De aquellos días me llevé la humildad propia de los niños castigados por la pobreza, y la voluntad de creer en el sueño sosegado de los humildes, en esas vidas sin aliento, sin descanso y sin futuro.

Lo recuerdo alegre, zumbón, con una sonrisa grande y jugosa como una raja de sandía. Ni en los momentos “importantes” dejó de reírse. Se los puedo asegurar. En el transcurso de un Vélez-Boca de noche fría y cerrada, en un partido parejo y disputado, salto a cabecear con un defensor “xeneize”, y sin tocarlo, este cae al suelo con gesto de dolor y las manos protegiendo su rostro. Era evidente que fingía haber recibido un codazo.

El incidente se produjo en el área chica, muy cerca del alambrado donde antiguamente se situaba la hinchada visitante en el Amalfitani. De pronto, un grupo reducido de hinchas de Boca me empieza a insultar: “Lanao hdp, la p…. que te pariooooooooo”. En ese instante, Diego se me acerca por detrás con una sonrisa que le daba vuelta por toda la cara, y me dice: “Negro… jaja, la hinchada está saludando a tu vieja”, y sin darme tiempo a nada se giró hacia la tribuna y empezó a agitar suavemente las manos hacia arriba, en un intento deliberado por jalear a los hinchas para que el insulto fuera más fuerte, más estridente. Sin perder la sonrisa, me siguió de reojo, mientras el graderío, obediente al reclamo del ídolo, pasó de los 30 hinchas iniciales a unos 200, luego unos 500, y al final, media hinchada de Boca me estaba puteando.

Fueron tan solo unos segundos; el partido se reanudó y el griterío se calmó. En la platea local, mi madre, pálida, no encontraba lugar donde refugiarse. La mujer, de educación tradicional, recordó hasta sus últimos días aquel momento. Con el ego contenido, pero con el orgullo inocente de haber sido protagonista de una travesura indecente, cada cierto tiempo me decía: “¿Te acordás cómo me insultó la hinchada de Boca?”.

Este país celeste, fatigoso, de furia desatada, te recordará siempre, Diego. Si un día regresas al mar de tu infancia, debes recordar que ese mar no te ha olvidado. Eres el niño que ha levantado los mismos castillos de arena, y los ha visto caer una y otra vez, sin saber que esa es la primera lección de la vida. Se fue, y en parte, todos nos fuimos con él.

Por José Luis Lanaos, Exjugador de Vélez, clubes de España y campeón Mundial Tokio 1979.

Scroll al inicio