Estar en la Argentina de hoy es vivir en el reino del revés. Un lugar donde en lo cotidiano se respetan cada día menos derechos, se ajusta a los vulnerados y las palabras ya no quieren decir lo mismo.
¡En muy poco tiempo se dieron vuelta tanto las cosas! Ahora, si te ponés a hablar a favor del medio ambiente, cuestionar los precios o defender a las personas mayores, cualquier participante de conversaciones puede comenzar a señalarte y hasta está habilitado para decirte que sos un zurdo de mierda.
De meados a cagados había solo unas letras
El cambio en el uso de las expresiones “viejos meados” y “viejos cagados” en el discurso público y en redes sociales en Argentina, se vinculan a la evolución (o involución) de la narrativa política libertaria.
El “viejos meados” se popularizó masivamente durante la campaña electoral de 2023. Surgió inicialmente como un insulto despectivo desde sectores de La Libertad Avanza hacia los votantes de mayor edad que apoyaban a Juntos por el Cambio, que encabezaba Patricia Bullrich en ese momento. Se utilizaba para describir a la parte del electorado que estaba “anclado en el pasado”, decadente o incapaz de entender el cambio tecnológico y político que proponía Javier Milei. Curiosamente, muchos adultos mayores terminaron apropiándose del término con ironía, usando remeras o carteles que decían “Viejo meado presente”.
Por su parte, el término “cagados”, en el sentido de ser perjudicados o estafados, comenzó a ganar habitualidad a partir de diciembre de 2023 y los primeros meses de 2024, coincidiendo con la licuación de haberes. El ajuste en la fórmula de movilidad jubilatoria y la inflación acumulada hicieron que el debate pasara de lo ideológico a lo estrictamente económico.
Luego del veto presidencial a la reforma jubilatoria que buscaba recomponer los ingresos de los jubilados, el término “cagados” se instaló en el lenguaje coloquial y en los medios de comunicación para describir la situación de vulnerabilidad financiera del sector.
El cambio de enfoque se da de lo cultural a lo material. Mientras que “meados” apuntaba a una supuesta incapacidad cognitiva o estética del jubilado, “cagados” apunta a su situación económica. La expresión se escucha en un tono de protesta o denuncia social, reflejando el descontento por la pérdida del poder adquisitivo frente a las tarifas, medicamentos y alimentos.
La transición ocurrió cuando el jubilado dejó de ser visto principalmente como un “obstáculo electoral” por determinados jóvenes para ser percibido, incluso por esos mismos sectores, como el grupo que está pagando el mayor costo del ajuste económico actual.
Estas construcciones hay que tenerlas presentes para saber cómo determinados actores dentro de la comunidad van trabajando los insultos, para usarlos en un momento determinado en sus ataques.
Para la tribuna y algo más
En la práctica política, el insulto suele funcionar para deslegitimar o dominar la narrativa pública. Es un marcador de identidad, donde en contextos de alta polarización, sirve para trazar una línea divisoria entre el “nosotros” y el “ellos”.
Al insultar al adversario, el líder político refuerza el sentido de pertenencia de sus seguidores, creando un lenguaje compartido que valida la visión del grupo. El insulto reduce debates complejos a una etiqueta negativa, facilitando que el mensaje sea recordado y repetido.
Su objetivo no es solo ofender, sino quitarle al otro la calidad de interlocutor válido. Se etiqueta al oponente como un “parásito” o un “traidor”, se justifica que no se dialogue con él, y si el otro es “malvado” o “incapaz”, sus argumentos dejan de tener valor.
Lo que ocurre muchas veces es que se usa para evitar responder sobre datos, gestión o errores propios. Por ejemplo, cuando se dice en el momento justo puede cambiar el foco de la conversación.
El uso sistemático del insulto impacta en la calidad democrática y tiene consecuencias directas en la sociedad. Se pasa de la confrontación de ideas a la confrontación de identidades, el lenguaje de los líderes pasa hacia la ciudadanía y tensiona el espacio público. Se consigue así que muchos ciudadanos, agotados por el tono violento, optan por alejarse de la participación política y la democracia puede pasar a estar en peligro.
No solo soy yo
La empatía permite que los seres humanos vivan en sociedad, facilitando la colaboración. Posibilita leer entre líneas, captar el tono de voz y el lenguaje corporal, lo que evita malentendidos. Y ayuda a tomar decisiones considerando el impacto humano, no solo los resultados objetivos o la mezquindad del mercado.
Mientras que la simpatía es sentir lástima o preocupación por alguien, la empatía es sentir con alguien, validando su experiencia sin necesariamente juzgarla. Es la capacidad de sintonizar con el mundo emocional de otra persona. Por lo general se la describe como “ponerse en los zapatos del otro”, pero para la psicología el concepto es más profundo y tiene tres dimensiones.
Está la empatía cognitiva, la capacidad intelectual de comprender el punto de vista de alguien más. No necesariamente implica sentir lo que el otro siente, sino ser capaz de identificar sus pensamientos o estados mentales. Es fundamental para la negociación y la resolución de conflictos.
Otra dimensión es la empatía emocional o afectiva, que es cuando realmente “sientes” el estado emocional de la otra persona. Hay un contagio emocional donde, por ejemplo, si ves a alguien sufriendo, experimentas una punzada de dolor o tristeza. Es un vínculo más visceral y biológico.
Y también está la preocupación empática, la que tiene que ver con la acción. Sería el nivel más avanzado, porque va más allá de entender o sentir: es el impulso de actuar para ayudar. Es lo que nos mueve a consolar a alguien o a intervenir cuando vemos una injusticia.
Estamos muy necesitados de cualquiera de estos enfoques, porque claramente transitamos los designios de la crueldad en una sociedad en donde se practica el descarte de las personas.
La empatía como herramienta política
El psicólogo español Pablo Garnelo explica que “cuando no nos sentimos en el lugar del otro justificamos la violencia, toleramos la precariedad y normalizamos la exclusión, es por ello que la empatía desestabiliza sistemas de desigualdad anclados en nuestro presente”.
“Si una persona proyecta su capacidad de influencia para intimidar y apropiarse de recursos, muy propio de nuestros días, estamos ante un uso expansivo y competitivo del poder. Sin embargo, si esa misma capacidad se orienta a reducir desigualdades, fomentar la cohesión social y proteger a los más vulnerables, estaríamos hablando de un uso empático del poder”, detalla el psicólogo. A lo anterior, Garnelo agrega que “la diferencia no está en la fuerza, sino en la dirección de la mirada. Cuando esa mirada se amplía, cuando incluye al diferente, al extranjero, al vulnerable e incluso también al propio planeta, la empatía deja de ser un rasgo individual y se convierte en principio organizador y una herramienta de equilibrio”.
“El uso de la empatía tiene la virtud de ampliar derechos, humanizar políticas y crear comunidad. Si esto es así, practicar la empatía es intervenir directamente en la forma en la que organizamos la convivencia”, remarca Pablo Garnero. Podríamos aplicarlo entonces en el actual contexto mundial, un momento donde los aires libertarios golpean muy duro y se ensañan con los vulnerados.
Un primer paso, coincidiendo con el filósofo español, sería practicar la empatía como si se tratara de un acto político. Si lo logramos, podríamos enfrentar las hostilidades para transformar la esperanza en acción.
Por Miguel Pavlovsky



