A 50 años del Golpe: cuando la memoria es solo una “noción general”: el desafío de explicar el infierno

La Perla
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El abismo generacional frente al terrorismo de Estado no es solo falta de información, es falta de empatía histórica. ¿Cómo transmitir el horror físico y psicológico a una juventud que cree que comparar nuestra dictadura con el nazismo es una exageración?

Anoche, el abismo se abrió en medio de una charla casual. Frente a un grupo de jóvenes de 19 y 20 años, intenté trazar un paralelo histórico sobre los 50 años del Golpe de Estado. Les dije, con la gravedad que el tema amerita, que aquello fue “nuestro Nazismo”. La respuesta no fue el silencio reflexivo, sino la incredulidad. Me miraron con escepticismo y soltaron una sentencia que todavía me retumba: “Estás exagerando”.

Ahí me detuve. Les pregunté qué entendían, conceptualmente, por Terrorismo de Estado. La respuesta confirmó mis temores: tienen “nociones generales”, titulares de manual escolar, datos fríos que no logran traspasar la piel. ¿Cómo es posible? Incluso aquellos que han visitado el Espacio para la Memoria en La Perla parecen haber transitado el lugar como quien visita un museo de cera, sin conectar con la sangre que allí se derramó. ¿Ha fallado la transmisión en la escuela primaria? ¿En la secundaria? ¿O es que el horror, cuando se narra tibio, se vuelve ficción?

Ante la “exageración” que me imputaban, no tuve más remedio que dejar la teoría de lado y apelara a la imaginación sensorial. Porque el Terrorismo de Estado no fue un concepto abstracto; fue carne, fluidos, electricidad y gritos.

Para entender por qué decimos Nunca Más, hay que atreverse a cerrar los ojos e imaginar lo inimaginable.

Les pedí que visualizaran la santidad de sus propios hogares violada de madrugada. Que imaginaran el estruendo de puertas tumbadas a patadas, gritos de desconocidos armados, el ser arrancados de la cama, golpeados y arrojados al baúl de un auto o al piso de un Falcon, pisoteados por borceguíes militares.

Les pedí que imaginaran la llegada a la clandestinidad. Ese limbo donde la ley no existe. Que sintieran los golpes de puño, las maderas, las botellas con arena rompiendo costillas y riñones.

Tuve que ser gráfico, porque la historia fue gráfica. Les pregunté si podían sentir la asfixia del “submarino”, la cabeza metida en tambores de agua pútrida, con heces y orina, obligados a tragar la inmundicia. O la bolsa de nylon cerrándose sobre el rostro hasta que los pulmones queman. Les hablé de la desnudez indefensa sobre un camastro de alambre, del olor a carne propia quemada por la picana eléctrica en encías y genitales, mientras los torturadores ríen excitados en un festín de sadismo.

Y si el horror tiene género, les pedí que imaginaran la violación sistemática, la vejación repetida como método de disciplinamiento. La soledad de un salón con otros torturados, todos vendados, todos atados, rogando por un vaso de agua o pidiendo permiso para orinar, despojados de toda dignidad humana.

El relato avanza hacia el final inevitable. Les hablé de las despedidas a ciegas, sabiendo que el compañero de al lado iba a morir. De los camiones —esos oscuros “Menéndez Benz”— cargando cuerpos en la noche hacia descampados desconocidos. El sonido de las metralletas, el dolor final que quema el cuerpo, y el destino de ser enterrados en fosas anónimas, convertidos en DESAPARECIDOS. Una categoría ontológica perversa: no estar, no ser, salvo el milagro de que un equipo forense, décadas después, recupere un hueso. Y si la víctima estaba embarazada, el robo final: la sustracción del bebé, el borrado de la identidad.

¿Y todo esto por qué? ¿Por participar en un Centro de Estudiantes? ¿Por leer a Marx? ¿Por ser delegado gremial? Incluso para aquellos que optaron por la lucha armada, el Estado de Derecho exigía detención, juicio y condena; jamás el secuestro, la tortura, la violación y la desaparición.

Cuando terminé las preguntas, el silencio fue distinto.

A esas atrocidades, a esa maquinaria de muerte industrial y planificada, es a lo que le decimos ¡NUNCA MÁS!. No es una consigna vacía, ni una efeméride en el calendario. Es la única garantía ética que tenemos para que el infierno no se repita. Y para eso, lamentablemente, a veces hay que dejar de hablar de conceptos y empezar a describir el dolor.

Por Jorge Vasalo

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