El día del zurdo y el “ranchito” de Adorni

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Uno se pregunta cómo funciona el cerebro de Adorni. No en los detalles, sino en las formas. No en lo universal, sino en lo privado.

Cómo demonios le funciona esa capa finísima de células arrugadas y antiestéticas que nos permite razonar, mentir, difamar, percibir, trampear, crear, esquilmar: el córtex, o corteza cerebral, la sede de nuestra mente, aquello que nos hace humanos a todos los humanos. ¿Qué pensaba?, que por donde pasaba, aparentemente no pasaba nada. Es en la estupidez de creerse eternamente impune donde el ser humano se vuelve imbatible. Corren tiempos en los que tendemos a creer que el mundo es esta cotidianeidad en la que vivimos. Con políticos que pueden “esnifarse” una vivienda en apenas unas horas, defendiendo lo indefendible: la compra de un “ranchito” de 200 metros cuadrados en Caballito, de 500.000 dólares, escriturado en 230.000, asociado a un préstamo de dos ancianas que no lo conocen, ni lo quieren conocer. No sé cómo lo juzgarán nuestros descendientes, pero habrá que dejarles bien razonada esta desmesura; si no, no se lo van a creer.

Es agradable saber que hay políticos dando lo mejor de sí mismos por nosotros. El paroxismo ultraliberal vino para liberarnos de todo sufrimiento: mejores viviendas, mejores trabajos, mejores salarios, mayor igualdad, mayores oportunidades, mayor protección social. No mintieron. Solo ocultaron que era para unos pocos. Es que la mentira de los ricos y sus secuaces políticos nos fascina cada día más. Hasta se presentan a las elecciones con ellas, y las ganan.

El “ranchito” de Adorni es una de esas abstracciones de “ricachón” impune guiando al pueblo. Nada es lo que parece. Nada es creíble. Lo real no importa. A pie de calle están los ciudadanos cargados de dificultades, aguantando. Como debe ser. Es que nos dijeron que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. Por eso gente acostumbrada a comer tres veces al día, hoy come una. Todo sea por la patria.

Nos embarga la sensación de que vivimos en un país que no está disponible para nosotros. Una “fiesta” a la que no estamos invitados. Obligados a producir cada vez más, a consumir cada vez más, a bajar la cabeza cada vez más, a costa de vivir alienados para evitar que el sistema se derrumbe. Colmados de libertades liberales que liberan tan poco, dominados por la única libertad de conciencia de nuestro tiempo: la libertad de enriquecerse.

Dicen que no es tiempo de señalar a nadie. No hace falta. Se señalan solos. Uno recuerda la polémica surgida en el Día Internacional del Zurdo, cuando Adorni presentó una lista de figuras destacadas en la historia del deporte y la cultura argentina que son o eran zurdos. Mencionó a Messi, a Ginóbili, a Gustavo Cerati, a Di María, a Charly García. Omitiendo notablemente a Maradona. Dalma le contestó de inmediato: “Te hacés el ‘boludo’ diciendo que no lo conocés”. Lo de hacerse el “boludo” es algo congénito en Adorni. Se hizo el “boludo” cuando la hinchada de Boca le colgó una bandera en la Bombonera por este tema, y se vuelve a hacer el “boludo” con la compra del “ranchito” en Caballito.

La rabia que irradian estos personajes no es nueva, sino un viaje en el tiempo a las formas más ancestrales de dominio. Ahora se llama extrema derecha, pero es el tradicional gobierno de los poderosos de toda la vida. Ya lo decía Francisco de Quevedo: “Hijo, esto de ser un ladrón no es arte mecánica, sino liberal”. Lo escribió en 1603. No hemos aprendido nada.

Por Jose Luis Lanao

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