El Gobierno modificó la regulación para la aprobación de los microorganismos genéticamente modificados, argumentando una nueva revolución técnica para la cadena agropecuaria. Atenti con esto: nos recuerda a las recomendaciones de hace tres décadas, que nos invitaban a comer milanesas y ensalada de brotes de soja.
El martes 30 de junio, mediante la Resolución 96/2026, la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación (SAGyPN) oficializó el nuevo régimen destinado a la evaluación de microorganismos genéticamente modificados (MGM). La normativa actualiza las vigentes y busca “acelerar” los procesos de evaluación necesarios para la aprobación y comercialización de estas tecnologías en el ámbito agroindustrial.
Según el texto oficial, el régimen actualizado representa una adecuación a los avances científicos y tecnológicos en biotecnología aplicada a la agricultura. Los MGM juegan un rol cada vez más prominente en la producción agropecuaria moderna en áreas como la biofertilización, el biocontrol de plagas y enfermedades, la mejora de la eficiencia nutricional de los cultivos y la salud animal.
Si tiene tiempo, péguele una leída a nuestra nota anterior sobre el tema, donde se abordan aspectos que visten a estos bioinsumos como estratégicos para el sistema productivo, y cuáles son las intenciones que el mercado, los laboratorios y las empresas que concentran la cadena agroexportadora tienen para estas innovaciones tecnológicas (ver: “Atenti con el asunto de los bioinsumos agropecuarios”).
Para la SAGyPN, el marco regulatorio anterior, requería de una “revisión para alinearse con las mejores prácticas internacionales y las dinámicas de la investigación y desarrollo actuales”. Así, fiel a los criterios de acción del Gobierno de La Libertad Avanza, el nuevo régimen “reduce pasos burocráticos” -desregulación- en la búsqueda de la optimización de los procedimientos técnicos y administrativos. Advierten que el proceso de evaluación de los MGM es largo y complejo, dado que exige un “análisis exhaustivo de aspectos moleculares, genéticos, fisiológicos, ecológicos y toxicológicos de cada organismo”.
Para las empresas de biotecnología agropecuaria, la Resolución 96/2026 les vino como anillo al dedo, ya que la reducción de “tiempos de espera” se traducen directamente en una disminución de los costos de desarrollo, una mayor agilidad en la introducción de productos al mercado y un incremento en la competitividad de las firmas que invierten en investigación y desarrollo de bioinsumos.
Como puede observarse, el modo de gestión Sturzenegger también alcanza a la biotecnología, y sólo restará esperar unos meses para saber a que empresas beneficia este cambio regulatorio en forma directa. Como en cualquier mercado “nuevo”, quienes tengan una posición de ventaja para imponer condiciones se perfilarán como líderes durante las primeras etapas de instalación del negocio.
En palabras del Gobierno, lo que se hizo fue generar un “entorno regulatorio predecible y eficiente”, para fomentar la inversión en biotecnología, estimular la creación de nuevas empresas y se fortalecer la cadena de valor agroindustrial. Argumentan que los MGM contribuirán a la “sostenibilidad de los sistemas productivos, permitiendo a los agricultores acceder a herramientas más eficientes y menos dependientes de insumos tradicionales”.
En el texto que recomendamos leer líneas atrás, se explican parte de las ventajas y las dificultades que tendrán los “agricultores” para acceder a estos bioinsumos, determinadas por escala, distribución, conservación y precio. No es menor el tema. Desde aquí sostenemos que estas medidas y propaganda asociada tiene como objetivo la inserción en Argentina de un nuevo paquete tecnológico “en línea con las demandas globales de una agricultura más sustentable”.
Es imposible que no nos recuerde a las recomendaciones de hace tres décadas, que nos inspiraban a comer milanesas con ensalada de brotes de soja.
No se aflijan. Esto recién empieza. Habrá más por informar porque hay mucho que aprender. Esta reforma no es inocente.
Por Pablo Casals



