Con el paso del tiempo y a la distancia, compruebo algo sesgada la educación en historia que me brindaron siendo niño.
En mi pueblo había una plaza con el nombre de Rivadavia, también un club y hasta los repuestos de hojas que comprábamos en las librería llevaban su apellido.
También supe que en la Capital Federal así se llamaba “la avenida más larga del mundo”.
Casi ni recuerdo haber oído en alguna oportunidad de boca de mis maestras el nombre de Juana Azurduy.
Da la casualidad que Juana Azurduy y Bernardino Rivadavia nacieron los dos en el año 1780, con apenas 2 meses de diferencia.
Juana nació en los alrededores de Chuquisaca, Bernardino en Buenos Aires.
En los primeros días de noviembre de ese año se alzaban en el Perú los rebeldes liderados por Tupac Amaru capturando y ejecutando al insoportable Corregidor Antonio Arriaga.
Aunque culminó en tragedia, el levantamiento tupamaro fue precursor en los intentos independentistas de España.
Cuando tenía 25 años Juana se casó con otro hombre ocultado por la historia oficial: Manuel Ascencio Padilla.
El matrimonio participó en mayo de 1809 en una Revolución
desvalorizada por no resultar triunfante, la de Chuquisaca, que destituyó por unos meses al Ministro de la Real Audiencia de Charcas.
Ese mismo año, Rivadavia se casó en la Iglesia Nuestra Señora de las Mercedes en Buenos Aires, con Juana del Pino, hija del ex Virrey del Río de la Plata Joaquín del Pino.
Tiempo después de la ampliamente difundida Revolución de Mayo en un día lluvioso en que el pueblo reunido en la Plaza se protegía con los aún inexistentes paraguas, Rivadavia fue Secretario de una Primera Junta de Gobierno que se la notaba -en el espíritu de algunos miembros que la integraban- vacilante en desvincularse totalmente de España por consejo de los británicos.
La revolución de los independentistas del 8 de octubre de 1812, comandada por Don José de San Martín, terminó con los tibios, arrestó a Rivadavia y convenientemente lo alejó del poder.
Europa perfeccionó a Bernardino como hombre refinado y racional, atributos que supo demostrar luego con su retorno al poder.
Azurduy y Padilla no tuvieron dudas en sumarse al Ejército Auxiliar del Norte comandado por Castelli y Balcarce.
Por su compromiso con la causa patriota sus propiedades, cosechas y ganados fueron confiscados.
Juana con sus cuatro hijos apresados y rescatados por su amado compañero, Juana al lado del General Manuel Belgrano en acción heroica junto a otras valientes guerreras en el “Batallón de Leales” arrebatando fusiles al enemigo realista.
Manuel y Juana al frente de las guerrillas cuando fue necesario.
Manuel herido de muerte tras salvar a su compañera herida en combate.
Juana, curtida por el dolor de su amado esposo e hijos perdidos, pero desbordante de coraje combatiendo sin medir consecuencias por la libertad junto al gran Martín Miguel de Güemes.
Juana tenía 45 años y vivía en la mayor pobreza cuando Simón Bolívar la visitó consagrándola Coronela y otorgándole una pensión.
Ella, que había peleado por la Patria Grande, vivía en Bolivia, una de las naciones en que comenzaba a dividirse nuestra América.
Al respecto el Libertador señaló: “Este país no debería llamarse Bolivia en mi nombre sino Padilla y Azurduy, son ellos los que lo hicieron libres”.
Fanáticos cuando se trata de luchar por la libertad y racionales capaces de justificar las ventajas de la dependencia; esa es la grieta de nuestra historia, esa es también la grieta del presente.
Por Hector Amichetti



