Eran las últimas horas del jueves 3 de junio de 1943 cuando el doctor Ramón Castillo exigió la renuncia del entonces ministro de Guerra general Pedro P. Ramírez ante la virtual resistencia del funcionario a entregarla como le había sido solicitada por el primer mandatario.
El gobierno se encontró con la evidencia de que se aproximaba el estallido de un movimiento militar contra el poder “instituido”, por lo que decidió tomar excepcionales precauciones, acuarteló las tropas militares y policiales y dispuso una severísima vigilancia en toda la Capital Federal y zonas bonaerenses próximas a ella. Fue en esa madrugada que el ministro del Interior, el titular de Marina y otros secretarios de Estado se enteraron de que el esperado movimiento militar había tenido principio de ejecución con la sublevación de todas las fuerzas de Campo de Mayo.
En esas circunstancias, el hasta entonces ministro de Guerra se trasladó a dicho acantonamiento con el conocimiento del Presidente. Fueron innumerables las versiones y rumores que comenzaron a circular en todas las esferas y desde todas las fuentes. Alrededor de las 3.30, autoridades del gobierno se trasladaban al Comando de la primera división en Palermo para conferenciar, a donde llegaron también desde Olivos una hora después el doctor Castillo y los ministros del Interior y Marina. Acompañados por el jefe de Policía, se trasladaron luego a la Casa de Gobierno. Detrás de ellos, las puertas de acceso a la sede gubernativa fueron clausuradas.
Según la crónica periodística, “quedaron dentro de la Casa Rosada el doctor Castillo, varios de sus ministros, los senadores Santamarina, Suárez Lago y otros numerosos dirigentes y legisladores oficialistas que, al igual que muchos funcionarios, habían acudido a la misma para acompañar al primer magistrado”. Pero, “a partir de las 7, la entrada al palacio gubernativo sólo fue concedida a contadas personas muy allegadas al gobierno”.
Frente a la puerta principal del edificio gubernamental se apostó una guardia de 70 hombres del Escuadrón de Seguridad, “mientras que, en forma sucesiva fueron estacionándose en los alrededores numerosos camiones ocupados por tropas del 1º de Infantería y de marinería de desembarco”. Cerca de ellos, los pocos cronistas que conocían lo que estaba ocurriendo, se admiraban de que los que llegaban a entrevistarse con el presidente ignoraran en forma absoluta lo que estaba sucediendo. Pero ese era en el fondo uno de los móviles del golpe: la supina ignorancia de la realidad de quienes gobernaban.
A esa altura de los acontecimientos, el Gral. Ramírez había regresado de Campo de Mayo y también se había hecho presente en la Casa Rosada, donde quedó en carácter de detenido, siendo nombrado comandante supremo de las fuerzas de represión el general Rodolfo Márquez. Según se pudo saber después, “las fuerzas revolucionarias sublevadas en Campo de Mayo habían hecho saber al gobierno por intermedio del general Ramírez, que el plazo para marchar hacia la Capital, si no eran satisfechas sus exigencias, vencería no al toque de diana, como se informara en un principio, sino a las 10 de la mañana”.
En la misma forma extraoficial, se había sabido que la exigencia de los revolucionarios incluía la renuncia del gabinete nacional y el desistimiento de la fórmula oligárquica Patrón Costa – Iriondo a la presidencia y vicepresidencia de la Nación para el año siguiente cuando habrían nuevamente “elecciones” de acuerdo a la “patriótica” y fraudulenta costumbre de la década…
A las 9.25 del 4 de junio de 1943, treinta y cinco minutos antes de que el plazo venciera, “se notó que las puertas sobre Rivadavia de la Casa de Gobierno eran abiertas de par en par y que por ellas afluían en forma rápida y ciertamente desordenada, hacia los numerosos automóviles estacionados en la explanada vecina, numerosas personas, entre las cuales se pudo distinguir al propio jefe del Poder Ejecutivo y a los ministros que en esos momentos lo acompañaban”. El doctor Castillo -cuenta el cronista de aquel día y de aquella hora- “se ubicó en uno de los automóviles, con otras dos o tres personas, mientras que en los restantes lo hacían sus demás colaboradores, legisladores nacionales, dirigentes demócratas y familiares”. Enseguida, y “velozmente, los automóviles partieron con rumbo desconocido”. Al otro día los diarios anunciaban que “fracasada la tentativa de defensa”, Castillo y sus ministros habían partido rumbo a Colonia (Uruguay) en el “Drummond”, un rastreador de la Armada fondeado en esos momentos en Puerto Nuevo, donde los funcionarios depuestos instalarían la sede del gobierno con la intención de desconocer así las exigencias revolucionarias.
