Donald Trump, perdedor también en el fútbol

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El fútbol suele ser como la vida, en muchos aspectos. A veces, da la posibilidad de que el débil tome revancha contra el poderoso, y ahí hay muchos ejemplos, sin ir más lejos la historia del Nápoli de Diego Maradona, que les dio a los pobres del sur de Italia la esperanza de alguna vez poder ganarle al norte poderoso. O, más acá en el tiempo, pensar en el actual campeón del fútbol argentino: un Belgrano que, con un presupuesto 10 veces menor, le ganó al poderoso River.

Otras veces, quizá la mayoría de ellas, se da la lógica y gana el poderoso. Y en muchas ocasiones, hay que decirlo, ese poderío del que se impone, está basado en ventajas, trampas y robos. Es la historia de las sociedades, y el fútbol no podría estar al margen.

Pero lo que no suele pasar, o pasa muy pocas veces, es que el poderoso-tramposo pierda. Y ahí sí, las grandes mayorías silenciosas se alegran. No sé si tanto por el que ganó, pero más porque perdiera el que perdió. Éste es el caso del partido que dejó afuera a Estados Unidos, el tercer anfitrión de esta Copa del Mundo (ya habían sido eliminados Canadá el sábado y México el domingo).

El verdugo fue Bélgica, y encima por goleada, fue 4 a 1. Y el último gol fue perfecto, desde lo simbólico. Un doble error (horror) de la defensa estadounidense y potente derechazo cruzado de Romelu Lukaku, y en tiempo de descuento. Salió festejando haciendo el Topo Gigio y señalando desafiante al palco donde estaba Gianni Infantino, presidente de la FIFA. No contento con eso, fue al banderín del córner y, junto con sus compañeros, imitó burlonamente el bailecito típico de Trump, con las manitos al frente. Era una dulce venganza contra los poderosos y tramposos, que esta vez perdieron, y perdieron feo.

Porque sucedió algo que nunca había sucedido en la historia de los mundiales: le perdonaron la suspensión a un jugador que había sido expulsado en el partido anterior. El goleador de Estados Unidos, Folarin Balogun, en dieciseisavos de final, fue con una terrible plancha contra el bosnio Tarik Muharemovic y el árbitro brasileño Raphael Claus le sacó la tarjeta roja.

Más allá de que pudiera discutirse si la magnitud de la falta de Balogun ameritaba roja o simplemente una amarilla, la expulsión quedó firme y, obviamente, la suspensión al menos por un partido, según los estatutos de la FIFA. Pero sorprendió cuando se levantó esa suspensión, sin argumentos, algo inédito en la historia de los mundiales. Para encontrar un caso parecido, hay que ir hasta el mundial de 1962, cuando Garrincha fue expulsado en la semifinal que Brasil le ganó a Chile, y luego jugó la final contra Checoslovaquia. Pero en ese entonces no había todavía ni tarjetas de colores ni la reglamentación de una suspensión automáticas para próximos partidos.

Esta verdadera vergüenza de la FIFA (una más y contando) se magnificó cuando se conoció que fue consecuencia directa de la intervención del propio Donald Trump, ganador del Premio de la Paz de la FIFA hace siete meses. El propio Trump declaró, sin ponerse colorado: «Una cosa es sancionar a alguien por un partido, pero ¿cómo se le sanciona por un partido que aún no se ha jugado? Es muy injusto. No se puede hacer eso. Así que sí, solicité una revisión por parte de la FIFA». Con esa frase, el presidente de Estados Unidos reconoce no solo su in intermediación descarada, sino también su ignorancia supina en relación al fútbol.

También intervinieron en el tema el Secretario de Comercio Howard Lutnick, Andrew Giuliani, hijo del exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani y miembro de un comité organizador del mundial y Scott Goodwin, dueño del fondo de inversión «Diameter Capital», que paga el sueldo del argentino Mauricio Pochettino como entrenador de Estados Unidos. Y lograron lo que querían, que pudiera estar Balogun en el choque de octavos contra Bélgica. Una trampa desde todo punto de vista.

Por supuesto, la reacción de Bélgica llegó, y en un comunicado de prensa, la federación dijo: «Con el fin de salvaguardar los derechos legítimos de todos los equipos participantes y proteger los principios fundamentales de juego limpio en nuestro deporte, tanto en esta Copa Mundial de la FIFA como en futuras ediciones del torneo, la RBFA está investigando todas las opciones potenciales».

También la UEFA respondió con contundencia, calificando la decisión de la FIFA como «sin precedentes, incomprensible e injustificable, una línea roja cruzada que compromete el principio de igualdad de trato para todas las selecciones participantes del mundial».

Hasta aquí, los tejes y manejes de personajes nefastos de escritorio, tanto dirigentes del fútbol como del propio Imperio. Pero, ¿cómo reaccionaron los propios protagonistas?

Por un lado, el técnico rosarino de Estados Unidos, Mauricio Pochettino. Con una total indigencia en materia de dignidad deportiva, «Poch» calificó la trampa como «una decisión fantástica para el fútbol». Un poco más digno fue el capitán yanqui Christian Pulisic, quien contó que el plantel se enteró en el micro camino al entrenamiento en el predio de la Universidad de Washington. «Al principio pensamos que era una fake news generada por Inteligencia Artificial. Obviamente nos da un gran impulso», dijo al New York Times.

Ni con ese impulso, ni con esa trampa antideportiva, Estados Unidos pudo zafar de perder y ser goleado en octavos de final, para despedirse del mundial que organiza.

Donald Trump, el impulsor de la trampa, mostró nuevamente que, a veces, los tramposos en la vida pierden, también en el fútbol. Luego de perder una guerra contra Irán que él mismo provocó, ahora también perdió en el fútbol, a pesar de cambiar las reglas a su antojo. Y tuvo que soportar que alguien como Lukaku (hijo de inmigrantes y militante de la vida) se burle de él imitando su ridículo bailecito.

Por Mariano Saravia

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