Hace exactamente 77 años, el 9 de abril de 1949, culminaba en Mendoza el Primer Congreso Nacional de Filosofía, aquel en el que Juan Domingo Perón presentó como doctrina del Justicialismo, “La Comunidad Organizada”.
Fue en ese Congreso que se afirmó: “El hombre y la sociedad se enfrentan con la más profunda crisis de valores que registra su evolución” y fue allí que se debatió sobre una “Libertad irrespetuosa ante el interés común, enemiga natural del bien social”, (nada más semejante a la “libertad” que los “libertarios” predican hoy desde el gobierno de Milei).
Es que una de las preocupaciones más importantes de aquellos días, que se mantiene hasta el presente, se refiere a la calidad del sistema democrático y el Peronismo buscaba en el modelo de Comunidad Organizada la realización plena de la Democracia
“El problema del pensamiento democrático futuro está en resolvernos a dar cabida en su paisaje a la comunidad, sin distraer la atención de los valores supremos del individuo; acentuando sobre sus esencias espirituales, pero con las esperanzas puestas en el bien común”.
Y se agregaba: “Nuestra comunidad, a la que debemos aspirar, es aquella donde la libertad y la responsabilidad son causa y efecto, en que exista una alegría de ser. Una comunidad donde el individuo tenga realmente algo que ofrecer al bien general, algo que integrar y no solo su presencia muda y temerosa”.
En esa construcción de Comunidad Organizada andábamos cuando las sanguinarias fuerzas de la reacción bombardearon al pueblo argentino en Plaza de Mayo y anularon luego el ejercicio de la democracia, fusilaron a quienes defendían la Constitución, proscribieron y reprimieron durante años hasta culminar con la ejecución de un verdadero genocidio con el fin de acabar definitivamente con la auténtica democracia.
El régimen que gobierna hoy la Argentina es fruto de esa tumultuosa y trágica historia y el desafío del pueblo y sus organizaciones libres es el de despejar y retomar el camino bloqueado con violencia hace 70 años.
Reivindicar aquella filosofía tan excepcionalmente traducida a las cuestiones prácticas en la Constitución Nacional de 1949, completarla con los agregados y adecuaciones que sean necesarias, pero teniendo siempre presente que no será un resultado electoral, si no el pueblo organizado en comunidad, lo único capaz de contraponer el poder necesario para que las fuerzas de la reacción y el privilegio no sigan manteniendo a esta anémica y condicionada “democracia”, como una trampa formal que se burla de las aspiraciones del pueblo e impide la grandeza de la nación.
Por Héctor Amichetti