A esa hora, la convención nacional de la “Concordancia” que iba a considerar el programa electoral proyectado por la comisión ínter partidaria, ya se había suspendido. Sin el apoyo del poder real, el poder formal estaba perdido. En este caso, el poder super estructural del Estado se imponía al poder real por la fuerza de las armas.
La crítica de las armas
“Un pronunciamiento militar depuso al gobierno nacional. La única resistencia formal a las fuerzas revolucionarias la opuso la Escuela de Mecánica de la Armada”. Así rezaba el 5 de junio de 1943 el título principal de la página tres del diario “El Día” de la ciudad de La Plata, que había podido anticipar dos días antes en forma exclusiva el golpe revolucionario, justamente por estar el matutino geográficamente más cercano a los sublevados que los diarios capitalinos. Según informaba “El Día”, el movimiento militar había culminado “con un triunfo rápido y absoluto de las fuerzas revolucionarias, que sólo encontraron alguna resistencia aislada en tropas de la Armada que permanecían leales al gobierno presidido por el doctor Castillo”.
Efectivamente, el golpe había comenzado en la provincia de Buenos Aires con la sublevación de todas las fuerzas de la guarnición de Campo de Mayo integrada por 7.000 hombres, al mando del general Arturo Rawson. “Los distintos regimientos se pusieron en movimiento desde allí hacia la metrópoli, en horas de la madrugada del 4 de junio”, informaba “El Día” a la mañana siguiente. “En perfecta coordinación y comunicándose continuamente mediante los servicios radiotelegráficos portátiles, las fuerzas revolucionarias marcharon hacia la capital federal, por distintas rutas –relataba el cronista-, hasta desembocar en las avenidas San Martín, Cabildo y Uriburu”. Las tres columnas estaban formadas por fuerzas de las tres armas “a fin de otorgar a cada una de ellas el poderío necesario”.
Sin encontrar resistencia alguna, el triple ejército alcanzó la avenida General Paz, que cortaba a aquellas tres rutas ahora militares en el mismo límite entre la provincia y la Capital. La columna que avanzaba por la avenida San Martín acampó en la intersección con la avenida General Paz hasta cerca de las 11.00 del día, emplazando durante largo rato sus baterías en dirección al centro de la ciudad. Por su parte, fuerzas del Regimiento 2 de Infantería de Palermo, dentro de la Capital, se habían dispersado en la mañana por distintos lugares próximos a aquella guarnición militar a efectos de detener el avance de los sublevados. En determinado momento, “una compañía de dicho regimiento se aproximó a un centenar de metros de las fuerzas del general Rawson, pero ante la evidencia de que estas últimas eran netamente superiores, se retiraron prudentemente hacia sus cuarteles”, dejando vía libre a los revolucionarios.
Ante la falta de resistencia, “la columna revolucionaria de la Av. San Martín, por razones tácticas, torció por la Av. General Paz para unirse a las que marchaban por las avenidas Cabildo y Uriburu, para continuar con ellas por esas dos últimas arterias”. Una larga caravana, provocando una “extraordinaria curiosidad en la población”, que ignoraba hasta ese momento las razones de tan singular despliegue militar, “continuó la marcha de las tropas de Campo de Mayo hacia la Capital” sin ningún tipo de resistencia militar ni civil… salvo frente al cuartel de la Escuela Mecánica de la Armada, que haría historia también en otro golpe militar 33 años después, donde “se produjo un choque sangriento, en el que, según se sabe, hubo que lamentar muchas víctimas”.
