Miramos el espectáculo de la rosca preelectoral y resulta imposible no sentir el aliento helado del vacío. Mientras las listas se cierran entre alfombras y puertas cerradas, mientras las dirigencias se desgarran por un casillero en una boleta, el Pueblo sigue caminando en silencio por las barriadas, sosteniendo el temporal con esa dignidad antigua que a los profesionales de la política les resulta incomprensible.
Nos dicen que estamos discutiendo el destino de la Patria; pero donde prometían horizonte aparece apenas el movimiento circular de una politiquería que gira sobre sí misma. La rosca se ha vuelto un mecanismo perfecto: consume energía, produce ruido y no avanza un centímetro.
Y frente al fracaso cada vez más inocultable de garantizar el pan, el trabajo y la esperanza, vuelve la vieja coartada. La culpa siempre es del infiltrado, del cuerpo extraño, del enemigo que habría entrado por alguna rendija para vaciar al movimiento desde adentro.
¿Hasta cuándo vamos a seguir comprando ese relato para absolver la propia claudicación? Sostener que el peronismo está vacío porque otros lo ocuparon es una forma elegante de evitar una pregunta más incómoda: ¿qué hicimos nosotros con aquello que heredamos?
La primera batalla siempre es por el sentido. Quien se equivoca en el nombre de la herida termina administrando el dolor sin curarlo jamás. El enemigo externo existe, opera, destruye y bombardea. Pero ninguna agresión externa explica por sí sola una renuncia interna. Ningún imperio puede sustituir la responsabilidad de quienes deciden rendirse antes de dar la pelea.
Y fue precisamente de esa responsabilidad de donde nació el movimiento. Nunca fue engendrado en oficinas ni sostenido por campañas publicitarias. Se forjó en el barro, en las fábricas, en los sindicatos, en las comisiones internas, en las mesas humildes donde la política todavía significaba compartir un destino común.
Porque el peronismo no es solamente una doctrina. Es una sensibilidad histórica. Una forma de mirar al hermano y al mundo . Es la intuición de que nadie se realiza en una comunidad que se desintegra. Es la certeza de que la dignidad no se delega y de que la justicia social no es una consigna sino una experiencia concreta.
Por eso las derrotas profundas dolieron en el hueso y no solamente en la memoria. Hubo quienes comprendieron que para derrotar a un pueblo no bastaba con perseguir militantes. Había que romper los vínculos. Convertir la organización en miedo. Transformar la confianza en sospecha. Interrumpir el trasvasamiento generacional.
Y sin embargo, debajo de cada derrota algo permaneció.
Porque los movimientos populares poseen una característica que las élites raramente comprenden: sobreviven a sus propias conducciones.
Cuando los “dirigentes” desaparecen, el pueblo sigue ahí. Cuando las estructuras se derrumban, el pueblo sigue ahí. Cuando las modas políticas pasan, el pueblo sigue ahí. Herido, golpeado, disperso, contradiciéndose incluso a sí mismo, pero presente. Como una corriente subterránea que desaparece de la superficie sin dejar jamás de existir.
La verdadera crisis comenzó cuando una parte de la dirigencia empezó a sentir miedo de esa fuerza. Miedo de su imprevisibilidad. Miedo de su potencia. Miedo de la incomodidad que implica representar intereses reales y no simplemente administrar discursos.
Entonces ocurrió una sustitución silenciosa.
La organización fue reemplazada por la gestión. La militancia por la comunicación. La comunidad por la audiencia.
Y poco a poco la política dejó de ser una herramienta de transformación para convertirse en una representación.
Descubrieron además una ventaja decisiva: administrar símbolos es mucho más barato que transformar estructuras. Discutir palabras cuesta menos que disputar riqueza. Reformar el lenguaje genera menos resistencia que alterar relaciones de poder. Así comenzaron a confundir la escenografía con la obra.
Nos invitaron a discutir el decorado para que nadie advirtiera el vacio absoluto del escenario
Ése fue el problema: no que el liberalismo hubiera tomado por asalto una fortaleza inexpugnable, sino que la fortaleza llevaba años vaciándose por dentro.
Las burocracias suelen cometer el mismo error: terminan creyendo que representan una fuerza social cuando apenas administran sus símbolos. Confunden representación con existencia. Confunden micrófono con voz. Confunden cargo con legitimidad.
Y llega un momento en que ya no escuchan al pueblo porque comienzan a escucharse únicamente entre ellas.
Mientras tanto, a espaldas de la rosca, el modelo colonial sigue avanzando. Se degradan salarios, se pulverizan jubilaciones, se cierran fábricas, se debilitan redes de protección social y se transfieren recursos estratégicos hacia intereses cada vez más concentrados. Pero incluso en medio de ese paisaje aparece una verdad que la política profesional rara vez logra comprender.
La vida colectiva no se sostiene desde arriba.
Se sostiene desde abajo.
En los comedores. En los talleres. En los clubes. En los sindicatos. En los barrios. En las familias que hacen milagros cotidianos para llegar a fin de mes. Allí donde nadie posa para las cámaras ni escribe comunicados.
La historia no se mueve en los despachos.
La historia se mueve en el subsuelo.
El subsuelo es la memoria larga de una nación. Es el trabajo silencioso que nadie registra. Es la solidaridad que no aparece en las estadísticas. Es la experiencia acumulada de generaciones enteras que aprendieron a resistir cuando todo parecía perdido.
Por eso los decorados siempre parecen invencibles hasta el instante en que caen.
Porque el decorado tiene una debilidad fundamental: depende de que todos crean en él al mismo tiempo.
El subsuelo no.
El subsuelo existe aunque nadie lo mire.
Y cuando finalmente emerge, lo hace con la fuerza de todo aquello que fue ignorado durante demasiado tiempo.
La farsa siempre termina del mismo modo: cuando truena el subsuelo.
Y cuando el subsuelo truena, los decorados desaparecen.
La Patria no se enrosca. La Patria irrumpe
Por Lore Maga



