Editorial de Gabriela Natch | Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos
Las innovaciones en tecnología informática, especialmente aquellas asociadas a la llamada inteligencia artificial, generan debates cada vez más intensos. ¿La IA representa una amenaza capaz de reemplazar el trabajo humano y generar desempleo o constituye una herramienta que puede ampliar nuestras capacidades y mejorar nuestra calidad de vida?
Antes de tomar una posición, resulta necesario precisar algunos conceptos y cuestionar ciertas nociones que se han instalado alrededor de estas tecnologías.
La tecnología no es un sujeto autónomo
Uno de los primeros problemas aparece cuando hablamos de la tecnología o de la inteligencia artificial como si fueran sujetos autónomos, dotados de voluntad e intención propia. Expresiones como “la IA piensa”, “la IA decide” o “la IA me dice” pueden parecer inocentes, pero ocultan algo fundamental: las tecnologías son herramientas y su utilización está determinada por relaciones sociales concretas.
Presentar a la inteligencia artificial como una entidad con vida propia puede contribuir a instalar la idea de que su expansión y las transformaciones que provoca son inevitables, como si no existieran decisiones humanas detrás de ellas.
Pero ninguna tecnología se desarrolla ni se implementa en el vacío. Su investigación, su financiamiento, sus aplicaciones y sus objetivos están atravesados por decisiones económicas, políticas y también militares.
Por eso, frente a la idea de una tecnología que avanza inexorablemente y sobre la cual no tenemos ningún control, resulta necesario recuperar una pregunta básica: ¿quién decide cómo y para qué se utiliza?
No todo cambio tecnológico significa progreso
Otro concepto que merece ser discutido es la identificación automática entre innovación tecnológica y progreso humano.
Que una sociedad pueda desarrollar herramientas cada vez más sofisticadas no significa necesariamente que haya avanzado en todos los aspectos de la vida colectiva.
La humanidad ha alcanzado capacidades técnicas extraordinarias y, sin embargo, continúa enfrentando problemas fundamentales como el hambre y las dificultades de acceso al agua potable para enormes sectores de la población.
La propia alimentación ofrece otro ejemplo. La intervención tecnológica permitió desarrollar una enorme industria de alimentos, pero el consumo masivo de productos ultraprocesados también ha generado consecuencias sobre la nutrición y la salud.
Esto obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿progreso tecnológico para qué?
La capacidad de producir nuevas herramientas no debería confundirse automáticamente con la capacidad de construir mejores condiciones de vida.
Productividad: ¿para quién y para qué?
En buena medida, las nuevas tecnologías informáticas y la inteligencia artificial están orientadas a incrementar la productividad: producir más en menos tiempo.
El aumento de la productividad puede ser una herramienta extraordinariamente valiosa. El problema aparece cuando ese incremento se transforma exclusivamente en un mecanismo para intensificar el trabajo, disciplinar a trabajadoras y trabajadores o concentrar los beneficios económicos en pocas manos.
Una tecnología capaz de hacer en minutos una tarea que antes demandaba horas podría representar una enorme oportunidad social.
Pero también puede convertirse en una herramienta de control, vigilancia y precarización si se utiliza únicamente para aumentar las ganancias y reducir costos laborales.
Por eso, la pregunta no debería limitarse a cuánto más podemos producir gracias a la inteligencia artificial. También debemos preguntarnos qué hacemos con esa productividad adicional y quién se apropia de sus beneficios.
El conocimiento también está en disputa
Existe otra dimensión central: el conocimiento.
Las nuevas tecnologías pueden concentrar en pocas manos herramientas construidas sobre conocimientos producidos colectivamente durante décadas. De esta manera, aquello que es resultado de un enorme proceso social de investigación, educación y acumulación de saberes puede terminar convertido en un recurso controlado por unos pocos actores.
La discusión sobre inteligencia artificial también involucra, entonces, quién controla el conocimiento, quién controla las herramientas y quién establece las reglas de su utilización.
Esto adquiere especial importancia cuando esas tecnologías pueden utilizarse para ampliar las capacidades de vigilancia y control sobre las personas.
Una herramienta para ampliar nuestras capacidades
Pero cuestionar los usos actuales de la inteligencia artificial no significa negar su enorme potencial.
La IA puede ampliar nuestras capacidades cognitivas, facilitar el procesamiento de grandes volúmenes de información, agilizar determinadas tareas y potenciar nuestra creatividad.
Puede convertirse en una herramienta para resolver problemas y liberar tiempo destinado a actividades menos repetitivas y menos deseables.
Por eso, el debate no debería plantearse como una competencia entre robots y personas, como si se tratara de una película de ciencia ficción.
El verdadero debate está en cómo estas herramientas se incorporan a la organización del trabajo y de la sociedad.
¿Más productividad o más tiempo para vivir?
La pregunta central debería ser qué sociedad queremos construir con las herramientas que tenemos a nuestra disposición.
Si una innovación permite producir más en menos tiempo, ¿ese beneficio debe traducirse únicamente en mayores ganancias? ¿O también puede permitir reducir las jornadas laborales, disminuir los trabajos más pesados y garantizar que las personas dispongan de mayor tiempo para descansar, cuidar, estudiar, crear y disfrutar?
La respuesta no está escrita en ninguna tecnología.
Depende de las decisiones que tomemos como sociedad.
Por eso es necesario recurrir a las instituciones democráticas para identificar cuáles son las necesidades sociales y humanas que requieren nuevas herramientas técnicas y cuáles son los límites que estamos dispuestos a establecer frente a sus posibles consecuencias.
Una discusión cultural, humana y política
La inteligencia artificial no tiene un destino inevitable.
No estamos frente a una fuerza autónoma que avanza independientemente de nuestras decisiones. Hay personas, empresas, gobiernos e instituciones que deciden cómo se investiga, cómo se desarrolla y cómo se utiliza.
Por eso, la discusión no es solamente tecnológica.
Es una discusión sobre el trabajo, el conocimiento, la distribución de la riqueza, el poder y las condiciones de vida.
La pregunta fundamental no debería ser simplemente si queremos ser más productivos, sino para qué queremos serlo y cómo podemos organizarnos para que los avances tecnológicos contribuyan a que todos y todas vivamos mejor.
Si las nuevas herramientas permiten reducir los trabajos menos deseables, mejorar las condiciones laborales y ampliar el tiempo libre, pueden convertirse en instrumentos de bienestar colectivo.
Pero para eso necesitamos discutir sus usos, sus reglas y sus beneficios.
Porque, en definitiva, el destino no está escrito en la tecnología. Hay decisiones humanas de por medio.
Y la cuestión no es solamente técnica: es cultural, es humana y, sobre todo, es política.
Gabriela Natch | Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos
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