En efecto, a dos cuadras de la intersección de Av. Gral. Paz y Uriburu se encontraba la Escuela Mecánica de la Armada, a la altura de Uriburu al 4.000. Por allí avanzaba el 8 de Caballería cuando “desde la Escuela, sorpresivamente, comenzó a hacerse fuego de ametralladora y fusilería sobre las tropas. Una gran cantidad de público presenciaba la marcha suponiendo que se trataba de una simple maniobra de entrenamiento. El numeroso público congregado asaltó literalmente, las casas de comercio y particulares, guareciéndose en sus zaguanes y patios. Inmediatamente las fuerzas del 8 de Caballería y algunas unidades que venían detrás de ese cuerpo tomaron posiciones de combate en los comercios y casas particulares, donde comenzaron a repeler el fuego, emplazando el 4 de Infantería Montada cañones de 10 centímetros en la intersección de Uriburu y Pico. Las otras fuerzas se distribuyeron en las adyacencias, ocupando la Casa de Descanso de Maestros que está al 4.600 de Uriburu y comenzaron a responder con fuego de ametralladoras y fusilería, registrándose varios miles de disparos y cinco descargas de cañón. El combate duró desde las 10.45 hasta las 11.20. Al efectuarse los disparos de cañón desde la calle Pico, las tropas de la Escuela de Mecánica se rindieron”. El saldo de bajas, que en un primer momento había sido mantenido en reserva, según las estimaciones oficiales arrojaba alrededor de un centenar de víctimas, entre ellos “27 muertos: 22 militares y cinco agentes de policía, y 73 civiles heridos”: “Los cadáveres de los militares son velados en el comando de la Primera División del Ejército”, informaba al otro día el diario platense que seguía de cerca los acontecimientos.
Sin embargo, la repercusión de los acontecimientos frente a la unidad naval, interpretaba “El Día”, “no atentó siquiera el desarrollo del plan concebido por los jefes rebeldes, que continuó cumpliéndose en la forma prevista por sus dirigentes, hasta culminar con la ocupación de la Casa de Gobierno que había sido abandonada en horas de la mañana por el primer mandatario y sus colaboradores”. Pero aquel día tan particular para la nueva década y para la historia argentina recién comenzaba y se extendería más allá de la media noche, alcanzando la siguiente aurora…
Una revolución nacional en marcha
A las 13.00 de aquel 4 de junio de 1943, el jefe de las fuerzas leales al gobierno del Dr. Ramón Castillo reconocía ante los periodistas que consideraba inútil toda resistencia “por cuanto el movimiento revolucionario había triunfado en todas partes”. Fue entonces cuando los acontecimientos entraron en la fase culminante de su desarrollo: “Las columnas procedentes de campo de Mayo fueron completando el trayecto en dirección a la casa de Gobierno por la avenida Alvear, para desplegarse luego por las calles Callao y Rodríguez Peña hacia el sur, y tomar más tarde, desde su emplazamiento en el Congreso, por avenida de Mayo y otras calles céntricas, completando su total dominio de la situación”. Ése era el parte de prensa que describía los últimos minutos del gobierno depuesto.
El público, por su parte, aglomerado en las veredas presenciaba el movimiento histórico de las tropas, al principio atónito y luego entusiasmado ante el cambio que se avecinaba después de una década de entrega y mishiadura. Poco después de las 14.00, la Marinería, que ocupaba la casa de Gobierno, prestó acatamiento a los jefes rebeldes. A las 14.30, “en medio de los vivas y aclamaciones del numeroso público congregado frente al local, el general Rawson abandonó el Círculo Militar en su automóvil que debió marchar literalmente aplastado por el peso del público que trepaba por los estribos y guardabarros” del coche en el que se transportaba hacia la sede del poder el jefe militar del movimiento. Pero, “inmediatamente se reanudó la marcha por las calles Florida, Córdoba y Reconquista entre una estruendosa algarabía de sirenas, pitos y cornetas de los automóviles, mientras que el público aclamaba al jefe”.
No obstante, debido a la gran cantidad de gente que se agolpaba en las calles al paso triunfal de los vencedores de aquel día que la muchedumbre intuía histórico para la Argentina, la entrada a Plaza de Mayo se realizó dificultosamente “logrando penetrar el general Rawson y los militares que lo acompañaban (hasta aquel momento anónimos) en la casa de Gobierno, pero no así los civiles, pues inmediatamente se estableció una triple hilera de bayonetas en torno a la entrada de la calle Rivadavia. A las 14.40, el general Rawson puso pie en la sede del gobierno”.
Para “El Día”, que había anticipado el golpe y estaba haciendo la crónica pormenorizada de los sucesos, entre la gran cantidad de público que prosiguió durante todo aquel día tan particular frente a la Plaza de Mayo prorrumpiendo continuamente en las más diferentes exclamaciones a favor de distintas tendencias, “prevalecieron siempre las de carácter democrático”.
