«Este mundial ya está arreglado para que salga campeón Argentina»; «los argentinos juegan sucio»; «los argentinos no saben perder»; y, finalmente: «Argentina es un país racista». Estas fueron las sentencias que dejó la Copa del Mundo 2026, algunas de ellas contradictorias (como tener todo arreglado para ganar y no saber perder), y se propagaron extremadamente rápido y por todo el mundo. No se sabe si es una «campaña anti-Argentina», si alguien la pensó y la planificó, o simplemente sucedió, caótica y contradictoria, como todo en las redes, pero letalmente efectiva.
Por supuesto que puede haber influido una cuestión meramente futbolera: las ganas de que no gane el que se nos puede acercar (en el caso de los que tienen más mundiales), o el que se nos puede alejar (en el caso de los que tienen menos estrellas). Y eso es normal. Lo que no es normal es apelar a cuestiones tan profundas y acusaciones tan graves. Se cruzó una línea roja (una más de las tantas que se están cruzando en el mundo en estos tiempos) y en eso colaboró cada uno que escribió, leyó o propagó estas versiones, sin pensar en las consecuencias.
Quien hizo eso, quizá lo hizo sin pensarlo siquiera.
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Esta misma nota pareciera que es algo fuera de lugar. Algo a contramano de la historia. Un hecho contracultural. Que un medio de comunicación como El Diario de Carlos Paz me pida una nota; que yo me ponga frente a la computadora a trabajar, a intentar plasmar todo un trabajo de investigación y reflexión; y que vos estés ahí leyendo. Todo eso es contracultural. Es más, a veces me parece que es arar en el desierto. Porque a nivel general, a nivel social, escribir una nota, publicar una nota, leer una nota, o un libro, o propiciar la reflexión, no mueve el amperímetro. Hoy todo se maneja y se decanta de manera rápida y furiosa, a velocidad increíble. Y, además de inmediato, todo es corto, fácil… y, en definitiva, vacío. Y es lógico, no hay manera de que una estructura de pensamiento sea tan rápida si no fuera tan vacía. La reflexión, la densidad de pensamiento conlleva un poco de esfuerzo y tiempo.
¿El país más racista del mundo?
Sin dudas, Argentina es un país racista, y ojalá que la acción «anti-Argentina» no genere solo en una reacción igualmente impulsiva, rápida y vacía. Ojalá pueda servir para abrir una discusión sobre un tema tabú. He llegado a escuchar que «aquí no hay racismo porque no hay negros». Y hay que empezar por decir que una forma de racismo es la invisibilización del otro. En Argentina hay varias formas de racismo, al menos tres. La primera es ésta, el racismo contra los afro-argentinos: decir que no existen, que «acá no hay negros», una gran mentira, porque según los censos, hace 150 años, más de la mitad de la población era afrodescendiente. A esa población no se la tragó la tierra. Es cierto que muchos murieron en la Guerra de la Triple Alianza y en la posterior epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires. Pero también hubo un proceso de «blanqueamiento» por mestizaje. Sin embargo, los genetistas dicen que lo primero que se pierde es el color de la piel, y lo que no se pierde son los rasgos: esas narices anchas, esos labios gruesos, esos rulos que tenemos, y que son muestra de una herencia africana. Ni hablemos de la herencia cultural: los ritmos del folclore (chacarera, cueca), la influencia en la milonga y el tango, la comida (la parrillada es totalmente afro), algunas palabras, la espiritualidad, y tantas cosas más.
La segunda forma de racismo es más explícita: contra los pueblos originarios. También se quiso aplicar la invisibilización, el ninguneo, incluso asumiendo la culpa como sociedad de haberlos «exterminado». Eso se ve claramente en el sistema educativo, cuando se habla en pasado (los comechingones vivían así, comían así, eran así). Hoy, es imposible seguir fingiendo que no están o que no existen, y entonces la discriminación toma otras aristas. Por ejemplo, con el falaz argumento de que los mapuches no son argentinos sino chilenos, cuando es un pueblo que está a ambos lados de la Cordillera de los Andes desde hace miles de años y los estados argentino y chileno tienen poco más de 200 años. O que los wichís o los qom (o cualquiera) son vagos e ignorantes. O acusar a las comunidades de contrabando o incluso de terrorismo. Racismo puro y duro.
