Oficio de tinieblas

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Un pibe al que le faltó la leche a los tres años no es un adulto incompleto: es un sobreviviente mutilado. Un daño irreversible en la masa encefálica no se cura con un plan ni se absuelve en el confesionario. El hambre no es una variable macroeconómica; es un crimen de lesa humanidad perpetrado a goteo lento.

En un juicio célebre del siglo pasado, el defensor de un maestro abrió la misma Biblia del tribunal para demostrar que la evolución no era una blasfemia. Usó el texto del dogma para desarmar al dogma. Hoy los perros de presa ladran contra la justicia social, eufóricos en su propia confesión de parte. La burguesía bienpensante amortiguó el espanto: la primera vez que vio a una familia escarbando la basura sintió culpa; hoy esa escena es apenas paisaje urbano, un decorado grotesco mientras los restaurantes del centro rebalsan de obscenos que celebran el ajuste. Bajan la inflación multiplicando la miseria: el mercado opera con la precisión siniestra de un padre que prohíbe, castra y condena.

Más del 60% de la infancia en la pobreza; millones hundidos en la indigencia. Cuerpos cuyo futuro ya fue confiscado antes de empezar. No hay metáfora en el raquitismo.

El poder necesita el velo de los escándalos de palacio para que nadie mire hacia los pibes que desaparecen en los márgenes: la carne abierta, el portavoz mudo de una niñez entregada al postor de turno. Los folletines de la alta sociedad cotizan en pantalla bastante más que el exterminio silencioso de tres generaciones por la vía de la privación.

Nos colonizaron el deseo. Se desprecia la cara del verdugo de turno pero se adora la máquina de moler carne. El estallido no vendrá de los sermones ni de las estadísticas: o truena el escarmiento o nos resignamos a la neurosis del esclavo que administra su propia ruina, masticando el viento que le dejaron por herencia.

Sin embargo, el cinismo de arriba olvida un detalle: la historia la escriben los estómagos vacíos cuando deciden dejar de pedir permiso para existir, y este Pueblo, por más golpeado que esté, todavía conserva la mala costumbre de ponerse de pie cuando la infamia le pretende arrebatar el futuro.

Por Lore Maga

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