Una cooperativa integrada por contratistas de viña y productores de Mendoza convirtió una parte de la cosecha que reciben por su trabajo en una alternativa productiva propia. El proyecto comenzó en 2010 y hoy cuenta con una bodega, 74 hectáreas y distintas líneas de vinos.
Una experiencia cooperativa nacida de una necesidad económica logró transformar una modalidad tradicional del trabajo vitivinícola mendocino en un proyecto productivo con identidad propia. La Cooperativa Agropecuaria de Provisión, Transformación, Comercialización de Contratistas de Viñas y Frutales, Trabajadores y Productores Agropecuarios, Artesanos y Vitivinícolas Ltda. surgió en 2010 a partir de una inquietud concreta de quienes trabajan en las viñas: en lugar de vender el porcentaje de producción que reciben como parte de su remuneración, utilizarlo para elaborar sus propios vinos y conseguir así una mayor rentabilidad por el trabajo realizado.
El esquema de contratación de los contratistas de viña en Mendoza fue el punto de partida de la iniciativa. De acuerdo con el sistema vigente en la actividad, quienes trabajan en las fincas junto a los propietarios reciben entre el 15% y el 18% de la producción obtenida durante la cosecha, además de una pequeña mensualidad. Frente a los períodos de baja rentabilidad, un grupo de trabajadores comenzó a preguntarse cómo podía aprovechar de otra manera ese porcentaje. La respuesta fue organizarse colectivamente para transformar la uva en vino y avanzar sobre una etapa de la cadena productiva que habitualmente quedaba fuera de sus manos.
La presidenta de la cooperativa, Gabriela Olea, explicó que la idea nació precisamente de esa búsqueda de mayor valor para el trabajo realizado. En una primera etapa, los integrantes comenzaron a capacitarse en elaboración de vinos con el acompañamiento del Instituto Nacional de Vitivinicultura. Las primeras experiencias fueron de carácter artesanal y llegaron a producir alrededor de 4.000 litros, utilizando tanques y máquinas portátiles que trasladaban hasta las fincas de las personas asociadas. Una vez elaborada la producción, los propios cooperativistas se encargaban de comercializarla en ferias y mediante venta puerta a puerta.
El proyecto consiguió dar un salto importante en 2013, cuando un crédito otorgado por el Gobierno nacional permitió que la organización adquiriera una bodega ubicada en El Espino. A partir de entonces, la cooperativa pudo avanzar hacia una elaboración propia y desarrollar su primera marca, denominada El Contratista. El proceso de crecimiento continuó durante los años siguientes y en 2020, en plena pandemia, sus productos llegaron al mercado formalmente fraccionados y etiquetados. La experiencia dejó de ser solamente una iniciativa de trabajadores para convertirse en una estructura productiva capaz de elaborar y comercializar sus propios productos.
Actualmente, la cooperativa cuenta con un predio de 74 hectáreas, de las cuales 42 están destinadas específicamente a la producción de viña. Allí cultivan diferentes variedades, entre ellas Syrah y uva criolla, además de trabajar con otras tintas y utilizar parte de la producción aportada por quienes integran la entidad. La diversificación permitió ampliar la oferta y desarrollar diferentes tipos de vinos, entre ellos un Syrah de la marca El Contratista, un blanco dulce de Chenin, Bonarda y un tinto común. También fueron incorporando nuevas propuestas para atender distintos segmentos del mercado.
Entre las etiquetas que desarrolló la organización también se encuentra La Ilíada, considerada su línea emblema y que incluye un Malbec con ocho meses de crianza en barrica de roble. A esa propuesta se sumaron vinos rosados y la marca El Peón, orientada principalmente a la comercialización en damajuanas. La estrategia de diversificación busca darle mayor presencia a la producción cooperativa y construir una identidad propia dentro de una industria con una larga tradición en Mendoza. La intención, según Olea, es que la bodega no sea una más dentro del mercado, sino una experiencia que pueda contar la historia y las raíces de quienes producen.
El funcionamiento de la cooperativa está basado fundamentalmente en el trabajo de sus integrantes. Actualmente son alrededor de 20 las personas vinculadas al proyecto y su aporte no se limita a la participación económica dentro de la entidad. Los cooperativistas realizan tareas de mantenimiento, pintura, elaboración y todas aquellas actividades necesarias para mantener en funcionamiento la bodega y las instalaciones. Los ingresos generados por la comercialización de los vinos, además, son reinvertidos en la propia organización, fortaleciendo un modelo en el que el excedente vuelve al proyecto productivo y permite sostener su funcionamiento.
La historia de esta cooperativa muestra cómo una forma tradicional de remuneración puede convertirse, mediante organización y trabajo colectivo, en una herramienta para agregar valor y mejorar los ingresos de quienes producen. Lo que comenzó con la pregunta de qué hacer con el porcentaje de la cosecha terminó dando lugar a una bodega, distintas marcas y una estructura productiva propia. En un contexto en el que numerosas economías regionales enfrentan dificultades para mejorar sus márgenes, la experiencia mendocina plantea una alternativa basada en la asociación, la transformación de la materia prima y la participación de los trabajadores en una mayor parte de la cadena de valor.
Fuente: Motor Económico



