A 50 años del golpe cívico–militar–eclesiástico–empresarial del 24 de marzo de 1976: La historia de la familia Vaca Narvaja

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Los genocidas de la última dictadura no solo persiguieron militantes o dirigentes políticos. En muchos casos, persiguieron familias completas, buscando borrar apellidos, historias y generaciones enteras.

Hay historias tremendas en la Argentina, como las de los Pujadas o los Graiver. Entre ellas, también aparece la de la familia Vaca Narvaja, una de las más golpeadas por el terrorismo de Estado.

Miguel Hugo Vaca Narvaja y Susana Yofre tuvieron doce hijos. Una familia numerosa, profundamente atravesada por la política, la militancia y el compromiso social. Entre ellos estaban Fernando, integrante de Montoneros; Miguel Hugo (hijo), abogado defensor de presos políticos que terminaría asesinado en la tristemente célebre causa UP1; y Gustavo, médico y hermano mayor que, en uno de los momentos más dramáticos de la historia familiar, sería quien condujera a todos hacia el exilio en México.

El padre, Miguel Hugo Vaca Narvaja, era radical yrigoyenista y había sido funcionario durante el gobierno de Arturo Frondizi. Vivía junto a su familia en Villa Warcalde, en Córdoba.

El 10 de marzo de 1976 fue secuestrado por fuerzas represivas. Lo llevaron al centro clandestino de detención La Ribera. Allí fue brutalmente asesinado y decapitado. Su cabeza fue colocada en una bolsa de nylon y arrojada en terrenos del ferrocarril en Alta Córdoba.

La brutalidad no terminó allí. Los militares se jactaban del crimen. Incluso, el coronel Fierro conservaba fotografías del cuerpo decapitado en su escritorio, como una demostración macabra de poder.

Poco tiempo después, la violencia volvería a golpear a la familia. Miguel Hugo Vaca Narvaja (hijo), un reconocido abogado de apenas 35 años que defendía presos políticos, fue fusilado en agosto de 1976 en la zona del Chateau Carreras, como parte de las ejecuciones clandestinas del terrorismo de Estado.

Pero el plan represivo iba aún más lejos. Los asesinos buscaban aniquilar a toda la familia.

En los días previos al golpe de Estado, la situación era desesperante. Al filo del 24 de marzo de 1976, 13 adultos y 13 niños —de entre cinco meses y nueve años— lograron abandonar Córdoba rumbo a Buenos Aires. Lo hicieron como pudieron: en tren, en avión y en colectivo.

Era una decisión extrema. Sabían que el golpe era inminente y que quedarse significaba casi con seguridad la muerte.

Con apenas 33 años, Gustavo Adolfo Vaca Narvaja asumió la responsabilidad de conducir a toda la familia en una maniobra desesperada que luego sería conocida como la invasión de la embajada mexicana.

Los 26 integrantes de la familia lograron ingresar a la embajada de México el 23 de marzo de 1976, apenas minutos antes de que cerraran las puertas. Aquella decisión generó una fuerte tensión diplomática. Durante horas, la situación fue incierta, hasta que las autoridades mexicanas accedieron a trasladar a la familia a la residencia del embajador.

Desde un altillo de la casa, Gustavo recuerda haber visto el inicio del golpe: militares rodeando la residencia donde se refugiaban. Los buscaban. Los querían matar.

Finalmente, el gobierno de México —que tuvo un papel fundamental al recibir a miles de exiliados argentinos— logró negociar con la Junta Militar. La familia fue trasladada al aeropuerto de Ezeiza y desde allí partió hacia el exilio.

Así comenzó una nueva vida lejos del país, marcada por el dolor, la memoria y la ausencia.

Quienes quieran profundizar en esta historia pueden leer la extraordinaria crónica de Marta Platía publicada en Página/12, titulada “Los Vaca Narvaja: historia de un plan de escape”. También resulta imprescindible el libro “La Jauría del 76”, que reconstruye el clima de persecución y violencia de aquellos años.

La memoria de esta historia también vive en el arte. El propio Gustavo Vaca Narvaja realizó la pintura “Desaparecidos”, una obra profundamente conmovedora que dialoga con la tragedia de aquellos años y con la necesidad de mantener viva la memoria colectiva.

A cincuenta años del golpe, recordar estas historias no es un ejercicio del pasado.
Es, sobre todo, una forma de defender el presente y el futuro de la democracia.

Por Jorge Vasalo

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