Poco después de las 17.00, al público que ya ocupaba las adyacencias de la Plaza de Mayo se le agregó una verdadera multitud frente a la Casa Rosada reclamando la presencia de los jefes revolucionarios. Enseguida pudo observarse que comenzaban a desfilar frente a la Casa de Gobierno las tropas de Infantería, seguidas por unidades de tanques y cerrando la marcha algunos escuadrones de Caballería que recibían el saludo entusiasmado del gentío allí congregado. Después de que el almirante Marcos Zar de la aviación de la Armada y el almirante Enrique García salieran al balcón para estrecharse en un abrazo con el general Ramírez que había tratado la renuncia de Castillo, apareció el general Rawson, a la sazón jefe del movimiento militar, quien fue recibido con una prolongada ovación desde la plaza, antes de dirigirse al pueblo congregado a la espera de buenas noticias.
“Pueblo de la Nación –expresó Rawson-, el Ejército se ha visto precisado a lanzarse a la calle, no precisamente para hacer una revolución, sino para cumplir preceptos constitucionales. La Constitución le otorga el deber de guardar el orden y el respeto para sus instituciones. Las instituciones no estaban respetadas. El orden era aparente y era necesario, en consecuencia, velar por los principios elementales, morales, culturales y de respeto, a cuyo efecto intervino el Ejército. Era necesaria su intervención. Era necesaria y lo ha realizado con patriotismo, conjuntamente con la Armada nacional (Entonces no existía la Fuerza Aérea todavía). Lo han realizado las fuerzas armadas de la Nación. Puede el pueblo tener fe en sus instituciones armadas: van a tener ellas la responsabilidad directa de lo que se realice en el gobierno y lo harán respetando sus instituciones y hemos de empeñarnos para que se desempeñen con eficiencia”. Y pidiendo permiso a la multitud agregó: “Y ahora permitidme, señoras y señores, que termine estas breves palabras con un voto de aplauso para estos jóvenes conscriptos y una reverencia para los que han caído en la jornada. Acompañadme a gritar: Viva la Patria”.
El largo aplauso de la multitud desde abajo y los abrazos de los jefes y oficiales del Ejército que se encontraban en el balcón coronaron esas palabras. En la tarde no cabían más decisiones que nombrar al nuevo jefe de la Casa Militar y al secretario de la Presidencia. El país respiraba con alivio: había concluido la “década infame”.
Un año después, el 4 de junio era celebrado “con extraordinario brillo”. Numeroso público asistió a los actos en la Plaza de Mayo y la Plaza de la República. Para “Crítica”, la revolución de junio no había sido “un espécimen de golpe de Estado para substituir en el gobierno a unos hombres por otros. A medida que ha ido transcurriendo el tiempo, renovándose los funcionarios y dictándose las disposiciones necesarias para el desenvolvimiento del país, se ha acentuado el carácter del pronunciamiento como una verdadera revolución de contenido político y social”. A continuación, el diario de Botana señalaba los fundamentos de aquella revolución que había concitado el interés y el apoyo de una gran mayoría de argentinos desahuciados de la década anterior:
“La hicieron necesaria las prácticas electorales viciosas, la indiferencia de los ciudadanos que no votan –cuya deserción del comicio deja lugar al triunfo de los ineptos y rapaces- y la corrupción, cada día más acentuada, de los partidos”. La Quinta de aquel día aniversario destacaba: “Los jefes del ejército que tomaron sobre sí la responsabilidad de suprimir ese estado de cosas y de gobernar a la nación, han comprendido ahora la importancia de la empresa y parecen dispuestos a llevarla a cabo sin vacilaciones ni temores. Las palabras y las promesas de las horas iniciales han sido reemplazadas por los hechos, y todas las medidas, dictadas ejecutivamente, alcanzan inmediata aplicación. No se descubren en ellas, al menos de una manera definida, tal o cual tendencia, escuela o doctrina: sólo se advierte el propósito de establecer reformas y ofrecer garantías dignificadoras del hombre, de la familia y de la sociedad”.
En esa política nacional y social estaban implicados y comprometidos los coroneles del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), entre quienes ya se destacaba el teniente coronel Juan Domingo Perón, a quien el Gral. Ramírez, ahora presidente, nombraría en el Departamento de Trabajo, enseguida convertido en Secretaría de Trabajo y Previsión, desempeñando a su vez funciones como secretario personal del ministro de Guerra. Un decreto firmado por el presidente Farrell y el vicepresidente Tessaire lo designó el 7 de junio de 1944 como vicepresidente de la Nación.
