Mientras el consumo de huevos alcanza niveles récord en Argentina, la industria aviar enfrenta una crisis profunda: caída de exportaciones, aumento de importaciones y costos que asfixian al sector. La paradoja expone las tensiones del modelo económico.
En la Argentina de hoy conviven dos realidades que parecen contradictorias pero en realidad explican lo mismo: el consumo de huevos se dispara a niveles históricos, mientras la industria aviar atraviesa una crisis cada vez más profunda. Lo que a simple vista podría leerse como un éxito del mercado, en realidad revela un sistema que se sostiene con alambre.
Los números son contundentes. Según referentes del sector, el consumo de huevos viene creciendo de manera sostenida en los últimos años y podría cerrar 2026 con un salto cercano al 7%, posicionando al país como uno de los mayores consumidores del mundo. Esto no responde a un boom gourmet ni a una moda saludable: responde, sobre todo, al bolsillo.
El huevo aparece como una de las proteínas más accesibles en un contexto donde la carne vacuna se vuelve cada vez más inaccesible para amplios sectores sociales. Es decir, no se consume más huevo porque se vive mejor, sino porque se puede comer menos de todo lo demás. La dieta se reconfigura a la fuerza.
Pero mientras el consumo crece, el sector productivo cruje. La industria aviar enfrenta un combo explosivo: caída de exportaciones, pérdida de mercados internacionales y un arranque de año con los peores niveles de ventas externas en los últimos cuatro años.
El caso más emblemático es el de Granja Tres Arroyos, la principal productora del país, que atraviesa una crisis financiera severa. Con una estructura pensada para exportar más de un tercio de su producción, el cierre de mercados por cuestiones sanitarias le desarma completamente el negocio y golpea a toda la cadena.
A esto se suma otro factor clave: la apertura de importaciones. En el último tiempo, el ingreso de carne aviar del exterior alcanzó niveles récord, presionando los precios a la baja y reduciendo aún más los márgenes de una industria que ya trabaja al límite.
El problema se agrava con el aumento de costos. Energía, calefacción y servicios representan más del 30% de la estructura en algunos segmentos productivos, mientras los productores no pueden trasladar esos aumentos al precio final por la competencia externa. El resultado es una rentabilidad cada vez más asfixiada.
Como si fuera poco, el frente sanitario también genera preocupación. La reducción de controles y recursos en organismos clave como el Senasa incrementa el riesgo de nuevos brotes de enfermedades como la influenza aviar, lo que podría volver a cerrar mercados y profundizar la crisis.
En definitiva, el escenario es tan claro como preocupante: el consumo crece, pero no por fortaleza económica sino por ajuste en la dieta; y la industria que sostiene ese consumo está cada vez más debilitada. Una paradoja que deja al descubierto una verdad incómoda: en la Argentina de hoy, incluso cuando algo “crece”… puede estar funcionando peor que nunca.
Fuente: La nueva mañana



