La jurista sudafricana fue distinguida por su trayectoria en la lucha contra la impunidad, la investigación de crímenes de lesa humanidad y la defensa del orden jurídico internacional. Exalta comisionada de Derechos Humanos de la ONU y expresidenta del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, también encabezó una comisión de Naciones Unidas que investigó la situación en los territorios palestinos ocupados.
El Premio Nobel de la Paz 2026 fue otorgado este viernes 9 de octubre a Navanethem “Navi” Pillay, jurista sudafricana reconocida internacionalmente por su trabajo en favor de la paz y el derecho internacional. El Comité Noruego del Nobel destacó su contribución al desarrollo de mecanismos jurídicos destinados a investigar y juzgar crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio. La decisión pone el foco en el papel de la justicia internacional en un escenario global atravesado por conflictos armados, crisis humanitarias y cuestionamientos a los organismos multilaterales.
Nacida en Durban, Sudáfrica, en 1941, Pillay desarrolló buena parte de su carrera jurídica durante la lucha contra el apartheid, el régimen de segregación racial que dominó el país durante décadas. Como abogada, defendió a activistas perseguidos y denunció abusos contra personas detenidas. Su trayectoria quedó vinculada con la defensa de la igualdad ante la ley y los derechos fundamentales, en una sociedad marcada por profundas desigualdades raciales. Tras el fin del apartheid, ocupó cargos judiciales de relevancia en Sudáfrica y comenzó una extensa carrera en instituciones internacionales.
Uno de los capítulos más importantes de su trayectoria fue su participación en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, creado para juzgar a responsables del genocidio de 1994. Pillay integró ese tribunal y llegó a presidirlo entre 1999 y 2003. Durante su paso por esa institución tuvo un papel destacado en el desarrollo de criterios jurídicos sobre la violencia sexual durante los conflictos armados. La jurisprudencia del tribunal reconoció que la violación y otras formas de violencia sexual podían constituir actos de genocidio cuando se cometían con la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo protegido.
Pillay también fue jueza de la Corte Penal Internacional y, entre 2008 y 2014, se desempeñó como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Desde esa función intervino en debates internacionales sobre discriminación, persecución de minorías, violencia estatal y protección de poblaciones vulnerables. Su recorrido institucional la convirtió en una de las figuras jurídicas vinculadas con la consolidación de mecanismos internacionales para documentar violaciones de derechos humanos y exigir responsabilidades a quienes las cometen. El Nobel reconoce esa trayectoria, aunque la eficacia de los organismos internacionales continúa condicionada por las decisiones de los Estados y las tensiones geopolíticas.
En los últimos años, la jurista tuvo una participación relevante en el seguimiento de la situación en los territorios palestinos ocupados. Presidió la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas sobre ese territorio, que publicó conclusiones sobre graves violaciones cometidas durante el conflicto. La comisión concluyó que Israel había cometido genocidio en Gaza, una determinación que fue rechazada por el Gobierno israelí y cuestionada por dirigentes como el presidente estadounidense Donald Trump. Es importante distinguir las conclusiones de esa comisión de una sentencia judicial definitiva: la determinación de responsabilidad penal individual y las decisiones jurisdiccionales corresponden a los tribunales competentes.
La distinción también adquiere relevancia en medio de las presiones políticas que enfrentan las instituciones internacionales de justicia. El Comité Noruego del Nobel sostuvo que la posibilidad de resolver conflictos sin recurrir a la violencia depende del respeto por el derecho internacional y de la existencia de mecanismos capaces de investigar los crímenes más graves. La trayectoria de Pillay representa, para el comité, un ejemplo de compromiso con esos principios. Al mismo tiempo, su trabajo ha recibido críticas de sectores que cuestionan algunas de sus conclusiones sobre conflictos internacionales, lo que refleja las controversias que rodean el funcionamiento de los sistemas multilaterales de derechos humanos.
El Nobel de la Paz de 2026 vuelve a colocar en el centro del debate la relación entre justicia, derechos humanos y construcción de paz. A diferencia de una concepción limitada de la paz como ausencia de enfrentamientos, la fundamentación del premio subraya la importancia de contar con instituciones que permitan investigar abusos, establecer responsabilidades y ofrecer respuestas jurídicas a las víctimas. Sin embargo, esos objetivos dependen también de la cooperación internacional, de la capacidad de los tribunales para hacer cumplir sus decisiones y de la voluntad de los Estados de respetar sus obligaciones legales.
Con la elección de Navi Pillay, el Comité Noruego distingue una trayectoria que conecta la lucha contra el apartheid, los procesos judiciales por el genocidio de Ruanda y las investigaciones contemporáneas sobre violaciones de derechos humanos. El reconocimiento pone de relieve la importancia del derecho internacional en un mundo atravesado por guerras y disputas políticas, pero también las dificultades que enfrentan sus instituciones cuando sus conclusiones afectan los intereses de gobiernos poderosos. La premiada recibe así uno de los máximos reconocimientos internacionales por su labor en favor de la justicia y la defensa de un orden jurídico global.
Con ayuda de La Nueva Mañana



