Hace 50 años el poder de las corporaciones golpeó al sistema electoral en Argentina y encaminó -bajo un régimen tiránico- un proyecto de debilitamiento del estado, desindustrialización del país y endeudamiento externo.
En línea con esa reconfiguración del país reformó todas las normativas laborales suprimiendo las paritarias y el derecho de huelga, el funcionamiento de los cuerpos de delegados y la negociación colectiva, interviniendo sindicatos, decretando la desafiliación de los trabajadores y trabajadoras.
Como “medida” extraordinaria puso en marcha el plan de exterminio masivo de la organización de base de la clase trabajadora argentina, secuestrando, desapareciendo y matando dirigentes sindicales, delegados y activistas.
Eso es lo que necesitaban las corporaciones oligárquicas lideradas en aquel entonces por Alfredo Martínez de Hoz.
Ayer, un Senado que se parece más a la nefasta Comisión de Acción Legislativa (CAL) creada por entonces por los militares, que a un Poder democrático del estado nacional, le dio media sanción a una reforma laboral que de acuerdo a lo expresado, con brutal sinceridad, por la senadora Patricia Bullrich, “es la más importante de los últimos 50 años”.
Es decir que solo la de la dictadura fue más importante que ésta.
Las nuevas medidas orientadas a la disminución y supresión de derechos y debilitamiento de las organizaciones de los trabajadores y trabajadoras, se adecúan a un plan económico similar al que puso en marcha aquella dictadura… cierran las industrias, crece la desocupación, se empobrece el salario, se destruye el estado, todas las ventajas para las multinacionales y la producción primaria, un festival para el sector financiero y para los acreedores externos.
Martínez de Hoz prefería comprar sillas afuera del país, Caputo compra ropa extranjera.
Y pretenden hacernos creer que esto es democracia porque el pueblo argentino apenas si tiene derecho a votar cada dos años.
Democracia es cuando el pueblo, además de votar, tiene derecho a participar a través de sus organizaciones, cuando es llamado a ser protagonista y no espectador de la espantosa farsa de instituciones decadentes y corruptas en las que una buena parte de quienes deberían ser genuinos representantes se han convertido en mercaderes dispuestos a abandonar ante el mejor postor el mandato que los hombres y mujeres del pueblo le han dado.
No es solo acumular fuerzas debatiendo el proyecto de nación que devuelva grandeza y dignidad a nuestra querida Argentina, es reconstruir un poder de mayorías hace mucho tiempo perdido, para que la Democracia vuelva a ser Democracia y no una absurda fachada que encubre el rostro de viejas tiranías.
Por Hector Amichetti



