Nuestra América, donde lo real no alcanza

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Hay territorios donde la realidad parece suficiente. Donde las cosas son lo que son, y basta con nombrarlas para comprenderlas.

Y hay otros, en cambio, donde lo real nunca alcanza.

América Latina es uno de ellos.

Aquí, la historia no avanza: irrumpe. La naturaleza no acompaña: desborda. Y la memoria no se ordena: se mezcla, se superpone, insiste. Tal vez por eso, en estas tierras, lo visible nunca termina de explicar lo que sucede.

Pero hay algo más, tal vez más profundo aún.

Esta es la tierra del encuentro —y también del choque— entre dos mundos. El llamado Nuevo Mundo y el Viejo Mundo no solo se enfrentaron: se mezclaron, se confundieron, dejaron huellas que todavía hoy no terminan de acomodarse.

Lenguas, creencias, mitos, modos de mirar la vida: todo se superpuso. Y en ese cruce, lo real dejó de ser una superficie estable para volverse una trama compleja, a veces contradictoria, donde distintas formas de entender el mundo conviven —sin anularse del todo.

No es casual que de este suelo haya surgido el realismo mágico. No como invención, sino como reconocimiento: en América, lo extraordinario no irrumpe en la realidad… forma parte de ella.

Esa misma condición atraviesa, de un modo más sutil, la poesía.

En Pablo Neruda, el mundo cotidiano se vuelve inabarcable, como si cada objeto guardara un espesor secreto:

“Podrán cortar todas las flores,

pero no podrán detener la primavera.”

En la voz de César Vallejo, la realidad se quiebra desde adentro. El dolor no se describe: se vuelve lenguaje:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”

También en Gabriela Mistral, lo íntimo se abre hacia algo más vasto, como si lo humano estuviera siempre en diálogo con una dimensión mayor:

“Piececitos de niño,

azulosos de frío,

¡cómo os ven y no os cubren, Dios mío!”

Y en Octavio Paz, la palabra parece buscar aquello que está detrás de lo visible:

“Entre lo que veo y digo,

entre lo que digo y callo,

entre lo que callo y sueño…”

Siempre hay un intervalo, un espacio que no se deja atrapar.

Así, la poesía latinoamericana no necesita recurrir a lo fantástico para volverse extraña. Le basta con mirar de cerca su propia realidad.

Porque en estas tierras, lo real nunca es del todo real.

Y tal vez por eso, la poesía no intenta explicarlo. Apenas —y no es poco— lo roza.

En la próxima entrega, este recorrido se acercará a la poesía argentina, donde esa misma tensión encontrará nuevas formas de decirse.

Imagen: ¿Encuentro o choque de dos mundos?

MARL – SECRETARÍA DE PRENSA – SADE CBA

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