Glaciares: pasemos de la catarsis al movimiento

glaciares andinos
Share on facebook
Facebook
Share on pinterest
Pinterest
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

El Gobierno y los Gobernadores afines tienen desde la madrugada de hoy la Ley de Glaciares que querían. Ahora tienen “seguridad jurídica” para entregar el agua y el territorio, que son la misma cosa. Lo que ya no alcanzará y lo que nunca sirvió.

Vamos con lo formal de la noticia. La Cámara de Diputados de la Nación aprobó por 137 a favor y 111 negativos, la reforma a la Ley N° 26.639 de Presupuestos Mínimos para la Protección de Glaciares y del Ambiente Periglacial. La iniciativa había sido impulsada por el Ejecutivo Nacional y el apoyo de buena parte de las provincias mineras. De ahora en más, tanto los glaciares como las cuencas hídricas en forma integral quedan a merced de las ocurrencias de cada distrito en particular.

Ahora ya está. Andan circulando una serie de juntadas de firmas digital para avalar la presentación judicial que impida la implementación de la Ley. Desde esta Redacción adherimos a alguna de ella. El Gobernador de La Pampa -provincia que hizo de la soberanía hídrica una bandera- impulsará otra por sí misma, y llamó al pueblo argentino para que lo apoyen. También lo haremos.

El resto es catarsis que no estaría generando movimiento.

Incluso periodísticamente podríamos reproducir las defensas o retruques al proyecto; como también cómo votó cada legislador. Busque que ya fue publicado el listado en varios portales y la sesión quedó grabada en la plataforma del Congreso.

¿Cómo se hace para generar movimiento? Entendiendo la raíz del problema. El agua es territorio esté en los picos nevados de las altas cumbres; en los glaciares visibles, turísticos o los ocultos; esté en ríos, lagunas, arroyos o grandes lagos; caiga de cielo o está profundamente bajo tierra.

Siempre es territorio el agua. Lo es cuando se modifica una ley que establecía criterios y mecanismos -mejorables- de nivel nacional y coordinado con cada provincia y autoridad de cuenca para determinar si una formación era un glaciar, o era un área periglaciar, o si abrevaba en alguna cuenca y de qué forma lo hacía.

También el agua es territorio cuando se concesiona el tramo de un curso de río o sector de un espejo de agua para pasear en botecitos, o hacer excursiones hasta debajo del chorro de la catarata, o para entregar a la navegación extranjera de buques de gran porte, o directamente taponar y desviar cursos fluviales enteros para regar campos a costo de dejar sin recursos a las provincias y poblaciones aguas abajo.

El agua es también territorio cuando debe derivarse del curso de un río parte del caudal para regar tierras productivas o abastecer a las poblaciones de agua potable debidamente tratada y administrada. Hay un criterio simple allí: si en esa tierra no se puede producir comida, no se puede poblar porque hay que traer la comida de otro lado y por lo tanto se encarece.

Lo mismo con el tratamiento de gases y afluentes industriales. Sobra tecnología disponible en Argentina y personal calificado para tratar y reestablecer las condiciones del agua según los parámetros ambientales soberanamente establecidos por el pueblo argentino.

Y podemos seguir mencionando ejemplos uno tras otro… Hay un montón. Podemos acompañar cada una con varias docenas de cuentos y anécdotas.

Pero nos iríamos de los sustancial. Que el agua es territorio. Que con la ciencia no alcanza porque detrás de ella hay un criterio político. Que tampoco es suficiente con el compromiso ambiental porque no abarca per se todas las variantes existentes en un territorio. Que el mero ecologismo conservacionista sólo hace daño, porque se transforma en jardinería de gran escala.

Y porque el agua es territorio sus criterios de uso no pueden estar en manos privadas, mucho menos extranjeras; y menos aún que sea utilizada para el saqueo sistemático extractivista propio de una factoría colonial en que nos han transformado.

Porque una cosa es utilizar agua para cultivar en condiciones razonables, con métodos y tecnologías convenientes. Otra diferente es transformar un páramo árido y salinoso en un vergel, tras desviar un río y tirar toneladas de agroquímicos para que esa tierra nos dé un producto propio de zonas húmedas y templadas con rendimientos acordes a la escala internacional. Imposible negar que el avance científico técnico y el agua nos proveen de semejante abundancia. Peor la misma, en lugar de ser para siempre nos durará 50 años y sin beneficio para las mayorías.

Con la minería sucede algo similar. Y vamos a invertir el recorrido del ejemplo. Las cadenas productivas que más y mejor trabajo dan en el mundo son las manufacturas industriales derivadas de la metalurgia y metalmecánica. Los insumos básicos de todas ellas surgen de la minería; y la minería en algún momento utiliza agua.

Además de que esa agua debe tratarse para poder ser reutilizada, la discusión central está en qué minería queremos. Una a fin a nuestras necesidades y conveniencias para nuestros pueblos, a demanda de lo que requiera nuestro complejo industrial; o que se lleven los metales y minerales a mansalva, que dejen todo destruido y que esos minerales nos vuelvan convertidos en computadoras, lavarropas, amortiguadores, máquinas, herramientas, etc.

Pensar así es más necesario que nunca. De lo contrario los debates seguirán siendo por sí o no; por blanco o por negro. Absolutos que sirven de poco a los pueblos que serán perjudicados. En el griterío se pierde lo sustancial.

Las multinacionales mineras no pierden. Las empresas internacionales del agro tampoco. Las petroleras menos.

Ahora la cagada está hecha. Ojalá prosperen algunas de las denuncias para parar la Ley reformada. De lo contrario, habrá que trabajar para derogarla y reestablecer los preceptos anteriores y mejorarlos.

Porque hay que terminar con el federalismo de signo negativo donde lo que se pretende es que cada provincia haga lo que le venga a ganas con lo que es de todos. También hay que terminar con la posibilidad que tiene algunos de acumular tierras, casas o departamentos sin ponerlas a trabajar o viviendo de sus rentas.

El agua es territorio.

Y el territorio es soberanía, independencia y justicia social. De lo contrario, es el patio de la casa de otro que seguramente no nos quiere.

No hay que perder de vista estas cosas, aunque cada tanto aparezca un sainete nuevo que nos saque de foco.

Por Pablo Casals

Scroll al inicio