Tras despedir trabajadores y cerrar líneas de producción gracias a la apertura indiscriminada de importaciones de Milei, la histórica empresa intentó militar el libre mercado en redes sociales, pero hizo un papelón digital y no pudo regular la temperatura que provocaron sus tuits zigzagueantes.
Hay marcas que forman parte del ADN afectivo de los argentinos y Lumilagro es una de ellas. O lo era. Tal vez su “reconversión”, por decisión propia, es para ser parte del ADN de una porción de los argentinos. Es que en la era de la “libertad”, que solo parece “liberar” de sus puestos de trabajo a los trabajadores, la empresa decidió emprender un camino de autodestrucción reputacional que roza lo tragicómico.
En una semana, la firma pasó de ser víctima del modelo económico de Javier Milei a convertirse en su Community Manager más entusiasta, para terminar borrando huellas como quien oculta un pecado de juventud.
El contexto: frío en las máquinas, calor en la calle
La historia reciente de la fábrica de Tortuguitas es el espejo del país que diseña el Palacio Hacienda que dirige Luis Caputo bajo órdenes de Javier Milei. Con el desplome del consumo interno y la facilitación de importaciones, Lumilagro —que supo resistir décadas de embates— comenzó a crujir.
En los últimos meses, la realidad se impuso sobre la mística industrial: cese de contratos, suspensiones y el cierre operativo de sectores clave debido a la imposibilidad de competir con la marea de productos chinos que el Gobierno celebra como un triunfo de la civilización.
El tuit de la vergüenza: “No la ven” (ni a sus propios empleados)
Lo que nadie esperaba era el giro estocolmista de la dirección de la empresa. En un posteo en la red social X (ex Twitter), la cuenta oficial de Lumilagro lanzó un mensaje que heló la sangre de sus propios operarios despedidos. Con una estética que imitaba la agresividad comunicacional del oficialismo, la empresa defendió la apertura de importaciones y el modelo de Milei, argumentando que la competencia los “obligaba a ser mejores”.
El posteo no tardó en hacerse viral, pero por las razones equivocadas. Miles de usuarios recordaron lo obvio: mientras la empresa tuiteaba consignas libertarias, sus galpones se vaciaban y sus trabajadores quedaban en la calle. El “papelón” fue de tal magnitud que el término “Lumilagro” se convirtió en tendencia bajo una lluvia de críticas que iban desde la traición a la industria nacional hasta la simple falta de ética empresarial.
Borrar, publicar, disimular
Ante la catástrofe de relaciones públicas, la empresa optó por la estrategia del avestruz. El primer tuit, el más militante y provocador, fue eliminado sin explicaciones. Sin embargo, la captura de pantalla —esa memoria implacable de la era digital— ya lo había inmortalizado.
Minutos después, intentaron una “lavada de cara” con un segundo posteo. En este nuevo intento, el tono era sutilmente más moderado, intentando explicar que “la empresa se estaba adaptando a los nuevos tiempos” y que el ingreso de termos importados no era una amenaza sino un “desafío”. Pero el daño ya estaba hecho. La contradicción entre el discurso de “eficiencia” y la realidad de una planta que se achica resultó insalvable para el público.
Finalmente, y tras notar que la furia en las redes no amainaba, optaron por un silencio sepulcral, dejando tras de sí un tendal de despidos y un prestigio de décadas tirado a la basura en menos de 280 caracteres.
Un modelo que no retiene el calor
El caso de Lumilagro es el síntoma de una época donde hasta las víctimas del sistema se ven obligadas a aplaudir al verdugo para ver si ligan alguna migaja de la mesa oficial. Mientras Clarín intenta maquillar la situación hablando de una “defensa del modelo”, la realidad en las góndolas y en las fábricas es otra.
Todo sucede mientras se conoció, hace días, que desde que gobierna Javier Milei en la Argentina hay 500 mil trabajadores registrados menos, incluso teniendo en cuenta los nuevos monotrobutistas y autónomos que florecen bajo el modelo de las apps tipo Uber y delivery.
El dueño y actual director ejecutivo (CEO) de Lumilagro es Martín Nadler, quien representa a la cuarta generación de la empresa familiar fundada originalmente por Eugenio Suranyi. Nadler dirige la firma y – según han hecho trascender -, junto con su pareja, gestiona la comunicación en redes sociales.
Fuente : Política Argentina



