La Plata, ciudad bombardeada: cómo se vivió la dictadura en la capital bonaerense?

imprenta
Share on facebook
Facebook
Share on pinterest
Pinterest
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Hace poco más de una década, en 2015, el escritor Horacio Rafart publicó Solo digo compañeros,un libro que recopila los datos de 1200 detenidos desparecidos de las ciudades de La Plata, Berisso y Ensenada, uno de los polos de la violencia y la masacre que ejerció del terrorismo de Estado en la última dictadura cívico militar de la que se cumplen 50 años. Claro que no fue casual, la capital bonaerense y sus vecinas son cuna de un movimiento obrero poderoso por su carácter productivo, pero también receptoras de estudiantes universitarios y de quienes ejercían y ejercen el desarrollo de los organismos estatales.

Por eso la ciudad de La Plata se volvió un blanco ineludible de las organizaciones de inteligencia militar y de la Policía bonaerense, que ejecutaron secuestros y ataques en pleno centro o la zona urbana, al tiempo que llevaron a cabo operativos de bombardeos en barrios residenciales. El más emblemático de ellos es el ataque a la casa Mariani-Teruggi de 30 entre 55 y 56, donde funcionaba la imprenta de Evita Montonera y que derivó no solo en muertes y desapariciones, sino también en la apropiación de la bebé Clara Anahí.

El historiador, investigador e integrante del Archivo Histórico de la ProvinciaGuillermo Clarke, repasó ante Buenos Aires/12 que en la etapa del golpe, la capital era una ciudad “a la mitad” de la actual, lo que permite imaginar las calles y diagonales con otras dimensiones, pero también las relaciones sociales. “La categoría de ‘conocidos’ era muy amplia porque los ámbitos de contacto eran más pequeños, tanto el universitario como el gremial y el político. En esas redes solo hacía falta tirar de un hilo para conseguir información o para saber en qué andaba cada uno, quién era quién”, dijo.

El punto es que esas redes también se tejían del mismo modo en la inteligencia militar. “Se nutrieron de elementos, personas que también eran ciudadanos de La Plata y que formaban parte de organizaciones políticas de extrema derecha que se fueron convirtiendo en organizaciones parapoliciales. Pero, a la vez, esas personas convivían en ámbitos académicos, políticos, sociales y familiares con otros que militaban en organizaciones revolucionarias o de izquierda”, marcó.

Si bien la Universidad permitió dinamizar a una sociedad que tenía tintes conservadores, el nutrirse de la migración bonaerense permanente logró generar en la propia comunidad platense una suerte de “porosidad” y diversidad que se expone al momento de hacer una geolocalización del nacimiento de los desaparecidos. “No hay que dejar de de tener en cuenta el componente industrial del Gran La Plata: frigoríficos, la petroquímica y un nivel de de industrialización que permitió en muchos casos la idea de la movilidad social a la universidad o la proletarización desde la universidad hacia hacia las fábricas; una relación muy cercana entre entre dos sectores que fueron clave en las militancias de los años 70, que son los estudiantes y, por supuesto, los obreros”, sumó Clarke.

La Plata: un mapa de bombardeos y silencios

Además del funcionamiento de centros clandestinos de detención como la ex comisaría 5ta de diagonal 74 y 65 -en medio de un barrio tradicional- o el ataque a la casa del matrimonio Mariani-Teruggi, que es la más conocida y quedó expuesto a través del juicio sobre el Circuito Camps, los servicios de inteligencia desembarcaron con todo su arsenal contra otras casas donde operaba Montoneros y no dudaron en arrasar con todo, aún habiendo niños.

Además de la calle 30, apuntaron contra otra vivienda en 63 entre 15 y 16; y una tercera en el barrio San Carlos, que en ese entonces era semi rural y donde se encontraba la cúpula de la organización, en calle 139.

También se dieron casos que marcaron la interseccionalidad del alcance del terrorismo, con lo ocurrido, por ejemplo, con la familia Bettini, una de las más adineradas, conservadoras y ligadas al Poder Judicial que fue exterminada, desde el nieto de 19 años hasta la abuela, que tenía cerca de 80 años y fue vista en La Cacha, donde se considera que es la desaparecida más anciana.

“A mí me costaba más entender hace unos años las complicidades de la sociedad argentina con el horror. Hoy me cuesta menos. La gente votó un discurso que encabeza Javier Milei, pero que también incluye a una vicepresidenta que si bien hoy ha debilitado su figura y lo que representa, su único mérito es haber defendido las atrocidades más grandes, incluso los delitos sexuales cometidos bajo el terrorismo de Estado”, expuso Clarke.

La referencia viene a cuenta de los silencios en los barrios. Es que estos secuestros a plena luz del día, en espacios céntricos, en casas de barrios residenciales o en centros de estudiantes hacen pensar en las relaciones interpersonales al momento. Por ejemplo, en la entonces comisaría 5ta nacieron niños paridos por sus madres en una cocina sucia inserta en el corazón de un barrio común y corriente de clase media y chalets.

Todos los centros clandestinos funcionaron en entidades estatales, o sea que compartían su actividad clandestina con personal que se desempeñaba allí en actividades legales, muchísimo personal civil. De hecho, el destacamento 101, que está en 55 entre 7 y 8, en una casona más se identificaba con una garita que sobresalía, donde entraba personal civil”, repasó.

El profesor Clarke destacó que incluso antes de 1976 ya habían sido asesinados, también por organizaciones de extrema derecha, dirigentes como el intendente de La Plata Ruben Cartier, funcionarios de la Universidad de La Plata, o del peronismo de base.

“Por otro lado, entidades como la prensa local o la Iglesia local tenían un discurso muy crítico y muy confuso respecto a esta violencia, porque, por un lado, condenaban la violencia, pero por otro lado, si uno lee la prensa local de los momentos previos al golpe, se encuentra con que todo el tiempo la sociedad está alertada sobre atentados terroristas”, planteó.

En el verano previo al golpe, esas expresiones fueron permanentes. Eso ayudó a que la sociedad lo perciba como un clima de violencia que tenía que ver con la izquierda, con el peronismo, y que la prensa deriva en un pedido “de orden”. Eso no pasó, sino que la violencia se mantuvo de un modo constante.

“Es interesante ver esa percepción que se le transmitía a la sociedad y que yo creo que gran parte de los sectores sociales, de alguna manera, compraban de que esta violencia era de parte de estos sectores revolucionarios que, sin decir o sin expresar claramente cuáles eran sus intenciones, simplemente atentaban contra el orden permanentemente y se cobraban vidas permanentemente de gente inocente”, evaluó.

Por eso expuso que era difícil encontrar testimonios claros de qué pensaban los vecinos que no formaban parte de los amplísimos sectores politizados, dado que los sectores de poder inoculaban en todo momento el clima de tensión, mezclando todo lo que llamaban “subversión” sin precisar quiénes ni de qué se trataba, sobre todo cuando muchos atentados y secuestros ocurrieron en pleno centro. “Por cómo era narrado, formaba parte de una ola de violencia con la vuelta del peronismo al poder que genera un supuesto caos”, subrayó Clarke.

Fuente: Pagina 12

Scroll al inicio