En medio de un clima de ataques, recortes y discursos de odio contra la cultura, el histórico referente del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, Raúl Cardinali, salió con los tapones de punta y dejó una definición que incomodó a más de uno: Cosquín no es amigo de quienes están en contra de la cultura.
La frase no es menor ni ingenua. Llega en un contexto donde sectores políticos y mediáticos promueven el desfinanciamiento cultural, desprecian a los artistas y reducen la cultura popular a un gasto innecesario. Frente a ese escenario, Cardinali marcó una frontera clara: el festival más importante del folklore argentino no se corre de su identidad ni de su historia.
Cultura o ajuste: una grieta que también atraviesa a Cosquín
Las declaraciones del dirigente cultural exponen una tensión que crece en todo el país: la avanzada del ajuste sobre la cultura y la reacción de quienes entienden al arte como un derecho, una herramienta de identidad y un motor social. Cosquín, símbolo de la cultura nacional y popular, aparece así como un territorio en disputa.
Lejos de un mensaje tibio o conciliador, Cardinali apuntó contra quienes buscan vaciar de contenido político y social al festival, recordando que el folklore no es decorado ni entretenimiento neutro, sino expresión de los pueblos, de sus luchas y de su memoria colectiva.
Un mensaje incómodo para el poder
En tiempos donde se persigue a artistas, se recortan presupuestos y se demoniza todo lo que huela a organización colectiva, la postura de Cardinali funciona como un gesto de resistencia cultural. Porque defender Cosquín es también defender a los músicos, a los trabajadores de la cultura y a una tradición que no se arrodilla frente al mercado ni al discurso del desprecio.
La advertencia está hecha. Cosquín no se corre, no se calla y no negocia su identidad. Y eso, en la Argentina de hoy, es profundamente político.
Fuente: Bamba.coop



