La derecha del mundo y el exilio de lo humano

milei y trump
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El mundo parece girar hacia la derecha, pero no solamente en términos electorales. Gira hacia la derecha cuando convierte toda existencia en mercancía; cuando llama libertad al abandono, progreso al saqueo y eficiencia a la crueldad. Gira hacia la derecha cada vez que el valor de una persona se mide por lo que produce, consume, exhibe o acumula, y no por su dignidad esencial.

No se trata únicamente del regreso de gobiernos conservadores. Es algo más profundo: una transformación cultural que pretende convencernos de que la desigualdad es natural, que la solidaridad es sospechosa y que todo fracaso es responsabilidad exclusiva del individuo. El pobre ya no sería consecuencia de un orden injusto, sino culpable de su pobreza. El excluido dejaría de ser una víctima social para convertirse en una molestia estadística. Y
quien protesta contra ese orden sería presentado como enemigo de la libertad.Pero ¿libertad para quién?


Para los pueblos, la libertad sin igualdad suele ser apenas el derecho a contemplar desde afuera aquello que nunca podrán alcanzar. Para el poder económico, en cambio, significa libertad para apropiarse del agua, desmontar los bosques, perforar las montañas, contaminar los ríos y transformar territorios enteros en zonas de sacrificio. La naturaleza ya no es entendida como el espacio común que hace posible la vida, sino como una reserva de objetos esperando dueño, precio y rentabilidad.


Talamos el árbol y después compramos una imagen digital del bosque. Envenenamos el río y luego buscamos en una pantalla sonidos de agua para relajarnos. Destruimos el mundo verdadero mientras fabricamos simulaciones cada vez más perfectas de aquello queestamos perdiendo. Ésa es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: cuanto más inhabitable hacemos la realidad, más sofisticados son los refugios virtuales que construimos para escapar de ella.
También las personas están siendo transformadas en recursos explotables. Ya no alcanza con vender su fuerza de trabajo: ahora deben entregar sus gustos, sus conversaciones, sus vínculos, sus recorridos, sus temores y sus deseos. Cada gesto deja una huella; cada búsqueda alimenta un perfil; cada emoción se convierte en información comercial. Somos consumidores, pero también somos el producto. Creemos utilizar las plataformas mientras ellas nos observan, clasifican, anticipan y moldean.

Así aparece el avatar: una identidad diseñada para existir bajo las reglas del mercado digital. Una versión corregida, filtrada y estratégicamente exhibida de nosotros mismos. Ya no vivimos solamente para sentir una experiencia, sino también para mostrarla. El rostro se convierte en imagen; la intimidad, en contenido; la opinión, en marca personal; la amistad, en interacción; el dolor, en publicación; la existencia, en una competencia silenciosa por atención.


El problema no es la tecnología. El problema es el poder que la organiza, los intereses que la administran y la lógica económica que decide para qué debe servir. Una herramientacapaz de democratizar el conocimiento también puede vigilar, manipular y aislar. Un espacioque promete conectarnos puede terminar construyendo millones de soledades comunicadasentre sí, pero incapaces de encontrarse verdaderamente.

El avatar no es una simple máscara: puede convertirse en una prisión. Cuanto más perfecta es nuestra identidad digital, más difícil parece habitar nuestra humanidad concreta,contradictoria e imperfecta. Terminamos obligados a representar permanentemente un personaje exitoso, feliz, productivo y seguro, mientras por dentro crecen la ansiedad, el vacío y la sensación de no ser suficientes.


El sistema primero nos hiere y después nos vende la anestesia. Nos impone ritmos imposibles y nos ofrece aplicaciones para meditar. Nos condena a la precariedad y nos
vende discursos de autosuperación. Destruye las comunidades y luego comercializa experiencias de pertenencia. Nos roba el tiempo y después nos ofrece métodos para
administrarlo. Convierte la angustia social en un problema individual para evitar que descubramos su origen colectivo.


Por eso el giro hacia la derecha no consiste únicamente en votar determinadas fuerzas políticas. Es aceptar que todo tiene precio. Es acostumbrarnos a que algunos seres
humanos sobren. Es creer que el planeta puede ser sacrificado para sostener ganancias privadas. Es celebrar la acumulación como mérito, aun cuando detrás de cada fortuna desmesurada exista una multitud de necesidades insatisfechas. Es reemplazar al ciudadano por el consumidor, a la comunidad por la audiencia y al ser humano por su perfil.


La verdadera batalla de nuestro tiempo quizás no sea entre lo antiguo y lo moderno, ni siquiera entre lo analógico y lo digital. Es la disputa entre dos formas de comprender la existencia: una que considera que la vida es un bien común y otra que pretende transformarla en propiedad privada.


Todavía podemos elegir.Podemos construir una tecnología al servicio de las personas y no personas subordinadas a los algoritmos. Podemos defender los recursos naturales como patrimonio de las generaciones presentes y futuras. Podemos recuperar la política como herramienta colectiva y no como espectáculo de indignaciones prefabricadas. Podemos volver a mirar al otro sin calcular su utilidad, su rendimiento o su valor de mercado.


Porque si todo se vende, algo esencial termina perdiéndose: la posibilidad de reconocernos como iguales.
Y quizá la resistencia más profunda consista precisamente en eso: conservar aquello que el mercado no puede comprender ni los algoritmos pueden reproducir completamente. Lasolidaridad sin beneficio, el abrazo sin registro, la palabra sin publicidad, el bosque sin propietario, el río sin precio, el amor sin audiencia y la identidad sin necesidad de aprobación.


El mundo gira hacia la derecha porque una parte del poder ha conseguido presentar la crueldad como sentido común. Nuestra tarea es impedir que ese sentido común seconvierta en destino.


Antes de que el último árbol sea solamente una imagen, el último río un recuerdo y el último ser humano un avatar, tendremos que decidir si queremos continuar administrando la destrucción o recuperar el coraje de imaginar otro mundo.


Un mundo en el que la tecnología amplíe la humanidad, la naturaleza deje de ser una víctima y ninguna persona necesite inventarse digitalmente para sentir que existe

Por Federico Vinciguerra

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