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Y la tercera forma de racismo es el clasismo, fundamental en la Argentina. Podés tener el pelo o los ojos de cualquier color, pero si sos pobre sos «un negro», o un «cabeza», o un «marrón», o cosas peores. Y podríamos mencionar una forma más de racismo que es la xenofobia. En un país hipócrita que miente sobre cómo recibimos hace más de un siglo a italianos, españoles y otros inmigrantes, hoy se reivindica aquello con la falsa imagen del «crisol de razas» pero se discrimina a los que llegan hoy al país, sean bolivianos, paraguayos, peruanos, venezolanos, colombianos, chinos, coreanos, senegaleses, sirios o ucranianos.
En definitiva, sí, somos un país racista, pero no sé si más que otros países. Es una tontería ponerse a hacer un ranking en algo tan terrible. Brasil es racista con su población afro e indígena, Uruguay es racista con sus afros, Chile con sus originarios, y ni hablemos de los países europeos o de Estados Unidos. Ya lo hemos escrito en otras columnas aquí: la conformación étnica de selecciones de fútbol como España, Francia, Países Bajos o Bélgica, habla mucho más de su pasado colonial y su presente neocolonial que de una armonía en la integración social.
Y, por otro lado, la acusación de que la Selección Argentina sea una selección «blanquita» no es cierta. Los rasgos del Cuti Romero, Nico González y Thiago Almada nos hablan de nuestra hermosa mezcla como sociedad, y los nombres de Lautaro Martínez y Nahuel Molina nos hablan de que tenemos tanto de mapuches (originarios en general) como de europeos y afros.
¿Qué debemos hacer?
Ahora bien, ¿qué hacer ante esta injusta acusación? Lo primero que podemos hacer es esto que estamos haciendo vos y yo, escribir, leer, generar un debate todo lo profundo y reflexivo que se pueda. Discutir y debatir los posicionamientos de Milei y del gobierno, claramente racistas, xenófobos, discriminadores y que se alinean en geopolítica con otros líderes racistas como Netanyahu y Trump. Debatir, cuestionar y cuestionarnos.
Pero también, habría algo con lo que sueño. Ante esta situación, que la selección vaya al frente. Es decisión del Chiqui Tapia, pero también de Scaloni, y hasta de Messi. Que la selección se parezca más a la que jugó contra Inglaterra que a la que jugó contra España. En estas circunstancias, ante los ataques, salir a disputar la pelota y los sentidos, y contragolpear. Creo que se imponen al menos dos partidos amistosos, y los dos de visitante. Uno en Cabo Verde y otro en Bangladesh. En Cabo Verde porque es un país que nos quiere, y porque tenemos una gran comunidad caboverdiana, que no vino en la época de la esclavitud, sino a fines del siglo XIX y principios del siglo XX como inmigrante. Es parte de nuestra herencia afro.
El otro partido en Bangladesh, quizá el país del mundo que más banca a la Selección Argentina, porque ese pueblo tiene una historia terrible de colonización inglesa, con dos masacres por hambrunas que dejaron 13 millones de muertos, una a fines del siglo XVIII y otra a mediados del siglo XX. Por eso, triunfos de la Argentina contra Inglaterra como el de 1986 y el del miércoles pasado, hacen tan feliz a ese pueblo.
Dos partidos así, con una selección saliendo de su zona de confort, yendo adonde nos quieren, devolviendo algo del cariño que recibe, sería un gesto de grandeza. Sería tomar el toro por las astas y dar nuestra respuesta con hechos, hablar en la cancha, como nos gusta decir.
Del mismo modo que también lo sería dejar de ser tan centralista en la localía, salir un poco de Buenos Aires, incluso de Córdoba o Mendoza. Ir a jugar amistosos a esa Argentina marrón y divina que tenemos. Ir a jugar a Jujuy, a Formosa, a Catamarca. O, incluso, a Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego, provincia a la que pertenecen las Islas Malvinas. Seguiré soñando con eso, pero mientras más soñemos, más podemos esperar que no sea solo un sueño.
Por Mariano Saravia para el Diario de Carlos Paz



