En tiempos donde la política parece diluirse entre consignas vacías y frases de ocasión, volver sobre la relación entre liderazgo y palabra no es un ejercicio nostálgico, sino profundamente actual. La reciente columna del analista Aurelio Argañaraz invita a revisar una dimensión central de la construcción política: el valor de la palabra en el pensamiento y la acción de Juan Domingo Perón.
Perón solía repetir una frase que quedó grabada en la memoria colectiva: “Mejor que decir es hacer”. Sin embargo, reducir su concepción política a esa idea sería un error. Porque si algo entendía el líder justicialista era que la palabra no es un accesorio de la política, sino su columna vertebral. No hay acción que pueda sostenerse sin un discurso que la explique, la legitime y, sobre todo, la conecte con la experiencia concreta de la sociedad.
La palabra, en ese sentido, no es solo comunicación: es identidad. Es el puente entre un liderazgo y su pueblo. Es lo que permite que una comunidad política se reconozca a sí misma, entienda su lugar en el mundo y construya un “nosotros”. Sin esa dimensión simbólica, no hay proyecto colectivo posible.
Pero no se trata de cualquier palabra. Hay una diferencia sustancial entre hablarle al pueblo y hablar desde el pueblo. La primera puede ser una construcción retórica; la segunda exige una experiencia compartida. Implica conocer de primera mano las condiciones de vida, las frustraciones, las expectativas. Implica, en definitiva, no pararse en un escalón superior para “explicar” la realidad, sino habitarla.
En ese punto aparece una de las críticas más filosas a la política contemporánea: la proliferación de discursos que no encuentran anclaje en la realidad. Frases como “el amor vence al odio” pueden sonar bien, pero carecen de densidad cuando no logran traducirse en experiencias verificables. Las sociedades están atravesadas por conflictos, tensiones y desigualdades estructurales. Negarlo no las elimina; simplemente vacía el discurso.
En contraste, el peronismo clásico construyó su potencia política sobre una narrativa clara y directa. Cuando Eva Perón hablaba de su rechazo a la oligarquía, no apelaba a eufemismos. Delimitaba un campo de disputa, definía un “ellos” frente a un “nosotros”. Esa claridad, incómoda para algunos, es condición necesaria para cualquier proyecto que aspire a transformar la realidad.
En la misma línea, Perón sintetizaba su visión con una frase tan simple como abarcadora: “Para nosotros hay una sola clase de hombres: los que trabajan”. Allí no solo interpelaba a la clase obrera, sino que construía una identidad amplia, capaz de integrar a distintos sectores bajo un mismo principio: el valor del trabajo frente a la especulación.
Ese tipo de discurso no era ingenuo ni improvisado. Por el contrario, respondía a una comprensión profunda de los distintos actores sociales. Perón no hablaba igual frente a empresarios, trabajadores o militares, pero en todos los casos sostenía una coherencia de fondo. Adaptar el lenguaje sin perder el rumbo es, quizás, una de las habilidades políticas más difíciles de sostener.
Hoy, en cambio, gran parte del discurso político parece orientado a sectores específicos, muchas veces alejados de las mayorías. Se construyen relatos que circulan bien en determinados ámbitos, pero que no logran interpelar a amplios sectores de la sociedad. Y cuando la palabra pierde capacidad de representación, la política también pierde fuerza.
Volver a pensar la relación entre palabra y acción no implica replicar fórmulas del pasado, sino recuperar una enseñanza clave: no hay transformación posible sin un discurso que exprese, con claridad y honestidad, la experiencia de las mayorías. Porque en política, como en la vida, las palabras pesan. Y cuando dejan de hacerlo, lo que se vacía no es solo el lenguaje, sino el sentido mismo de lo colectivo.
Por Aurelio Argarañaz.



