Cierre de fábricas: cuando el libre mercado deja de ser una abstracción/Hilandería Alal, una pyme centenaria que dejó en la calle a 450 trabajadores

fabricas industriales
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Llamar “ineficiencia” a no sobrevivir en ese contexto es una forma elegante de correr el foco. No se trata de empresas mal gestionadas, sino de un modelo que redefine ganadores y perdedores.

La empresa ha alegado que la apertura indiscriminada de importaciones y la caída del poder adquisitivo han afectado negativamente la demanda de productos textiles. A pesar de los esfuerzos realizados para revertir la situación, la firma no pudo sostener su funcionamiento en el contexto actual.

El discurso del presidente Javier Milei en Davos volvió a insistir en una idea conocida: el mercado como juez supremo. El que no es eficiente, cae. El que sobrevive, merece seguir. Bajo esa lógica, el cierre de empresas sería un resultado natural, casi higiénico, del funcionamiento económico.

Pero cuando una fábrica cierra en una ciudad del Interior, el libre mercado deja de ser una abstracción. El caso de Alal en Goya, con más de 260 trabajadores despedidos, expone con crudeza la distancia entre el relato global y la realidad local.

Desde la ortodoxia liberal más estricta, Alal podría explicarse como una empresa que no supo adaptarse. Sin embargo, ese diagnóstico omite lo esencial: los mercados no existen en el vacío. Están moldeados por decisiones políticas concretas. Y hoy esas decisiones tienen nombre y apellido.

Un tipo de cambio artificialmente bajo no es ausencia de Estado. Es intervención. Abarata importaciones, encarece costos locales en dólares y erosiona la competitividad de la producción nacional. Si a eso se suma una apertura importadora acelerada, el resultado no es competencia: es sustitución. La industria local no compite con los textiles asiáticos; es desplazada por ellos.

En Davos, cerrar una fábrica puede leerse como una decisión estratégica. En Goya, es un golpe social. Trabajo que se pierde, comercios que venden menos, caída de la recaudación, ruptura del entramado productivo. El mercado no mide esas consecuencias. Tampoco las computa el Excel. Pero existen, y alguien las absorbe.

¿Alal podía ser competitiva en este esquema? El propio comunicado de la empresa lo dice sin rodeos: caída del consumo, tasas financieras inviables, costos energéticos elevados, atraso cambiario y ruptura de la cadena de pagos. No es un problema micro. Es un diseño macroeconómico que asfixia a quien produce.

Llamar “ineficiencia” a no sobrevivir en ese contexto es una forma elegante de correr el foco. No se trata de empresas mal gestionadas, sino de un modelo que redefine ganadores y perdedores. Se critica el intervencionismo del pasado, pero se sostiene otro, igual de decisivo: dólar barato y apertura importadora. No es menos Estado. Es otro Estado, al servicio de otros intereses.

El caso Alal no refuta al mercado como idea. Refuta la fantasía de que la eficiencia puede exigirse sin condiciones, sin transición y sin estrategia productiva. Cuando el terreno está inclinado, la eficiencia deja de ser virtud y se convierte en excusa.

El resultado no es un capitalismo dinámico, sino uno de retirada: fábricas que cierran “correctamente” y comunidades que quedan pagando el costo de una competitividad diseñada desde arriba.

Fuente: Motor Economico

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