Mack Hollins, Trump y el apóstol ultra Pochettino

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El jugador de fútbol americano llegó al Super Bowl disfrazado de preso. El técnico argentino cuestionó a un dirigido por criticar el precio de las entradas para el Mundial.

Hace tiempo me tope con un titular que insólitamente replicaron cientos de medios: “Los expertos aclaran que las papas fritas de sabor jamón no van a desaparecer”. Se daba por supuesto que el lector creía que las papas fritas de sabor jamón iban a desaparecer y estaba muy inquieto por ello. El titular calmaba el comprensible pánico social. El cierre magistral de la nota la daba un iluminado que preguntaba: “¿Por qué no hay comidas para gatos sabor ratón?” Es en la estupidez donde el ser humano se vuelve imbatible.

Hace tiempo me tope con un titular que insólitamente replicaron cientos de medios: “Los expertos aclaran que las papas fritas de sabor jamón no van a desaparecer”. Se daba por supuesto que el lector creía que las papas fritas de sabor jamón iban a desaparecer y estaba muy inquieto por ello. El titular calmaba el comprensible pánico social. El cierre magistral de la nota la daba un iluminado que preguntaba: “¿Por qué no hay comidas para gatos sabor ratón?” Es en la estupidez donde el ser humano se vuelve imbatible.

Por suerte no ha muerto la funesta manía de pensar, sino la hegemonía de un tipo de pensador. Con la modernidad ha florecido una nueva clase de erudito. Mauricio Pochettino es uno de ellos. Para el entrenador argentino, el excesivo valor de una entrada a un Mundial (declaración hecha por Tim Weah, jugador de la selección estadounidense) es una opinión política y “nosotros no somos políticos, somos deportistas”, aclaró. Con la sensibilidad de un repollo, continuó: “Creo que la FIFA está haciendo un trabajo increíble en todo el mundo uniendo a las personas”.

Eso es verdad. La FIFA y Trump uniendo a las personas a través del premio por la paz entregado por el organismo. Cuanta verdad se va por los sumideros cuando este apóstol ultra, ferviente admirador del presidente norteamericano (le prometió la Copa del Mundo) y de Javier Milei, abre la boca. Sabemos que el poder alcanza su máxima sofisticación cuando las instituciones y los ciudadanos se autocensuran por miedo.

El poder ya no necesita órdenes o decretos: se vuelve invisible, automático, “natural”. Fabrica consenso mediante el miedo anticipatorio. No es necesario censurar a diez jugadores: basta hacerlo con uno de manera ejemplar. Las declaraciones públicas se vuelven sistemas de vigilancia para disciplinar personajes incómodos. Al emerger “naturalmente” del sistema, no parecen imposiciones sino consecuencias lógicas de principios incuestionables.

Tal vez Pochettino no lo sabe, pero sí hay deportistas que hablan y hacen política en EE UU y en el mundo. El jugador de los Patriots Mack Hollins se desplazó a jugar el Super Bowl, (el acontecimiento deportivo más importante del país, con 135 millones de espectadores) vestido de preso, descalzo, esposado, y con una máscara a lo Hannibal Lecter, en un guiño político al tratamiento criminal del ICE a los migrantes en Estados Unidos, y en clara alusión a lo que hoy se lleva: el racismo sin raza. No hace falta decir que alguien es inferior genéticamente, como el racismo clásico; hoy decimos que sus valores, costumbres y formas de vida son incompatibles con nuestra sociedad. No se necesitan argumentos biológicos para excluir a nadie, ya están los prejuicios para ello. Se impone el brutalismo discursivo en esto de “defender nuestro estilo de vida”. Cualquier característica que percibamos como distinta en esa presencia del diferente se interpreta demasiado a menudo como una amenaza a la pureza del pueblo, la tribu, la nación. Se ve al diferente como portador de una impureza que envenena nuestra comunidad, una visión trufada de peligrosas fantasías raciales. Vamos en camino (ya llegaremos) al punto 4 del programa nazi de 1920: “Sólo los miembros de la nación pueden ser ciudadanos del Estado”.

De entre toda la paleta de sentimientos más presente en nuestras vidas el odio es el más difícil de combatir. Daña a quien lo profesa y no al objeto al que se dirige. Pero hay algo que si podemos hacer con el odio, es no exacerbarlo. Dejarlo estar. En la cima de la ética reside la supresión del sufrimiento.

Por Jose Luis Lanao

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