La presidenta de la Asociación Civil Prestadores de Discapacidad Unidos habló en “Estamos Mal Pero Vamos Bien” sobre sus hijos, las dificultades que atraviesan las familias y el impacto de la crisis sobre quienes trabajan todos los días en el sistema de discapacidad. “¿Vale la pena seguir apostando?”, se preguntó.
Hay momentos en los que una discusión que parece estrictamente económica deja de serlo. Detrás de los aranceles, los pagos atrasados, las prestaciones y los números de un sistema en crisis existen personas, familias y proyectos de vida que también sienten las consecuencias. Ese fue el eje del testimonio de Gilda Marcela Kriskovich, presidenta de la Asociación Civil Prestadores de Discapacidad Unidos, durante su participación en Estamos Mal Pero Vamos Bien, donde habló desde un lugar particularmente íntimo: el de madre y trabajadora comprometida con el sector de la discapacidad. En las últimas semanas, Kriskovich también había expuesto públicamente las dificultades que atraviesan los prestadores, incluyendo demoras de hasta doce meses en los pagos.
En medio de ese contexto apareció una pregunta que atravesó buena parte de su relato: “¿Vale la pena seguir apostando?”. No se trató solamente de una reflexión sobre su actividad profesional, sino de una pregunta vinculada directamente con sus hijos y con las posibilidades que tienen las nuevas generaciones de construir un futuro. Kriskovich contó que uno de sus hijos, que actualmente estudia en la universidad, decidió buscar trabajo y llegó a tener una entrevista para lavar platos. Para ella, la situación generó una mezcla de emociones difícil de separar de la realidad económica que atraviesan muchas familias.
“Vos decís: la pucha, ¿vale la pena?”, expresó al referirse a esa situación. La frase sintetiza una preocupación que excede a una familia particular: qué posibilidades concretas tienen hoy quienes estudian, se forman y buscan construir un proyecto de vida cuando el acceso al trabajo y la estabilidad económica se vuelve cada vez más complejo. La dirigente relató esa experiencia sin abandonar la perspectiva personal, porque detrás de sus reclamos por el sistema de discapacidad también existe una madre que observa las dificultades que enfrentan sus propios hijos.
Kriskovich contó además que actualmente dos de sus hijos permanecen junto a ella, mientras que otros dos tomaron caminos fuera del país en búsqueda de oportunidades laborales. Su hija del medio es fonoaudióloga y su hijo mayor se encuentra en Brasil. La historia familiar aparece así atravesada por una realidad que muchas veces se analiza solamente desde estadísticas de empleo, migración o ingresos, pero que también tiene una dimensión afectiva: familias que se separan, jóvenes que buscan oportunidades lejos de su lugar de origen y padres que acompañan esas decisiones mientras intentan sostener sus propios proyectos.
En ese punto, Kriskovich utilizó una expresión que terminó convirtiéndose en una de las frases más fuertes de su testimonio: “Mis hijos son mis motores”. Pero el concepto no quedó limitado a sus hijos biológicos. La presidenta de Prestadores de Discapacidad Unidos explicó que también siente un vínculo profundo con las personas con discapacidad y con las familias que acompaña desde hace años. Habló de ellos como sus “hijos postizos” y sus “hijos de corazón”, una manera de explicar que su compromiso con el sector no está sostenido únicamente por una responsabilidad laboral o institucional, sino también por los vínculos construidos a lo largo del tiempo.
Ese compromiso adquiere otra dimensión cuando se observa el escenario que atraviesan actualmente los prestadores. En septiembre, durante una exposición ante la Comisión de Discapacidad de la Cámara de Diputados, Kriskovich cuestionó modificaciones previstas para el nomenclador de prestaciones y sostuvo que quitar valores universales podría generar desigualdades entre jurisdicciones. Su planteo se sumó al de numerosas organizaciones y trabajadores del sector que reclaman actualización de aranceles, regularización de pagos y políticas que permitan garantizar la continuidad de las prestaciones.
La dirigente también recordó el impacto que tuvo su participación en el Congreso, donde recibió posteriormente mensajes de personas de diferentes provincias. Según relató, muchas de ellas le agradecieron haber puesto en palabras situaciones que atraviesan tanto las familias como los prestadores. Ese reconocimiento, explicó, tuvo un peso especial porque significó sentirse acompañada por personas que viven problemas similares y que encontraron en su exposición una representación de sus propias dificultades. Hablar, entonces, dejó de ser solamente reclamar: también significó ponerle voz a quienes muchas veces no encuentran dónde hacer escuchar su situación.
El relato de Kriskovich permite mirar la crisis de la discapacidad desde un lugar diferente al de los números. Los atrasos en los pagos, la pérdida del poder adquisitivo y las discusiones sobre el financiamiento del sistema tienen consecuencias concretas sobre profesionales, instituciones y familias. Y cuando quienes sostienen las prestaciones deben preguntarse cómo continuar, el problema deja de ser exclusivamente sectorial. Se transforma en una discusión sobre qué sociedad se quiere construir, qué lugar ocupan las personas con discapacidad y qué condiciones existen para que las familias puedan proyectar su futuro.
Por eso, la pregunta “¿vale la pena seguir apostando?” termina encontrando una respuesta en las propias palabras de Kriskovich. Sus hijos, los pacientes, las familias y las personas que se acercaron después de su exposición aparecen como los motivos que le permiten continuar. “Ellos son mis motores”, resumió. Una frase que condensa el costado más humano de una lucha que, para ella, ya no puede separarse de su propia historia familiar: seguir reclamando por el sector de la discapacidad también significa defender la posibilidad de que otras familias puedan estudiar, trabajar, acompañarse y construir un futuro con dignidad.



