Una noticia golpeó de lleno al corazón gastronómico cordobés: la histórica fábrica de alfajores y dulces artesanales La Paila anunció que bajará definitivamente sus persianas tras más de tres décadas de trabajo ininterrumpido. Lo que empezó como un emprendimiento familiar en 1992 terminó convirtiéndose en un clásico local, presente en ferias, shoppings y mesas de miles de familias.
El cierre fue comunicado con un mensaje cargado de tristeza, donde se apunta a la “difícil e inestable realidad económica” como principal causa. La empresa, que llegó a emplear a varias personas y a sostener una producción amplia de dulces tradicionales sin conservantes, no logró sobrevivir al contexto actual, pese a haber atravesado crisis anteriores.
Fundada como un proyecto casero que recuperaba recetas familiares del norte argentino, La Paila creció gracias al boca en boca y al valor de lo artesanal, sin aditivos ni procesos industriales. Con el tiempo, su catálogo llegó a incluir decenas de productos entre alfajores, confituras, bocaditos y dulces regionales, consolidándose como un emblema de la identidad culinaria cordobesa.
Sin embargo, los dueños reconocieron que sostener una producción nacional frente al aumento de costos, la caída del consumo y la competencia —incluidas importaciones— se volvió inviable. La empresa cerrará a fines de febrero, poniendo fin a un emprendimiento que sobrevivió incluso a crisis económicas anteriores.
El caso no es aislado. En Córdoba y en otras regiones del país se multiplican los cierres de fábricas y comercios históricos, especialmente en sectores vinculados al consumo interno. Detrás de cada persiana baja hay empleos perdidos, proyectos familiares truncos y una señal de alarma sobre el deterioro del entramado productivo local.
La desaparición de La Paila no solo deja un vacío comercial: simboliza la fragilidad de las pequeñas empresas frente a un modelo económico que parece expulsar a quienes producen en escala humana. Cuando ni lo tradicional, ni lo artesanal, ni lo identitario logran sostenerse, la pregunta deja de ser por qué cierra una fábrica y pasa a ser qué país queda cuando ya no quedan estas historias para contar.