“Crítica”anuncia una revolución social
Como señalaba el diario capitalino, la política del gobierno estaba impregnada de espíritu social. En la misma tapa, al lado de una foto a tres columnas, donde una formación militar saludaba la ejecución del Himno Nacional, la Quinta editorializaba:
“No bastarán, por cierto, para resolver todo el problema del productor argentino, la elevación de los salarios, la humanización de la jornada, la provisión de la vivienda higiénica, la dotación de los seguros de riesgo, enfermedad, pasividad y desocupación, porque los males se originan en la propia organización capitalista, surgen de la misma estructura de la sociedad, dividida en clases distintas que no participan por igual de los beneficios del trabajo. Pero es evidente que la autoridad pública se inclina ya a fijar una distribución más equitativa de la riqueza, proporcionando a las masas obreras aquellos bienes que las aproximan a un estadio de existencia superior”. De esa manera, “mejoras y ventajas que los sindicatos gremiales y los partidos populares no lograron conquistar e imponer, a su turno, por la fuerza del número o por imperio de la ley, van aplicándose por sucesivos decretos en toda la extensión del país. En ese plano la obra de la Revolución es singularmente reparadora y de sentido nacional”.
Las expectativas puestas primero en el general Ramírez como ministro de Guerra del gobierno depuesto, luego en el general Rawson como jefe de la revolución y nuevamente en Ramírez como presidente de la nación, habían derivado hacia el actual jefe de la Revolución: el general Edelmiro J. Farrell, a quien le tocaba ahora explicar el sentido de aquella patriada, a un año de haberse producido. Al adelantarse Farrell para comenzar su discurso, “una sostenida salva de aplausos” lo saludó desde la Plaza de la República. El final de su discurso y balance del primer año de gobierno reseñaban el comienzo de un nuevo ciclo histórico:
“Puedo afirmar bien alto ante el pueblo –diría finalmente Farrell- que seguiremos adelante; que nuestro propósito fue, es y será la salud de la Patria, y que no llegaremos a otra meta que no sea una Argentina grande, unida y poderosa, tal como nuestros antepasados la soñaron para nosotros y tal como nosotros la soñamos para nuestros descendientes”. Una vez cumplido esos sueños, “recién podremos ver también a nuestro alrededor, caras que exterioricen la plena alegría de vivir, y que surja un pueblo que grite su fe y su confianza, y que en forma de patriótico santuario, lleve el argentinismo en mitad del corazón”.
Si éstas eran las palabras del general Farrell, a su tiempo comenzaban a sentirse ya la acción y las palabras de quien sería en un año más el indiscutido líder de los trabajadores argentinos.
“El secretario de Trabajo y Previsión ha podido apreciar la situación lastimosa de la gente privada de ocupación útil, vencida por el largo holgar, puesta de espaldas a la vida”, destacaba el editorial de “Crítica” en la misma portada: “Sabemos –acaba de decir el coronel en Córdoba- que es menester crear trabajo para muchos y en muchos individuos crear hasta el hábito del trabajo ordenado, metódico y consciente; sabemos que en muchos hombres se ha apagado la llama de la esperanza por los desengaños sufridos y que otros no tienen fe en sus mismos destinos”.
El mismo Botana desmentía el mito oligárquico de que aquel coronel había creado en los más humildes la costumbre de la holgazanería. Por el contrario, casi como una profecía, su acción se imponía a la triste situación que padecía y que padecería el pueblo argentino cada vez que abandonara la sabia política de previsión y trabajo comenzada por esta generación revolucionaria del ‘40.
Aunque antes de la explosión social del ‘45, un hecho trágico ensombrecía la marcha de la revolución: el terremoto del 15 de enero de 1944 en San Juan… Si bien ya el país había cambiado de rumbo aquel día tan particular de 1943 y no había nada que detuviera su marcha… Aun en contra de los desplantes fatales de la naturaleza y la soberbia de los países victoriosos en la contienda imperialista mundial, que pretendían hacerle pagar a los países periféricos los costos de la guerra. Aquellos militares patriotas, con el coronel Perón a la cabeza, se lo impedirían.
Por Elio Salcedo



