En otro acto de ingenio más, el progresismo inventó el VAR de la conciencia. En épocas particularmente adversas, difíciles, sombrías o de gran infortunio; o simplemente desde que el Kirchnerismo dejó el gobierno, porque ahí todos estábamos habilitados al festejo; cada alegría popular queda bajo revisión moral. La demofobia progresista volvió a hacer lo suyo.
Estuvieron a diez minutos de festejar la tristeza de 46 millones de argentinos porque eso les confirmaba, una vez más, su fantasía favorita; que el pueblo siempre anda distraído, alienado, ignorando o equivocado. Y desde el altar de la paternidad moral, poder infantilizarlo, corregirlo, iluminarlo, correr el velo de la ignorancia y el engaño con una buena recomendación: no se puede ser felíz hasta tanto la cosa cambie. Hay que dejar en la gatera lo poco que hay de alegría para ajustar el foco del esclarecimiento. La alegría y la emoción colectiva, hogareña, bien argenta, son parte del engaño y la manipulación.
¿Quienes ignoran que cosa? Como no pueden comprender que el fútbol es la creación cultural más profunda y genuina de la Argentina en términos populares, terminan mezclando Palestina, los jubilados, Milei, el Mundial y los sionistas en una misma ensalada moral. Siguen viendo “contradicciones” donde el pueblo nunca las vio.
Y si fracasan en el primer escalón del análisis político, ¿cómo van a entender contradicciones históricas más complejas como Malvinas y la dictadura? Imposible. Allí, el pueblo no tuvo ningún problema en repudiar a la dictadura el 30 de marzo de 1982 y salir a respaldar la acción soberana de la recuperación de Malvinas apenas unos días después. Porque una causa nacional no se agota en quienes circunstancialmente la conducen. Su verdad histórica es mucho mayor. Esa dialéctica, fácil de comprender para la sintonía y la fibra popular, siempre les resultó incomprensible a los progresistas de los centros urbanos y del ámbito académico. Pero el problema es de quienes leen la historia con un manual enciclopedista bajo el brazo y después se sorprenden cuando la realidad no les obedece. Entonces señalan: Ah, pero “el pueblo se equivocó vitoreando a Galtieri; le llenó la plaza a un genocida”, “son los que hoy votan a Milei”, afirman.
Nótese el abismo que hay entre un bello momento de autoconciencia popular como el de marzo y abril del 82 y un prejuicio moralizante, paternalista y elitista; gorila. Mientras el pueblo era capaz de repudiar a la dictadura y sostener una causa nacional al mismo tiempo, ellos sólo veían una contradicción digna de repudiar, aún hoy.
Muchaches, a ver si se relajan. No hay contradicción en condenar un Estado genocida y gritar un gol de la Selección. Como tampoco la hay entre indignarse o luchar porque un chico duerma en la calle y disfrutar una siesta en un colchón Suavestar en pleno invierno adquirido con el salario de un bendito laburo.
La lógica sería; primero resolvemos el hambre, las guerras, las jubilaciones, Palestina, el cambio climático y todas las injusticias del planeta. Recién después, con la autorización de la vanguardia iluminada, quedamos habilitados para emocionarnos por un gol de Messi y la clasificación que nos pone más cerquita de la gloria. Hasta entonces, sentir alegría parece estar moralmente prohibido.
Llevado al extremo, el silogismo es brillante. Como el mundo es injusto, toda emoción colectiva es una frivolidad. La culpa, en cambio, siempre es revolucionaria. Mientras exista una sola injusticia, nadie tiene derecho a una pizca de felicidad. Hay que militar la culpa las veinticuatro horas. Qué los parió. Hacen política de este lado, pero nunca estarán en la última de las trincheras.
Por Gustavo Matias Terzaga



