Aunque los índices oficiales muestran desaceleración inflacionaria, el bolsillo no reacciona y el consumo masivo continúa en retroceso.
Los últimos datos del INDEC reflejan una baja en el ritmo de la inflación mensual, un dato que el Gobierno exhibe como logro de su política económica. Sin embargo, lejos de traducirse en alivio, la desaceleración convive con una fuerte caída del poder adquisitivo y un consumo que no logra recuperarse.
Según informes del propio INDEC y de consultoras privadas, el salario real continúa perdiendo frente a la inflación acumulada. El efecto combinado de aumentos de precios previos, paritarias rezagadas y recortes de ingresos explica por qué la baja inflacionaria no se siente en la vida cotidiana.
Desde el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) advierten que la desaceleración responde más a la recesión que a un proceso virtuoso de estabilización. Menos consumo, menos ventas y menos actividad funcionan como freno de precios, pero a un alto costo social.
Los datos de consumo masivo confirman el escenario. Supermercados, almacenes y comercios de cercanía registran caídas sostenidas en las ventas, especialmente en alimentos y productos esenciales. Las familias ajustan cantidades, cambian marcas o directamente dejan de comprar.
Sindicatos como la CGT señalan que el problema central sigue siendo el salario. Sin recomposición real de ingresos, cualquier baja inflacionaria resulta abstracta para millones de trabajadores.
Economistas de universidades nacionales coinciden en que sin una recuperación del mercado interno no habrá reactivación sostenible. La estabilidad macroeconómica, advierten, no puede sostenerse indefinidamente sobre salarios deprimidos.
La paradoja es clara: los números mejoran en las planillas oficiales, pero la realidad cotidiana sigue siendo de ajuste y privaciones.



