La integridad y los misterios del arte, en busca de la Palma de Oro

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El film del japonés Koji Fukada abrió la competencia oficial, donde también se vieron las obras de iraní Asghar Farhadi y el polaco Pawel Pawlikowski.

Desde Cannes

En una escena de la delicada película japonesa Nagi Notes, de Koji Fukada, que abrió la competencia oficial de una nueva edición del Festival de Cannes, la protagonista, una escultora en madera que vive y trabaja lejos del mundanal ruido, en una zona rural, le pregunta a su amiga, que acaba de llegar de visita y acepta ser su modelo por unos días, si conoce la parábola del “hombre de Porlock”, que hizo famosa el poeta Coleridge. La amiga le dice que no y la escultora le explica –y también a los espectadores- que se refiere a una visita inesperada que viene a alterar la concentración artística y a intervenir en el curso de una obra, como supuestamente le pasó a Coleridge en su composición del “Kubla Khan”, uno de sus poemas más famosos.

En un film donde nunca nadie levanta el tono de voz y las afirmaciones o confesiones de esos días compartidos siempre pueden tener una inquietante ambigüedad, la escultora bien puede estar cuestionando la visita de su amiga de Tokio, o quizá celebrándola, en la medida en que el “hombre de Porlock” –haya existido o haya sido apócrifo- terció en una creación que logró atravesar el paso del tiempo. La película de Fukada se pregunta siempre –con pudor y discreción- por el misterio de la obra artística y sus consecuencias en la vida de sus autores y sus modelos, un poco como lo hacía también La Belle Noiseuse (1991), el clásico de Jacques Rivette que Fukada reconoce como una influencia.

El caso de Histoires Parallèles, del iraní definitivamente radicado en Francia Asghar Farhadi, también en concurso oficial por la Palma de Oro, es similar, pero en un sentido contrario. Se trata de una obra artística –aquí la trabajosa redacción de una novela– que altera completamente la vida de sus modelos, que ni siquiera son conscientes de serlo. Primero son espiados desde lejos –a la manera de La ventana indiscreta– por una escritora obsesionada con unos vecinos del edificio de enfrente, a quienes observa a través de un vetusto catalejo. Y luego también por su “hombre de Porlock”, un joven en situación de calle, a quien la escritora deja entrar en su casa para que la ayude a ponerla en orden, pero cuya intervención terminará convulsionando su propia vida y la de sus vecinos.

Uno de esos films que los franceses llaman irónicamente “de qualité” –y éste lo es en toda la línea, empezando por su elenco, que incluye algunas de las mayores estrellas del cine local: Isabelle Huppert, Virginie Efira, Vincent Cassel y Catherine Deneuve– Histoires Parallèles tiene su origen en uno de los episodios del famoso Decálogo (1988), de Krzysztof Kieślowski, aquel conocido bajo el título de “No amarás”, en el que un adolescente huérfano, alojado en la casa de la madre de un amigo, espiaba por la ventana a una vecina de quien se había enamorado. El coguionista de Farhadi es Krzysztof Piesiewicz, el mismo que trabajaba con Kieslowski, y la música es la misma que había compuesto Zbigniew Preisner para el Dekalog. No se trata sin embargo de un remake, sino de una suerte de recreación del episodio original, con todo tipo de variaciones, considerando que la mujer espiada es sonidista profesional de cine, un oficio que le permite a Farhadi mostrar cómo los efectos sonoros más verosímiles son creados de las maneras más artificiales.

Hace ya tiempo que el Farhadi “afrancesado” no es el mismo que el de sus mejores épocas, cuando filmaba en Irán y hacía películas como La separación (2011) por ejemplo, que le valió el Oso de Oro de la Berlinale y el Oscar al mejor film internacional. Y no es que Historias paralelas sea necesariamente una decepción, pero sí un film que parece cocinado por demás, como si se hubiera pasado de horno, con un guion que en su ambición pretende incluir demasiados temas importantes al mismo tiempo: el misterio de la creación, el amor, la piedad. La única escena que alcanza una vibración auténtica, no exenta de humor, es cuando la escritora que compone Huppert le lleva su manuscrito a la editora encarnada por Deneuve y ambas actrices parecen aprovechar sus respectivos divismos para profundizar el encono de sus personajes.

La tercera película presentada estos días en la competencia cannoise, Fatherland, del polaco Pawel Pawlikowski, es por lejos la mejor del grupo y tiene también a un escritor como protagonista, nada menos que el premio Nobel Thomas Mann. Pero el director de Ida (2014) y Cold War (2018) sabe cómo abordar al personaje en una circunstancia específica, particularmente difícil en su vida, que es también un momento decisivo para la Alemania de la inmediata posguerra, cuando casi todo eran ruinas.

Fotografiada, como las dos películas anteriores de Pawlikowski, en un expresivo blanco y negro (cortesía de su iluminador habitual, Lukasz ZalFatherland narra el conflictivo reencuentro de Mann y de su hija Erika con su tierra natal, hacia 1949, cuando el autor de La montaña mágica –exiliado en los Estados Unidos durante la guerra- es invitado a Frankfurt para recibir el premio Goethe. Allí lo reciben no sólo un ejército de aduladores sino también un agente del servicio secreto estadounidense que dice velar por su seguridad (aunque en esa época se sospechaba que Thomas pudiera tener simpatía por el comunismo, como sí las tenía su hermano mayor Heinrich) y algunos periodistas alemanes hostiles que muestran su resentimiento por el hecho de que Mann hubiera dejado el país durante el nazismo. “Si me hubiera quedado, hoy no estaría aquí”, les responde.

Pero Thomas Mann no se conforma con el premio Goethe sino que quiere rendirle homenaje en su tumba, que está en Weimar, en el sector dominado por los soviéticos, quienes también quieren lucirse con su presencia y su fama.

Los fastos no tardarán en ensombrecerse con la noticia del suicidio de Klaus, el hermano menor de Erika, por quien Thomas no sentía demasiado afecto paterno. El mismo camino que habían seguido en plena guerra Stefan Zweig y Walter Benjamin convoca trágicamente a Klaus, incapaz de sobreponerse a la sombra enorme, arrogante, estatuaria de su padre. El mundo está cambiando y la familia Mann se ve arrastrada por ese torbellino político, que la película sabe evocar muy bien, con gran concisión, en poco menos de 90 minutos, gracias a dos intérpretes excepcionales, Hans Zischler y Sandra Hüller (la actriz de Zona de interés y Anatomía de una caída, ambas consagradas aquí en Cannes). En Fatherland se diría que es la Historia con mayúsculas la que viene a estremecer la integridad artística.

Fuente: Pagina 12

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