Canadá comenzó a aplicar nuevos aranceles de represalia sobre productos estadounidenses, con tasas de hasta el 50%, en respuesta a las medidas comerciales impulsadas por Donald Trump. La escalada alcanza unos US$20.000 millones en productos y vuelve a poner en tensión la relación económica entre dos de los principales socios comerciales de América del Norte.
La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá sumó este martes un nuevo capítulo con la entrada en vigor de los aranceles de represalia anunciados por el Gobierno de Mark Carney. Las nuevas medidas contemplan tasas de entre 15%, 25% y 50% sobre productos estadounidenses y alcanzan importaciones por unos 27.600 millones de dólares canadienses, equivalentes a cerca de US$20.000 millones. Ottawa decidió avanzar con la respuesta después de que fracasaran las negociaciones con la administración de Donald Trump y Estados Unidos mantuviera sus propias restricciones sobre productos provenientes de Canadá.
La decisión canadiense busca equiparar el impacto de las medidas estadounidenses. El Gobierno de Carney estableció que las nuevas tarifas se aplicarán de acuerdo con las tasas impuestas por Washington sobre determinados productos canadienses, con aranceles que llegan al 50%. Entre los sectores alcanzados aparecen el acero, productos lácteos, electrodomésticos, equipamiento agrícola, papel y productos electrónicos. El objetivo declarado por Ottawa es responder de manera proporcional a las medidas adoptadas por Estados Unidos y ejercer presión para intentar destrabar el conflicto comercial.
El enfrentamiento se profundizó después de que las conversaciones bilaterales no lograran alcanzar un acuerdo antes de la entrada en vigor de los nuevos aranceles estadounidenses. La administración de Trump había impuesto un arancel del 50% sobre determinados productos canadienses por unos US$20.000 millones, lo que llevó a Ottawa a anunciar una nueva batería de represalias. Las negociaciones quedaron prácticamente paralizadas y, por ahora, no existe una mesa formal activa que permita anticipar una solución rápida al conflicto.
La disputa tiene una importancia económica enorme porque ambos países mantienen una relación comercial profundamente integrada. Canadá destina alrededor del 68% de sus exportaciones a Estados Unidos y una parte sustancial de ese intercambio se encontraba previamente alcanzada por las condiciones preferenciales del acuerdo comercial norteamericano. Por eso, cualquier aumento significativo de los costos de importación puede impactar sobre empresas, consumidores y cadenas productivas que durante décadas funcionaron de manera integrada a ambos lados de la frontera.
El impacto ya comienza a sentirse en las zonas fronterizas, donde empresas y consumidores enfrentan mayores costos y una creciente incertidumbre. Los nuevos aranceles pueden trasladarse parcialmente a los precios finales de los productos afectados y generar dificultades adicionales para compañías que dependen de componentes o insumos provenientes del país vecino. La escalada también amenaza con alterar cadenas de suministro construidas durante años y aumenta el riesgo de que la disputa termine afectando a sectores que inicialmente no estaban directamente involucrados.
Del lado canadiense, el primer ministro Mark Carney intenta sostener una postura firme frente a Washington y convirtió la defensa de los intereses económicos y de la soberanía del país en uno de los ejes de su estrategia. La respuesta tarifaria cuenta además con un importante respaldo interno, aunque los analistas advierten que ese apoyo podría comenzar a deteriorarse si los costos económicos de la disputa se profundizan. Carney, por su parte, mantiene la puerta abierta al diálogo, pero insiste en que cualquier negociación debe realizarse sobre bases que Canadá considere aceptables.
La tensión tampoco se limita a los aranceles. Donald Trump volvió a elevar el tono contra Canadá y recientemente amenazó con nuevas medidas sobre el sector automotor, mientras también cuestionó a la fabricante canadiense de aviones Bombardier y llamó a boicotear sus productos. Desde Ottawa, las autoridades consideran que este tipo de presiones forman parte de una estrategia destinada a forzar concesiones comerciales y políticas. El riesgo es que la disputa siga ampliándose y termine afectando áreas que hasta ahora permanecían al margen del conflicto arancelario.
Con la entrada en vigor de las nuevas tarifas, la relación comercial entre Estados Unidos y Canadá ingresa en una etapa de mayor incertidumbre. Lo que comenzó como una disputa por aranceles se transformó en un enfrentamiento que involucra cadenas industriales, empleo, precios y hasta cuestiones vinculadas con la soberanía nacional. Mientras Ottawa apuesta a resistir la presión estadounidense y diversificar sus vínculos comerciales, Trump mantiene una estrategia de fuerte presión arancelaria. La gran incógnita ahora es si ambos gobiernos podrán volver a la mesa de negociación antes de que esta guerra comercial termine generando costos mayores para las dos economías.
Fuente: Ámbito Financiero

