El indicador más sensible del bienestar social dio un salto preocupante después de años de descenso. También se registra un aumento en la mortalidad materna, lo que plantea interrogantes sobre el sistema sanitario y las condiciones económicas del país.
El último Anuario de Estadísticas Vitales 2024, cuyos datos se difundieron con retraso y que reflejan la realidad sanitaria del país, muestra un dato que encendió advertencias entre expertos: la tasa de mortalidad infantil y neonatal aumentó en Argentina en 2024, tras décadas de tendencia a la baja.
Según el informe oficial, la **tasa de mortalidad infantil pasó de 8 por cada 1.000 nacidos vivos en 2023 —el registro más bajo de la historia— a 8,5 por mil en 2024. Esa diferencia puede parecer pequeña en términos porcentuales, pero se traduce en cientos de tragedias evitables para las familias argentinas si se hubiera mantenido el descenso previo.
¿Qué significa este aumento?
La mortalidad infantil combina dos indicadores:
- Neonatal: muertes en los primeros 27 días de vida, vinculadas directamente a la atención del embarazo, parto y atención temprana del bebé.
- Posneonatal: muertes entre los 28 días y el año, influenciadas por factores sociales como acceso a controles de salud, vacunas, nutrición y condiciones de vida.
El repunte en 2024 se explicó, en parte, por un aumento en la mortalidad neonatal, que suele representar aproximadamente dos tercios del total. Esto podría estar asociado a deficiencias en la atención perinatal y el manejo de nacimientos prematuros, así como a problemas estructurales en el sistema de salud.
Mortalidad materna también en alza
En el mismo informe se reportó un incremento de 1,2 puntos en la tasa de mortalidad materna, un fenómeno que preocupa a epidemiólogos y sectores sociales porque, tras haber descendido luego de picos durante la pandemia, ahora vuelve a mostrar un repunte que debería ser observado con detenimiento por las autoridades sanitarias.
Contexto sanitario y social
Expertos entienden que estos indicadores funcionan como un termómetro de la situación social y sanitaria de un país. La mortalidad infantil y neonatal no solo responde a la biología o al azar: suele estar estrechamente relacionada con la calidad de la atención obstétrica y neonatal, la nutrición, la cobertura sanitaria y las condiciones socioeconómicas de las familias.
Este aumento sorprende en un país donde la mortalidad infantil había mostrado una caída sostenida durante largos años. El dato se da en un contexto donde también se observan disminuciones pronunciadas en la tasa de nacimientos, menor natalidad y presión socioeconómica sobre las familias, factores que pueden influir indirectamente en la salud materno-infantil.
La caída del número de nacidos vivos —de más de 460.000 en 2023 a 413.000 en 2024— implica que incluso con menos nacimientos, las muertes infantiles crecieron en proporción, lo que indica un retroceso en los logros sanitarios recientes.
Lo que piden expertos y sindicatos de salud
Epidemiólogos y referentes sanitarios coincidieron en que esta tendencia al alza debe ser analizada con urgencia, no solo a nivel nacional sino también en cada provincia, porque existen desigualdades regionales importantes en la atención y en los resultados de salud.
Para muchos, el aumento de la mortalidad infantil y neonatal está ligado a deficiencias en el acceso a controles prenatales, servicios de alta complejidad neonatal, atención postnatal y determinantes sociales como pobreza, desnutrición y falta de cobertura sanitaria efectiva.
¿Qué se necesita ahora?
Organizaciones de salud pública y profesionales plantean que este dato no puede quedarse como una estadística fría: requiere respuesta inmediata en políticas de primera infancia, inversión en servicios de salud materno-infantil, programas de nutrición y estrategias específicas para zonas de mayor vulnerabilidad.
Porque detrás de cada punto de la tasa de mortalidad infantil y neonatal hay vidas, familias y comunidades enteras afectadas.



